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Su mayor virtud es ética: es un extraordinario ser humano, con valores que no traicionará jamás; por lo mismo, Andrés Manuel no se corromperá.

Los analistas más destacados no logran explicarse la elevada aprobación de la que goza el presidente López Obrador en un contexto de crisis económica y crisis sanitaria.

Algunos estudiosos verdaderamente lúcidos de la realidad mexicana, como Jorge G. Castañeda en Nexos —texto reproducido en SDP Noticias—, atribuyen la popularidad de Andrés Manuel a la idea que la gente tiene de sus programas sociales, distintos a los del pasado. Ello al margen de si han cumplido todas sus metas o no.

Otros, como Sergio Sarmiento, en Reforma, atribuyen la aceptación de AMLO entre la población a que es un gran comunicador.

He leído más explicaciones y ninguna es mala, claro que no. Todas, sin embargo, son incompletas.

Andrés Manuel, en efecto, es un gran comunicador y sus programas sociales son apreciados por los mexicanos, por las mexicanas. Pero si la mayoría de la sociedad mexicana aprueba su gobierno, a pesar de tantos problemas, se debe, sin duda, a que no se le culpa por la mala situación de la economía ni, tampoco, por el hecho de que el coronavirus haya sido tan dañino en nuestro país.

Los analistas insisten en que los problemas económicas de México surgieron desde antes del confinamiento mundial por la pandemia. Tienen razón: el crecimiento de 2019 fue menor al de los años anteriores, cuando gobernaba el PRI, y tampoco estuvo a la altura de las cifras registradas en los gobiernos del PAN.

Pero la gente, que finalmente es la que decide en estos debates, no castigó con impopularidad a Andrés Manuel porque entendió que su primer año de gobierno iba a ser necesariamente difícil: todas las grandes transformaciones sociales lo son.

Para esperar mejores condiciones de vida en el futuro, a veces hay que hacer sacrificios en el presente. Eso lo comprendieron los mexicanos, las mexicanas.

¿Que la pandemia nos ha golpeado en exceso? No hay duda. Todos hemos visto los errores del estratega en jefe, Hugo López-Gatell, y los hemos exhibido y cuestionado. Pero la mayoría sabemos que las cosas habrían sido peores si no hubiese habido un esfuerzo serio por reconvertir hospitales, muchos de ellos en ruinas; equiparlos y modernizarlos, algo que no se hizo en décadas, y capacitar miles de médicos y personal a de enfermería para realizar funciones fundamentales en las salas de terapia intensiva.

Los errores de Gatell han sido evidentes y grandes —su arrogancia todavía más visible y de bastante mayor tamaño—, pero otros funcionarios del sector salud que se alejaron de los reflectores sí hicieron la tarea; quienes conocen el tema no dejan de mencionar el extraordinario trabajo del infectólogo Gustavo Reyes Terán. Este médico al principio aparecía en las conferencias de prensa al lado de López-Gatell, pero seguramente se alejó cuando vio venir el virus mortal del mareo, el generado en los peligrosos laboratorios de la  politiquería; para evitarlo ha eludido las cámaras y los micrófonos.

Con todo lo cuestionable que puede ser como persona, los éxitos materiales de Marcelo Ebrard ahí están —realizar en muy poco tiempo complejas adquisiciones de equipos médicos, por ejemplo—: de destacarse la reconocida eficiencia del canciller, que ayudó bastante.

Y, por lo demás, mientras Gatell jugaba a ser Cantinflas, había gobernantes locales identificados con la 4T —Claudia Sheinbaum, en la Ciudad de México; Adán Augusto López, en Tabasco— que sí tomaban en serio a la pandemia.

La gente ha visto los errores, pero también los aciertos, y sobre todo ha observado el esfuerzo de un gobierno diferente.

Pero la popularidad de AMLO no puede explicarse solo por los programas sociales, por su habilidad de comunicador, por los cambios en las estructuras económicas que la gente espera sean positivos en el futuro y por lo que sí se hizo bien en el sector salud —más allá de fallas y protagonismos de funcionarios inflados de un día para otro—.

La popularidad de Andrés tiene otro factor explicatorio y es el más importante de todos: él es un hombre honesto, sencillo y austero. Cuando deje Palacio Nacional volverá a su casa, modesta; no viaja en aviones privados o del gobierno, excepto en los del ejército en verdaderas emergencias, como las inundaciones de Tabasco y sigue siendo mucho muy cercano a la gente de abajo, por más que la propaganda opositora insista en presentarlo distanciado de la sociedad que gobierna.

Independientemente de los problemas que enfrente el gobierno, a Andrés Manuel se le califica positivamente por ser, nada más, Andrés Manuel.

Por cierto, no le adorna el trato palaciego —“señor presidente”, “lo que orden, señor presidente”, “por instrucciones del señor presidente”— que le dan sus colaboradores. ¿Por qué ninguno se atreve a decirle en público, como la gente en la calle, simplemente “Andrés Manuel”? ¿El cargo implicaba un cambio de nombre? ¿Tanto así?

Tenemos un gran presidente que ha hecho cosas buenas y algunas con las que no estoy de acuerdo. Colaboran en su equipo figuras de primer nivel y otras que dan pena. Su mayor virtud es ética: es un extraordinario ser humano, con valores que no traicionará jamás; por lo mismo, Andrés Manuel no se corromperá. La gente lo percibe y lo aprueba, es decir, separa al personaje de dimensiones históricas de un gobierno que enfrenta serias crisis y que no tiene solo colaboradores de primera.