Columnas

A dos años del gobierno de López Obrador, hay más dudas que certezas sobre las reacciones y efectos de las políticas implementadas. 

Érase una vez un país que no creía en los virus, ni en pandemias, ni en las gotículas, ni en los cubrebocas. Un país repleto de personas devotas a la muerte, en sentido real y en sentido figurado, con muchas otras más devotas a la divinidad misma que salía cada día confiando y criticando: confiando en que no les pasaría, criticando que no podían entrar al supermercado sin protección y la jodida política de no llevar a los niños a las escuelas.

Érase una vez un país en el que las medidas de confinamiento se traducían, ante cada oportunidad, en medidas de recreación:

“No salgas de casa”------ ¡No te puedes perder el Halloween!

“Evita aglomeraciones”----- Eeeen el nombre del cieeeeeelo

“Usa cubrebocas”------ ¡Pero salúdame bien con todo y beso!

“Habrá cierre desde las 10 y ley seca”---- Carnal ¿En tu casa o en la mía?

Un país que todo lo entendía al revés y que, al mismo tiempo, no creía en nada. Un país de peregrinos esperanzados que salen a buscar maíz y regresan teniendo nada, ni olfato. Un país de gángsters y empresarios que de día critican al presidente por no usar cubrebocas mientras que de noche, organizan bodas y fiestas masivas. En el que las facturas del binomio Cocacola-Familia y Sabritas-entresemana se cobraron a los mayores y a bastantes jóvenes. Un país que piensa que la COVID19 es un invento, que pasó por creer en que las rodillas tienen un líquido preciado y que las pandemias son complots de las grandes potencias, uno que dejó en manos de un solo hombre la pandemia, como si cada gobernante pudiera entrar en las casas y poner cubrebocas a cada miembro, como si cada prueba pudiera llegar a la puerta y como si no hubiesen más de 107 mil muertos.

Érase una vez el país que pensó que bastaba con creer para que todo, mágicamente, sucediera y que se olvidó de que sus salidas son horas de cansancio para médicas y médicos; que no pensó en cuantas enfermeras perdieron a alguien de su familia por atenderles y que aún piensan que el gobierno es cruel por no dejarles beber a gusto. Érase un país con multitudes listas y ansiosas de pasar “la Última cena” en sus casas: la de Navidad, a la que de tanto no creer, llegarán sin estar listos para la despedida.

Érase un país de aprobación presidencial a la alza y de tendencia tan positiva, que hasta en las pruebas no disponibles habrían dejado testimonio de tanta positividad. Érase un país que es el peor para morir por COVID y el mejor para contagiarse porque cambió el gobierno pero no cambiaron los gobernados. ¿2 años de transformación? Parece que ni un siglo alcanza.