27 de septiembre de 2021 | 20:07
Opinión

Filosofía sin Escrúpulos: Equinoccio de Primavera

Frente al discurso de la catástrofe está el uso de la razón. La racionalidad es una fiel maestra que no miente, muestra realidades.
Equinoccio de primavera
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Nada regresará al estado de antes

El día y la noche se igualan, tiempo de adoración de la tierra, del augurio, la nueva era, el amanecer, el comienzo, vĕris primavera, un sol que retorna, juego de un rapto en el que se consagra la vida. Las rondas primaverales como invocación inherente despiertan al ánimo erótico, es tiempo de salir, del cortejo sabio a la tierra, de su danza, su devoción.

En un nuevo siglo de incertidumbres, donde se convoca a cambiar de tajo el sentido gregario de la vida humana como consecuencia de la actuación biológica de un simple virus, los nuevos chamanes de la razón tecnológica y la economocracia nos muestran sin pudor alguno la novedosa existencia determinada por el learning experience desig, en donde nada regresará al estado de antes. En fatal ignorancia histórica, de libros a los que se niega hablar, el discurso de la fatalidad no toma en cuenta la permanente relación del homo sapiens con el mundo microscópico como bien lo mostró hace mas de un siglo Luis Pasteur. Hay anticuerpos, vacunas y más importante, nos dice Darwin, evolución.

El ser humano y la Covid

Saber y entender la relación del ser humano con la peste, la viruela, el sarampión, la gripe española, la rabia, la polio, la influenza y hoy la covid, ayudaría bien a entender qué se ha realizado antes (sin la pompa y circunstancia científica y tecnológica del mundo actual) para vencer a estos males y continuar la vida humana como siempre, en la socialización comunitaria que nos obliga a estar los unos con los otros.

Se contagia por vía aérea (tos o estornudos), por la saliva (besos y bebidas compartidas), por contacto con superficies contaminadas (mantas o picaportes) y por contacto directo con la piel (apretón de manos o abrazos). ¿La covid? ¡no, el sarampión!

Desde hace más de cinco mil años (hay referencia a él desde el siglo VII A.D) ha convivido con la humanidad y transitado por el globo terráqueo gracias al dios comercio. En el siglo II, entre 165 y 180, la pandemia del sarampión devastó a más de cinco millones de personas del mundo occidental de ese entonces. No se ha ganado la guerra contra el sarampión, aun hoy en día mueren alrededor de ciento cuarenta mil personas en el mundo; no obstante, desde 1963 existe la vacuna para combatirlo y no vivimos inmersos en una pandemia de esta enfermedad. En la misma ruta que el sarampión, la viruela, la polio y la influenza, la covid terminará siendo una enfermedad con la cual conviviremos con los anticuerpos listos a rechazarla o extinguirla como la viruela y próximamente la polio (el último caso en el mundo fue en 1999 y en México en 1987).

Todo reto obliga a un sacrificio. De la niñez se transita a la adolescencia donde los círculos misteriosos de una vida nueva ven en el horizonte el llamado de la libertad aún no aprendida. Sin saber demasiado de ella, se le glorifica sin ninguna evocación, aquí no hay historia y menos genealogía, sólo una danza interminable, cuerpo fortificado que desafía al tiempo, la vida es plena porque vive en el presente. El discurso de la catástrofe no reconoce la vida en el presente, se olvida del pasado y maldice al futuro del que siempre es presa desesperada; no es viejo y me nos joven, en su vileza se muestra sin pudor la mentira que busca la nulidad de la reflexión, del pensamiento. No es pesimista y menos optimista, su neutralidad es una vacuidad que invade al cuerpo social solo para mostrarse narcisista, un querer ser que niega todo, y se entrega a la nada, nihilismo que sirve sólo para joder.

Frente al discurso de la catástrofe está el uso de la razón. La racionalidad es una fiel maestra que no miente, muestra realidades y hace uso de la duda para enfrentar a la incertidumbre. Rechaza al mundo de las imágenes y cuestiona los datos de los sentidos, es madre del pensamiento que forja desde la experiencia y nos convoca a la dialéctica, al uso correcto del lenguaje para hacer florecer la deliberación; virtud que se diluye ante la inmediatez de un mundo que sigue creyendo la mentira que reza que una imagen dice más que mil palabras.