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Irónicamente, a veces, el egoísmo puede ser positivo, como cuando me pidieron que recibiera un paquete del extranjero y me libré de un timo.

El 21 de abril del 2021, un amigo me confió que le habían quitado dinero mediante una nueva modalidad de estafa: Un primo suyo le mandó un mensaje por Messenger, con su perfil de Facebook, pidiéndole que recibiera un paquete de Estados Unidos, que contenía unos regalos; mi amigo, quien tiene una excelente relación con su primo, aceptó; luego le hablaron de la aduana diciéndole que tenía qué pagar una multa por exceso de peso, de lo contrario, lo retacharían inmediatamente; mi amigo pagó, volvieron a llamarle de la aduana para decirle que habían detectado dinero dentro de la maleta (adjuntando un video) y que tenía que pagar más para resolver el problema. 

Total, que mi cuate le llamó por teléfono a su primo para decirle que ya había resuelto el problema del paquete con regalitos y su primo le dijo no sabía de qué rayos le hablaba. Unos estafadores habían creado un perfil falso del primo, estudiaron bien su relación y simularon una conversación verosímil, para que mi cuate depositara dinero a una cuenta que nada tenía que ver con la aduana, mostrando documentos con sellos falsos del SAT.

Recordé una conversación que recientemente había tenido con mi amiga “Ñ” a través de Messenger, pidiéndome exactamente lo mismo. Busqué el mensaje. Era del 16 de abril del 2021 (curiosamente, habían intentado ingresar a mi cuenta de Twitter apenas el 11 de abril, ¡desde Bogotá, Colombia! Espero que los narcos no la hayan agarrado conmigo por deberle 100 pesos al “dealer”).

La conversación con mi amiga radicada en Londres, más o menos fue así:

“Ñ”: ¡Hola! ¡Qué Tal!
Saludos.
Te Mando Un Fuerte Abrazo a la Distancia.

TONA: ¡Abrazos!

“Ñ”: Recibidos con cariño. ¡Qué gusto enorme saludarte! ¿Cómo estás? ¿Cómo te ha ido con todo esto que estamos afrontando?

TONA: Pues bien, mi vida no ha cambiado mucho; desde que dejé de chupar, en el 2018, no salgo a reventar. No me afecta tanto el confinamiento.

“Ñ”: ¡Qué bien! Gracias a Dios, me alegra mucho que te encuentres bien. Realmente te escribo porque necesito un gran favor. Pero quiero que todo quede entre los dos. Una tumba.

TONA: Ok. Tú dime con toda confianza. Si no te contesto rápido es que se me está acabando la pila.

“Ñ”: Lo que sucede es que tengo pensado viajar pero quiero que todo sea una sorpresa. Quiero que quede entre los dos. Y compré detalles y unos regalitos para la familia pero en la aerolínea que viajo con todo eso del virus no me permiten carga y quería saber si podías recibirme un equipaje.

TONA: Aquí el problema es que tengo a mi hija con covid19 en casa (yo no, afortunadamente he dado negativo) pero ella está en cuarentena desde Semana Santa, y yo le estoy echando 15 días más, después que termine, así que hasta mediados de junio todo estará más normal. Ahorita no me es posible hacer muchos movimientos. Lo siento.

“Ñ”: ¡Ah, no NTP!

TONA: No hay problema. Cuídense, la cosa está muy dura.

“Ñ”: (Sticker de perritos dándose un beso con corazones).

Revisé el perfil de “Ñ” del que recibí el Messenger y luego abrí, desde Facebook, el perfil de “Ñ”, eran casi idénticos, con una diferencia: el perfil “fake” había omitido la presentación de mi amiga (sacada de la letra de “Los Gorrones” de Chava Flores: “Yo soy la amiga de la hermana de un señor, que no vino a la fiesta”). Además, su información estaba incompleta.

Les saqué captura de pantalla, para enviárselas a “Ñ” y a mi amigo estafado, y, cómo si los creadores del perfil falso se hubieran dado cuenta, inmediatamente se dio de baja y apareció en su lugar: “Usuario de Facebook. "Mensaje no disponible”. Con todo, “Ñ” lo reportó.

Revisé la conversación con mayor atención, para ver que tanto habían imitado la personalidad de mi amiga. Más o menos mostraron a una persona formal, como es ella, pero detecté partes sospechosas:

“Te Mando Un Fuerte Abrazo a la Distancia” (frase súper cursi, pretenciosa y solemne, que ella no usaría, solo comparable a la trillada dedicatoria: “¡Compañero de mil batallas!”)

“Qué bien! Gracias a Dios me alegra mucho que te encuentres bien” (¿le acabo de decir que no chupo desde el 2018 y tan solo comenta: “qué bien”? ¿Ni siquiera pregunta el clásico: ni en Navidad ni Año Nuevo”?)

“Pero quiero que todo quede entre los dos. Una tumba… Quiero que quede entre los dos” (Por un momento pensé que me haría una propuesta indecorosa, lo cual, siempre levanta la autoestima).

Lo curioso es que no me salvé de la estafa por inteligente, ni por honrado, ni por heroico, sino por “hojaldra”, porque realmente no quería tener un paquete de nadie en mi casa; no me gustan los problemas gratuitos; además, cuando tengo algo ajeno en mis manos, lo pierdo, lo destruyo o me lo acabo.

Ni mi hija Mayita, ni yo, tenemos covid19, mentí. Es la segunda vez que la uso como excusa para librarme de un compromiso, la primera vez fue para evadir la responsabilidad de ser funcionario de casilla, en las cercanas elecciones. Bastante haré con ir a votar, para encima botar mi tiempo en algo que no sea ver películas, comiendo palomitas.

Si hubiera aceptado el paquete y me hubieran llamado de la aduana para decirme que hay que pagar medio centavo por lo que fuera, hubiera dicho: “¡Ese paquete se regresa inmediatamente de dónde salió!” (sin tan siquiera tomarme la molestia de llamarle a la persona que me lo mandó, por no advertirme que había que pagar).

Si me hubieran dicho que dentro del paquete había dinero sospechoso, respondería: “¿Y? ¿Acaso estamos en la Cámara sobornando legisladores para aprobar reformas estructurales? Ese dinero es un regalo, como los cupones de una mesa de regalos. Si eso no se puede hacer o no les gusta, discútanlo con la persona que me lo mandó, sus datos están en el remitente, gracias. Ese paquete no tiene mis huellas digitales, nunca lo había visto y, una vez aclarado el punto, no les quito más su tiempo”.

La moraleja: “no hay bien que por mal no venga”. Además de esta fábula de paquetes, aduanas y estafas, estén pendientes del relato que muy pronto publicaré en este espacio, de autoría de mi hijita Mayita Mazariegos: “¡Qué bonita es la pandemia!”