El politólogo Leo Zuckerman lanzó ayer una pregunta al aire en su columna de Excélsior: “¿Siempre pretendió AMLO involucrar a las Fuerzas Armadas en la seguridad pública, más otras tareas, y lo ocultó o creía que el Ejército y la Marina debían regresar a sus cuarteles, pero luego cambió de opinión llegó a la Presidencia?” A manera de especulación, pues ninguno de nosotros está dentro de la cabeza de AMLO, me aventuro a responder.

En medio de la polémica en torno al eventual decreto presidencial para integrar a la Guardia Nacional en la Secretaría de la Defensa Nacional, y ante una nueva militarización de país, la cual evoca una de las políticas más controversiales del gobierno de Felipe Calderón, AMLO decidió cambiar de opinión por lo siguiente:

AMLO es un idealista. Sueña con un México que se le escapa de las manos. Se cree poseedor de la verdad universal y cree firmemente – y erróneamente- que con el mero hecho de desearlo, las cosas se cumplen. En su autodefinición interna como el mesías de la nación, el presidente cree que su palabra es mágica y que es capaz de transformar una realidad.

En este contexto, AMLO creía que con su supuesto ejemplo de honestidad México se transformaría. Este ejemplo presidencial, revestido de una imagen impoluta, contagiaría también al crimen organizado, quienes volverían mágicamente al camino recto de la legalidad, dejarían sus negocios y seguirían la voz del mesías tropical.

Tras cuatro años de gobierno, AMLO ha caído en la cuenta de que su voz no es escuchada por todos y que el crimen organizado es una problemática estructural que ni el mismísimo Andrés Manuel es capaz de resolver con sus palabras. Es por ello que el presidente, una vez que se ha percatado de sus limitantes ha optado, igual que su odiado predecesor panista, por la militarización del país.

Sin embargo, desgraciadamente, la militarización conducirá a nada. Los años de Calderón confirmaron el hecho de que una guerra abierta contra el crimen organizado exacerbará la violencia y no terminará con el reinado del narcotráfico. Y más allá de ello, el hecho de que la Guardia quede sujete al mando militar conlleva riesgos para la democracia mexicana y para el orden constitucional.

En suma, respondo a Leo Zuckerman: AMLO sí cambio de opinión, pues cayó en la cuenta que el efecto transformador de su ejemplo de hombre impoluto y limpio de corrupción es insuficiente para resolver los problemas del país. No obstante, sus nuevas decisiones, las cuales parecen destinadas a repetir los errores de Calderón, conducirán a nada. A final de cuentas, el problema quedará irresuelto y será, nuevamente, heredado al nuevo presidente.