Para el Oscar los españoles son los negros de Europa

Antonio Banderas
Antonio Banderas@antoniobanderas

Ni duda cabe, a los no blancos mayor esfuerzo, trabajo y brillo se les exige en la industria de la ilusión y el boato.


“Es el ojo de la ignorancia el que asigna un color fijo e inmutable a cada objeto, tenga cuidado con esta piedra para no tropezar.”
 
Paul Gauguin

Los premios Oscar siguen levantando polémica. En esta ocasión no es por las películas nominadas o los temas en ellas visualizados; la razón es la ausencia de una paridad de género y la falta de personas de diversidad étnica en las candidaturas. Lo anterior al grado de que algunos espacios periodísticos dedicados a la farándula tuvieron a mal considerar a Antonio Banderas –de origen español- como persona “de color”.

Los estadounidenses (y otras sociedades) consideran que no es la primera vez que la Academia solo se fija en personas blancas y deja fuera a toda la demás cromática humana... Tal vez el año pasado, fue de las pocas ediciones donde sus miembros del jurado (68% hombres, 84% blancos) rompieron ese molde monocromático para incluir a artistas tan variados como Yalitzia Aparicio (indígena mexicana) y con ella 10 nominaciones a la película ROMA (dirigida, actuada y con fotografía mexicanas); siete nominaciones para la película de Black Panther (con sus actores afroamericanos) y seis para “El infiltrado en el KKKlan”, tema espinoso y doloroso en la historia estadounidense. Sí, el año pasado la Academia fue incluyente al también nominar a Bohemian Rhapsody (la bio de Freddy Mercury).

En esta ocasión, si bien los temas de las películas nominadas son fuertes (El Guasón, Parásitos, El Irlandés, etc.), el tema del color sigue levantando ámpulas, ahora en Europa, y deja mucho que desear según no pocos.

Nadie ha mencionado que Parásitos, nominada para mejor película, guion original y director, es coreana (no se consideran blancos, bajo esa acepción de la que hablamos); aunque, es cierto, sus actores no fueron nominados.

El debate tomó nuevos vericuetos cuando Stephen King el autor de las historias de horror (“IT”, entre otras) soltó en sus redes sociales: “Nunca consideraría que la diversidad importa en cuestiones del arte. Solo la calidad. Para mí, pensarlo de distinta manera, sería erróneo”.

Quitarle mérito a Yalitzia o a Guillermo Del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñarritu (tres directores ganadores del Oscar) por ser mexicanos es demeritar toda su carrera por su origen, carga genética o color de piel. Lo mismo sucedería con respecto a Pedro Almodívar (español como Banderas) quien obtuvo el Oscar en el 99 (Todo sobre mi madre, mejor película en lengua extranjera) y en el 2002 (mejor guion original “Hablé con ella”). O a un Denzel Washington, afroamericano quien tiene en su haber dos estatuillas y más de ocho nominaciones.

Lo anterior no invalida los números: más del 90% de los nominados en toda la historia del Oscar son blancos (sean por definición propia o por común acuerdo social). Ni duda cabe, a los no blancos mayor esfuerzo, trabajo y brillo se les exige en la industria de la ilusión y el boato.

Por si fuera poco, los comentarios vertidos ahora sobre Antonio Banderas al decir que se trata de una persona de color, abrieron una vieja herida de España en su relación con el resto de Europa ¿Se les considera “los negros” de la Comunidad Europea? Y, si es así, ¿qué costos están enfrentando por ello? De adherirse Turquía a la Unión Europea, ¿ocuparía esa categoría?

La mayoría creemos que quien se llevará a Oscar a su casa como mejor actor será Joaquín Phoenix con su magistral interpretación del Guasón, pero eso no quita un ápice a Banderas (Dolor y gloria), Pryce (Los dos Papas), diCaprio (Érase una vez… en Hollywood) o Driver (Historia de un matrimonio) su mérito de competir por la estatuilla. Todo más allá del color o pigmentación que tengan.

Tenemos mucho que hacer, comprender y realizar para que las barreras impuestas/señaladas por el color de piel desaparezcan. Pero Hollywood juega un papel fundamental y privilegiado en ese sentido, por lo que no debe caber espacio para la desinformación o la mala fe.

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