Ni otra verdad, ni una postverdad; la sociedad dividida y el contrato social en riesgo. ¿Estamos dispuestos?

AMLO 1 DIC
La verdad puede ser impopular y minoritariaTwitter

La historia nos enseña que la mayoría (mismo en una democracia) no significa tener la razón

Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.
Jean Paul Sartre
La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés.
Antonio Machado

A lo largo de la historia, los seres humanos se han preguntado por qué hay ricos y pobres, desarrollo o precariedad, bienestar o desdicha; y qué es lo que deben hacer los individuos de una tribu, de un grupo, de una sociedad ante la disparidad. La respuesta tanto individual como grupal a esas preguntas ha sido variada y ha cambiado con el paso del tiempo, pues ha implicado su aceptación (mediando convencimiento, conveniencia o imposición; preferiblemente lo primero) por el conjunto de los individuos que componen la comunidad de la época y de la región del orbe de la que se trate.

La solidez de esa aceptación, a su vez, obedece primordialmente a la legitimidad de la autoridad, sea por su fuerza física, espiritual, religiosa, cerebral, genealógica o moral. Es a partir de esta que se dio algo que después llamaríamos pacto social; lo cual generalmente, aunque no siempre, ha significado que el número de personas que aceptan ese liderazgo es mayor al de quienes no.

Hace ya casi 2,500 años los griegos nos enseñaron a pensar (sí, a llegar a decisiones con base en fundamentos y no solo en apreciaciones, instintos o emociones) y, con ello, a aceptar que todos los “hombres libres” eramos iguales y que la moral pública (leyes y gobiernos) deberían provenir del razonamiento colectivo, no de creencias o cunas. Sobre esa base, en Roma sus pensadores edificaron la República, el Senado y el Derecho Romano, que siguen siendo paradigmas para muchos gobiernos y sistemas de justicia actuales a lo largo de orbe.

Esas bases no evitaron la pobreza ni la existencia de gobiernos basados en la fuerza (ya sea de las creencias religiosas o de las personas), mismos que fomentaban la aceptación sumisa a una condición de pobreza ante la “legitimidad” de los poderosos. La Revolución Francesa, la Ilustración y la Revolución Científica, entre otros procesos, revivieron a la razón y al positivismo como las únicas bases aceptables para definir lo verdadero y para fijar las reglas del comportamiento humano, exigiendo que los argumentos razonados se sustentasen en evidencias, hechos comprobados e incontrovertidos.

Sobre estos cimientos surgieron la mayoría de los Estados modernos —igual progresistas, que no—; rescatándose la igualdad de los seres humanos ante la ley, pero siempre y cuando se estableciera el respeto a ésta como fundamento del pacto social.  

En este andar, el progreso de México ha sido evidente; basta observar el aumento en la esperanza de vida y el descenso de la mortalidad infantil. Estas dos razones, que significaron que ahora haya ¡ocho mexicanos por cada uno de los que existía hace un siglo!, explican irónicamente también en buena medida nuestras carencias. El progreso es igualmente evidente en el hecho de que el gobierno actual es producto de la votación mayoritaria. Esto es, que al menos en las urnas, todos los hombres y las mujeres, ricos o pobres, contamos igual.

Sin embargo, ¡vaya sorpresa!, el triunfo de la igualdad —por la que la mayoría de los países del orbe, incluido México, luchan— ha venido acompañado con un gobierno que, en nombre de ella y de los pobres, ofrece un plan moral que nos remonta a la antigüedad; que busca eliminar la razón, las evidencias, los hechos y las verdades en los asuntos públicos, cambiándolos por la decisión, la lectura, la realidad y “los otros datos” de un hombre.

De una persona que legitima la anulación de lo público y lo institucional (la Re(s)pública anterior) con su palabra y la fuerza del número de votantes que le respaldaron, ignorando que la historia nos enseña que la mayoría (mismo en una democracia) no significa tener la razón, o que por milenios la humanidad entera ha creído en verdades y palabras sin sustento racional.

La VERDAD (así en mayúsculas) ha pasado hoy a ser lo dictado en México por la mayoría de la población. ¿Estamos conscientes de ello? En nombre de la igualdad, que con tanto trabajo hemos venido construyendo en México, ahora se acaba con ella. ¿Estamos dispuestos?  

Yo no. Yo me resisto; estoy convencida de que los hechos no se rigen por los números de quienes los sostienen, ni por su margen de popularidad. La verdad ES, aunque en muchas ocasiones esta sea impopular y hasta minoritaria.

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