La cultura chatarra

Uno de los asuntos que más preocupa como tema de salud pública en el país es el incremento acelerado de la obesidad.

Datos de la OCDE indican que somos el país con mayor obesidad de adultos y uno de los primeros en obesidad infantil. Es evidente que, como sociedad, tenemos un fuerte problema con nuestra alimentación y con nuestro nivel de actividad. La obesidad está directamente relacionada con la ingestión de comida poco saludable, en buena medida la que conocemos como “comida chatarra”,  y con la falta de ejercicio. Quien engorda no es porque consuma muchos nutrientes,  sino porque consume muchas más calorías de las que gasta su cuerpo. De hecho, diversos estudios revelan que mucha gente obesa podría estar altamente desnutrida.

La obesidad no sólo trae problemas para quienes la padecen en lo individual sino también para la sociedad en su conjunto. Individualmente, la diabetes, problemas cardiacos, problemas motrices y, desde luego, la pérdida de autoestima son sólo algunos. En lo colectivo, el costo necesario para atender los padecimientos derivados del sobrepeso, y la baja productividad serían otros. Una población que presenta problemas de sobrepeso en sus segmentos más jóvenes es una población condenada a asumir altos costos sociales de salud y que no estará en condiciones de desarrollar al máximo sus capacidades productivas.

¿Qué tiene que ver esto con la cultura? Bueno, por su lado, la cultura es uno de los elementos que nos hace realmente humanos. El hecho de tener más necesidades que las meramente indispensables para conservar la vida, es una de nuestras grandes virtudes. Cuando hablamos de cultura pensamos en la escuela, en la familia, en el país y otros referentes tangibles. Es cierto que la escuela nos da formación e información que nos ayuda a sensibilizar nuestros sentidos y entender nuestras costumbres. La familia nos transmite muchas tradiciones que van desde la forma de vestir o comer hasta rituales y cuestiones imaginarias. El resto de la sociedad nos va dando referentes de comunicación y convivencia que son fundamentales en nuestra vida.  Sin embargo, hay aspectos de la cultura que se han consolidado en mercados muy importantes. El contar historias, la música, la vestimenta y la comida son de los ejemplos más notables. La sociedad de consumo en que nos hemos convertido tiene necesidad también de consumir cultura. Las necesidades culturales nos dan esparcimiento, identidad, asombro, conocimiento, seguridad pero sobre todo, disfrute, felicidad. En este punto me detengo porque, bajo ciertas circunstancias, consumir cultura puede ser interpretado como sinónimo de consumir felicidad.

Generalmente el término cultura se usa para referirse a aspectos finos o sublimes de la vida. Hay un gran debate respecto de lo que es o no es cultura, en este artículo no voy a entrar en esa discusión y llamaré cultura a todo tipo de manifestaciones sociales que van más allá de los actos de mera supervivencia. Tradiciones, rituales, costumbres, creencias y demás expresiones que le dan identidad a un grupo social forman parte de su cultura.  

Escuchar música, leer o ver representada una historia así como presenciar una competencia deportiva siempre nos va a dejar alguna satisfacción. Sin embargo, como en el caso de la comida, la variedad y la calidad es importante. Quien come siempre lo mismo, aunque sea de buena calidad no necesariamente está bien alimentado. Quien come en forma variada pero consume productos de bajo nivel nutritivo estará desnutrido. Quien come bien pero tiene un bajo nivel de actividad, tendrá sobrepeso y los padecimientos asociados con él.

Culturalmente estamos en una situación muy similar. Quien escucha un solo tipo de música, se priva del placer de disfrutar de, al menos una buena parte, del resto de la música que existe en el mundo. A quien sólo le interesa un cierto tipo de historias se cierra a entender otro tipo de comportamientos y costumbres. Quien sólo se emociona con un solo tipo de competencia no se plantea escenarios con otras reglas ni otro tipo de habilidades. Quien sólo gusta de bailar un solo tipo de música se podría divertir más en una fiesta.

