Columnas

Claudia, Alfredo, momento de hacer algo. Para empezar: o todos coludos o todos rabones.

O todos coludos o todos rabones.
Dicho popular
Cuanto hacemos tiene consecuencias. Pero no siempre lo justo y razonable produce consecuencias felices, ni lo absurdo consecuencias desfavorables, sino que a menudo acontece lo contrario.
Goethe

Estamos una vez más en semáforo rojo epidemiológico en el Valle de México. La razón es la gran velocidad de contagio y, por tanto, hay saturación de hospitales y centros de atención covid. El último conteo en todo México superó los 16,000 infectados en un día (aunque suman ya un total de 1,524,036 contagios y la pérdida de 133,204 vidas en lo que va de la pandemia).

El asunto es que el conteo no cesa y la autoridad toma medidas para disminuirlo. ¿Son las adecuadas?

Así, en la otrora región más transparente se volvió a decretar el cierre de las actividades en giros no esenciales de la Ciudad de México y del Estado de México. Pero eso es lo que se dispuso, que no es no es lo mismo a lo que sucede...

Las reacciones de los comercios, restaurantes y empresas —la gran mayoría de ellos registrados antes las instancias fiscales, de salubridad y anexas— que han tenido que cerrar sus puertas son una muestra inequívoca del infierno por el cual están atravesando dueños, empleados y todos quienes dependen directa o indirectamente de estas fuentes de trabajo e ingresos. Sin embargo, las respuestas han sido solo eso; esto es, si acaso verbalizar el desacuerdo (a veces de forma organizada), pero en general acatando las instrucciones de los gobiernos de las entidades.

Y, sí, es desconcertante el asomarse a la gran ciudad, y ver una gran zona metropolitana vacía, una mancha extraña...

Unos asentamientos entreverados, donde los comercios formales están cerrados, pero los informales —esenciales y no esenciales— están a todo lo que dan. Restaurantes cuyas cocinas limpias, sanitizadas no pueden servir; para los que pagan impuestos y otorgan seguridad social a sus empleados no hay permisos para funcionar. Pero, eso sí, quien invade la calle, no limpia la misma y sus niveles de asepsia (ya no se diga de distanciamiento, de afluencia, de uso de cubrebocas, etcétera) no son los mínimos aceptados por la autoridad sanitaria y de seguridad, ni los autorizados por protección civil, toman la calle (como ya es costumbre) para ofrecer servicios en sus puestos o vehículos y venden desde chucherías hasta comida preparada, sin ningún control por parte de la autoridad.

La debacle económica que acompaña a la de salud está siendo azuzada porque, de forma indirecta, se está privilegiando la informalidad y castigando a los negocios cumplidores y/o a los sectores que, por estar reglamentados, la autoridad puede monitorear con más facilidad. Y, en el colmo de la ironía, ¡son estos los que financian el presupuesto de la gestión gubernamental!

Tal vez los gobernantes no quieren o pueden controlar a los negocios informales, máxime que no dejan de ser un desfogue para quienes han perdido su empleo. Sin olvidar que no se expondrá a tratar de enfrentar a los informales por las implicaciones políticas que ello conlleva. Pero eso no es óbice (de hecho sucede lo contrario) para que quienes cumplen con todos los requerimientos sean los más afectados.

Ejemplo de que lo anterior se dan en el sobrecosto con el que se venden algunos productos —hasta un 60% por arriba del precio que tendrían en comercios formales— desde un camión de redilas estacionado en la calle y sin pagar ninguno de los impuestos que un comerciante establecido debe erogar (¿verdad #LadyRosca?). Con el agravante que a los primeros se les acusaría en la procuraduría del consumidor (PROFECO) con la multa subsecuente y a los segundos no les hace nada. Es más, ¡se les congratula! La desigualdad sin duda se vuelve doblemente punitiva para quienes sí cumplen...

Los ejecutivos federales, además de los municipales y de alcaldías, deben poner orden. Sentar precedente en esta situación de emergencia nacional. No se puede controlar a los sectores formales y dejar a los informales sin restricción alguna, de lo contrario no se conseguirá nunca reducir el contagio.

Y la sutil diferencia que se debe entender es que a final de cuentas lo que importa no yace en los negocios, sino en la población —por cuanto a medidas de prevención se refiere—, independientemente del giro de establecimiento al que esta acuda.

Mucho me temo que la pandemia va para largo (los estudiosos más versados hablan de varios años), por lo que la decisión de mantener los negocios cerrados —castigando en particular a los formales, como ya se estableció— solo provocará cierres masivos, mayor desempleo, mayor informalidad, mayores contagios.

Los pronósticos financieros auguran que llevará al menos hasta el 2024 que la economía regrese a los niveles anteriores a la pandemia. ¡5 años! No hay negocio, restaurante o empresa —formal o informal, para el caso da igual— que pueda sobrevivir tanto tiempo si no se le permite mantener un mínimo de actividad.

Cerrar la economía formal por el semáforo rojo, dejando al libre albedrío a la informal, solo pondrá al rojo vivo la precaria situación donde y de por sí se encuentra una importante y lacerada parte de la población sin conseguir reducir los contagios, que es la razón por la que en primera instancia se están aplicando las restricciones. Claudia Sheinbaum, Alfredo del Mazo, momento de hacer algo. Para empezar: o todos coludos o todos rabones.