La lucha contra la imposición (o qué fue primero el huevo o el pollo)

Para el desarrollo de la columna permítaseme partir de la siguiente idea, que tomo de Antonio Carlos Pereira Menaut, y que en estos momentos parece venir muy bien a colación:

Las personas más pleiteantes no son siempre las más violentas, porque el que pleitea renuncia a conseguir su objetivo por la fuerza y acepta unas mínimas reglas de juego; en cambio, el que guerrea no necesita acudir al juez 

En este sentido, López Obrador y su claque están en todo su derecho de  acudir a las instancias que consideren para llevar su alegato en torno a si hubo un proceso amañado o no. Esta tensión que se genera por su actuar, nos guste o no, lejos de perjudicar a las instituciones democráticas en un primer momento podemos decir que las beneficia, pues permite ponerlas a prueba y ver su capacidad de respuesta ante el disenso así como la forma en que busca darle una salida formal.

Digo que en un primer momento porque para que este disenso brinde un beneficio más allá de poner a prueba la fortaleza de las instituciones y no se quede en una acción más del anecdotario -que sólo recuerde la confrontación y el ataque- debe acompañarse con verdaderos argumentos que rebasen lo visceral, pasional o sentimental (¿a qué venían los puercos y demás animales de granja?), para situarse dentro de un actuar que no pierda lo que intentó ser desde un principio: inteligente, diferente y, sobre todo, a favor de la democracia y que, con acciones tan patéticas como sus ferias del fraude en contra de Peña, ha ido perdiendo.  

Otro elemento importante que no se debe olvidar es la cuestión de la legalidad. Si uno recurre a las instituciones es porque se reconoce su acción y la legitimidad de las mismas para actuar y, por ende, también la de las decisiones que se toman.

No porque se obtengan decisiones contrarias a mis intereses no se reconocerán las decisiones tomadas, esto no es democrático, ni mucho menos se buscara actuar en contra de ellas por otros cauces que no sean los mismos mecanismos formales con los que se cuenta. Hacerlo sería un retroceso tanto político como institucional que no se podría aguantar. 

En todo caso, si se desea seguir con el ánimo de confrontación pero con una actitud más madura, lo que se debe buscar es realizar los cambios necesarios que se requieren y que, en este momento, no van en el sentido de hacer que la ley este al contentillo de todos, sino de corregir lo que se ha visto que falla, por ejemplo, darle más transparencia al uso de los recursos por parte de todos los actores involucrados así como modificar las sanciones a quien viole la ley.

Revisar las cosas con templanza y no verlas simplemente en términos de buenos contra malos es lo que ahora necesitamos más que seguir con el encono u optar más por lo ideal que por lo operativo. 

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