Sin embargo, a cierto tipo de intereses les conviene que la población sea más homogénea que diversa. Si toda la gente escucha la misma música, si bailan de la misma forma, si gustan de un único deporte y gustan de las mismas historias, se consolida un gran mercado para, obviamente,  sólo cierto tipo de productos. No importa que no haya diversidad si las ventas son buenas. Pero, más importante aún, si el consumo de esos productos se vuelve repetitivo hasta parecer casi un vicio, entonces las ganancias se vuelven abrumadoras.

Bajo esta lógica, no es de extrañar entonces que las televisoras en México estén muy concentradas en condicionar a su público a ver telenovelas, a ver futbol, a escuchar música comercial y a informarse con noticieros que más que informar imponen opinión. La televisión es un medio de difusión que usa un bien público, el espectro electromagnético, para llegar a los receptores individuales. Al hacer uso de un bien público se convierte en una actividad de interés público. Sin embargo, al menos en la forma en que muchos políticos se refieren a las televisoras, parece tratarse de un negocio privado que puede manejarse en la forma en que más convenga a sus dueños por encima del interés público. Sólo así se puede explicar que el negocio televisivo esté enfocado a crear consumidores y no ciudadanos. A generar gente pasiva y no activa ni reflexiva. A generar obesos mentales, grandes consumidores de cultura chatarra pero incapaces de un diverso y sublime disfrute cultural.  

Decía líneas arriba que no excluyo de lo cultural a lo cotidiano, a lo mundano, a lo muy sencillo o hasta lo vulgar. Debe haber lugar para todo. Pero, nuestra cultura no puede limitarse a partidos de futbol, telenovelas cursis y vulgares, música poco depurada e informaciones basadas en comentarios simplistas y sesgados. De por sí, el propio hecho de ver la televisión es un acto pasivo que no precisamente induce a hacer ejercicio. Tampoco suele motivar, la publicidad más importante lo deja claro a cualquiera, los mejores ni los más sanos hábitos alimenticios. Es entonces, sin duda, uno de los elementos que han contribuido a que niños y adultos tengan sobrepeso. Pero, lo más grave es que es sin duda, a través de la difusión indiscriminada de cultura chatarra, el principal factor que ha producido un país de obesos mentales. 

La televisión es la principal vitrina cultural y de informaciones con que cuenta el grueso de la población. Simplemente por eso, asume una gran responsabilidad social. La cultura no debe ser una actividad pasiva, contemplativa. Es una cuestión dinámica en donde debemos participar todos. No es más culto quien sabe más sino quien pone más en práctica. Es decir, no somos cultos por saber una canción sino por saber cuándo cantarla. No somos cultos por conocer una historia, un cuento o una novela sino por entender a la sociedad con las enseñanzas derivadas de ellos. No somos cultos por saber lo que pasa en otros países sino por entender y participar en nuestro propio contexto. Nada de lo anterior se deriva de la televisión comercial.

Si el alto índice de sobrepeso es un problema nacional con altos costos a enfrentar, el consumo de la cultura chatarra que promueven las televisoras comerciales es un tema que debemos tomar muy en serio. Obesidad mental es lentitud de pensamiento, carencia de conocimientos fundamentales, indolencia ante lo injusto, voracidad por consumir un solo tipo de productos, apatía ante la vida es decir, ser fatalmente conformista. Los problemas derivados de este estado mental también inciden en lo individual y en lo colectivo, con los desastrosos niveles de ignorancia que padecemos paradójicamente en un mundo  que se caracteriza por estar sobre-informado o, más bien, sobre-alimentado con cultura e informaciones chatarra.

Creo que es el momento de hacer rendir cuentas a los consorcios televisivos sobre el uso que han hecho de un bien público durante varias décadas. Sobre todo ahora que pretenden erigirse como los gobernantes supremos de un país que, para ellos, es simplemente público telenovelero y consumidor fiel de sus productos.

 

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