En realidad, la angustia del complot vive en el alma de Andrés Manuel López Obrador. Así fue en la oposición y así es ya en el poder. Todo político de una u otra forma la padece, porque en la competencia siempre habrá quien haga su parte para la desgracia del otro. Sin embargo, en el caso del tabasqueño la situación llega a proporciones mayores. Lo fortuito lo vuelve embestida de los adversarios, como fue con los accidentes e incidentes en el Metro de la Ciudad de México, al grado de disponer de la Guardia Nacional para dar con enemigos inexistentes, mientras amplias zonas del país padecen al crimen organizado, el enemigo real.

Igual sucede con el ejercicio periodístico que realiza el escrutinio crítico al poder. Para López Obrador es la expresión misma de los intereses que se articulan y organizan en su contra; para él no hay legitimidad en el trabajo informativo o de opinión, tampoco veracidad. Todo se reduce a un juego de poder. A manera de equiparar la acción periodística al golpismo, afirma que ningún presidente, desde Madero, ha sido tan cuestionado cuando, en realidad, los medios de mayor peso en la generación de opinión le son favorables, incluso más generosos que con sus antecesores, y hacen, como siempre, práctica de la autocensura.

Un caso incalificable por su crueldad y mala entraña fue deslizar como un posible autoatentado la acción criminal contra el periodista Ciro Gómez Leyva. Pronto corrigió, pero decir que podría ser una acción de los propios conservadores para afectar a su gobierno, no deja de ser un caso impensable por su perfidia. En otras palabras, como casi siempre, López Obrador invoca para sí mismo el monopolio de ser víctima. Nadie, mucho menos alguien a quien considere su adversario político, puede asumirse como tal.

La novedad ahora es que la presente etapa del gobierno significa que estará sujeto a mayor presión desde todos los frentes. El juego de la sucesión se le revierte. La sobreexposición temprana de Claudia Sheinbaum la ha afectado tanto que algunos piensan fue una acción deliberada para favorecer al Secretario de Gobernación. Por otra parte, la exclusión del líder del Senado significó la pérdida de la mesa directiva, como también la derrota en la renovación de la presidencia de la Corte al plantear como complot la revelación del plagio de la ministra Esquivel, promovida por el presidente como reemplazo del ministro Zaldívar.

El presidente pierde poder por la sencilla razón de que una vez que haya candidato(a) presidencial, cambia la relación de dependencia de muchos de los factores que inciden en la presidencia y en el gobierno. La salida de Ricardo Mejía es una señal, que se robustece con la determinación del PT y PVEM de ir con sus propios candidatos a gobernador en la elección de Coahuila. No son los únicos y la desbandada es predecible cuando se definan los candidatos a los cargos ejecutivos y legislativos.

Pero la baja del poder presidencial no sólo es efecto del calendario político. También tiene que ver con su incapacidad para construir un proyecto político donde los intereses que allí convergen se sientan reconocidos. El presidente no negocia, impone y eso vale para todo y todos. Ya se ha dicho, su comportamiento corresponde al de un líder religioso, para quien transigir con la verdad revelada es traición. Mientras que los intereses en el poder se movilizan para no perderlo, los que aspiran a obtenerlo apoyan a aspirantes presidenciales dentro y fuera del gobierno.

Toca al presidente entenderlo como parte del juego político propio del ejercicio del poder y de la sucesión presidencial en el marco sexenal. Ahora debe comprender la rapidez con que transcurre el tiempo, que es el recurso más preciado e irrecuperable. Esta sensación se vuelve frustrante conforme se hace presente el rezago en proyectos y obras, así como lo magro de los logros programados.

Quizá, lo más difícil de aceptar para el presidente es asumir el costo de la sucesión anticipada. El poder de nombrar sucesor en un contexto de frivolidad y bajo la opacidad de las encuestas del partido en el poder, abrieron un juego anticipado cuyo saldo le es adverso a él mismo, a su gobierno y a quien adelantó como favorita. A menos de año y medio de la elección y a cinco o diez meses de la designación de candidato(a) crece la percepción de incertidumbre de un resultado que hace poco tiempo casi todo mundo anticipaba tan predecible como cierto.