Columnas

La gente sigue enojada por la falta de resultados, y vuelve a encender velas de esperanza soñando en un Tlatoani y un mejor porvenir que no llegan.

Mucha gente ha pegado el grito en el cielo porque algunos partidos políticos han decidido postular a lo más granado de la farándula mexicana para un cargo de elección popular en las elecciones de este año, pero olvidan que la política como un show es un fenómeno que ocurre desde hace mucho en nuestro país, con los llamados “políticos profesionales” que lo mismo brincan de partido en partido y de cargo en cargo, que exhiben sin pudor, como si fueran virtudes, sus deficiencias y limitaciones.

He de confesar que no me gusta nada la idea de que en mi natal Veracruz tengamos de diputada en el Congreso a la señora Francisca Viveros Barradas, sobre todo si confiesa que no tiene ni idea de lo que haría como legisladora, pero la sinceridad de “Paquita La del Barrio”, lejos de afectarle, parece que fue recibido como una buena señal entre el electorado, tomando en cuenta que la política es una actividad en donde una de las reglas básicas es mentirle al electorado para llegar al cargo, seguirle mintiendo para sobrevivir a él y echarle unas mentiras más al plato de la gente poder aspirar al siguiente “hueso” administrativo o candidatura.

En la prolongada cuarentena familiar que los Martínez del puerto de Veracruz y los Pérez de Macuspana hemos resuelto con una videoconferencia lunes, miércoles y viernes a la hora de la cena y la reunión general de los domingos al mediodía, son mayoría quienes prefieren a la cantante vernácula por encima de muchos de los políticos mexicanos que sólo vemos cada tres años; y cuando se supo que Carlos Villagrán también decidió lanzarse al ruedo, hubo un brillo especial en la pantalla de mi IPad con tantas muestras familiares de aceptación a que “gente nueva” pueda llegar a los cargos públicos.

Eso es lo que se necesita, rostros conocidos a los que se les dé una oportunidad, gente buena, que seguro lo van a hacer mejor que toda esa bola de ratas, gritó desde su celular (con un júbilo parecido al del doctor Gatell cuando le dijeron que Cofepris ya había autorizado el uso de la vacuna rusa) mi primo Eufemio Ramírez Martínez, siempre de sombrero, que me recuerda al Piporro, y que cultiva las piñas más dulces de la zona de Cosamaloapan.

No narro las expresiones que siguieron, pero he de decir que el “debate” familiar terminó con un aplauso generalizado para Paquita, candidata de Movimiento Ciudadano, y la súbita desconexión de varios de los participantes en la videollamada por Zoom, entre ellos mi gordo y yo.

Minutos más tarde, los dos repasamos los argumentos y llegamos a la conclusión de que la gente sigue enojada por la falta de resultados y desesperada, vuelve a prender velas de esperanza soñando en un Tlatoani y un mejor porvenir que no llega.

Gran parte de este problema radica en que la política ha sido tomada por asalto por “políticos profesionales” cuyas acciones y decisiones son de escándalo. Yo pensaba en el “gober precioso” Mario Marín, por ejemplo, capaz de meter presa a una periodista y torturarla; o en el tabasqueño Arturo Núñez, en Miguel Ángel Yunes, o en Javier Duarte, pero al menos esos están presos o escondidos, sin posibilidad de asomar la cabeza en el proceso electoral.

Pero mi prima Sorjuana Ramírez, que vive en La Paz, Baja California, y que me llamó al día siguiente pidiendo que no me diera de baja del chat de la familia, me dijo que el problema mayor, lo que realmente causa descrédito de la política, es el que generan los políticos profesionales en activo, aquellos que saltan de un partido a otro sólo por conveniencia, y que salen y entran de esas organizaciones dependiendo si les abren o no las puertas de las candidaturas para ellos o para sus hijos.

Acá en Baja Sur, me dijo “billetitos” (así le decimos de cariño) este señor Leonel Cota Montaño, por ejemplo, que fue gobernador por el PRD cuando no le dieron la candidatura en el PRI, es funcionario del gobierno federal, tiene en la nómina a decenas de miembros de su familia y ahora quiere posicionar como alcalde de La Paz a su hijo, Manuelito Cota, un muchacho noble, pero sin experiencia. Todo lo quieren para ellos, ya que dejen algo para gente nueva.

Yo reviso y me encuentro que Cota es uno de esos especímenes que ha estado en todos los partidos políticos y cuya ideología o proyecto se desdibuja a fuerza de tanto pragmatismo. Del PRI al PRD; del PRD a Nueva Alianza, de Nueva Alianza de regreso al PRD, de ahí a Convergencia, al PT y ahora en Morena. Un verdadero chapulín que ahora siente que “lleva mano” para quitar y poner gobernadores y alcaldes en aquella entidad dada la cercanía que tiene no sólo con el presidente López Obrador, sino con el gobernador de Tabasco, Adán Augusto López, que en público incluso lo llama “mi maestro”.

Es Cota con sus hermanos, sus cuñados y ahora su hijo, queriendo adueñarse de candidaturas, pero son también los hijos de Yunes en Veracruz, el Niño Verde y los juniors del PRI y del PAN, y Anaya y Margarita Zavala. La política en los partidos políticos no se reoxigena. Y lo que no se oxigena en política, está condenado a resucitar en una, dos, tres Paquitas y Quicos que son esperanza hoy, pero que mañana, pueden ser peor remedio que la enfermedad.