La violencia como política y el silencio como coartada
No estamos ante un abuso más, ni frente a una tragedia que pueda archivarse como exceso aislado. Lo ocurrido en Minnesota —la muerte de una civil a manos de un agente del ICE y la operación política posterior para justificarla— es la expresión más descarnada, hasta ahora, de un modelo de poder que ha decidido gobernar desde la violencia institucional y blindarla mediante la mentira.
La novedad no es el disparo. Es lo que vino después
Un Estado puede matar; la historia lo demuestra sin piedad. Lo verdaderamente alarmante es cuando todo el aparato gubernamental se activa para ensuciar a la víctima, absolver al ejecutor y exigir silencio. En ese punto ya no hay error del sistema: hay un sistema funcionando exactamente como fue concebido.
Donald Trump no pidió prudencia ni investigación. Hizo lo contrario. Cerró filas, defendió al agente y convirtió el homicidio en una pieza más de su retórica de orden, miedo y fuerza. El mensaje fue directo: el uso letal de la violencia federal no solo está permitido, está políticamente protegido.
El Departamento de Seguridad Nacional llevó esa lógica al extremo. No se limitó a justificar el operativo: acusó a la mujer asesinada de ser terrorista, atacó al alcalde de Minneapolis, desacreditó a los manifestantes y arremetió contra la familia de la víctima. No hubo duelo institucional. Hubo linchamiento discursivo. La víctima debía morir dos veces: primero por la bala, luego por la narrativa oficial.
Ese giro no es menor. Cuando el poder necesita fabricar culpables después de los hechos para evitar responsabilidades, deja de gobernar y empieza a administrar propaganda. La verdad se vuelve prescindible. La ley, ornamental. Y la democracia, frágil.
ICE y DHS ya no operan solo como agencias administrativas. Funcionan como instrumentos políticos de intimidación, diseñados para mostrar fuerza, infundir miedo y probar hasta dónde puede llegar el poder sin pagar costos. Redadas militarizadas, abusos reiterados, muertes sin castigo y ahora, abiertamente, la reescritura oficial de la realidad.
Dentro de Estados Unidos, la reacción crece. Autoridades locales rompen con la versión federal. Gobernadores exigen investigaciones independientes. Legisladores anuncian audiencias. La sociedad protesta porque entiende que el problema no es una bala, sino el precedente que deja: un Estado que mata, miente y se protege a sí mismo.
Pero fuera de Estados Unidos ocurre algo igualmente grave: el silencio.
¿Dónde está la condena internacional proporcional a la gravedad del hecho?
¿Dónde están los gobiernos que suelen alzar la voz en nombre de los derechos humanos?
¿Dónde están los organismos multilaterales, las resoluciones, la presión diplomática?
La respuesta es incómoda pero evidente: el abuso se tolera mejor cuando lo comete una potencia. El cálculo geopolítico pesa más que la coherencia moral. La defensa de los derechos humanos se vuelve selectiva. Y el mensaje implícito es devastador: hay Estados que pueden matar, mentir y difamar sin enfrentar el mismo escrutinio que se exige a otros.
Eso convierte este caso en algo más que un crimen. Lo convierte en un termómetro ético del orden internacional. Si la comunidad global es incapaz de reaccionar ante la combinación de violencia letal, encubrimiento institucional y propaganda oficial, entonces el problema ya no es Trump, ni ICE, ni DHS. Es la normalización del autoritarismo cuando se disfraza de soberanía.
Las democracias no colapsan de golpe. Se vacían. Se erosionan cuando el uso de la fuerza deja de escandalizar, cuando la mentira oficial se acepta como versión válida y cuando el silencio externo funciona como aval tácito.
Lo ocurrido en Minnesota no es un punto final. Es una señal. Una advertencia. Un ensayo general de hasta dónde puede avanzar un modelo bárbaro sin encontrar resistencia proporcional.
La pregunta ya no es qué hizo el agente que disparó.
La pregunta es qué va a hacer el mundo ante un poder que dispara, miente… Y comprueba que nadie lo detiene.
Porque un poder que mata y no paga costos aprende.
Y un mundo que mira hacia otro lado enseña.
La historia juzga con dureza no solo a quienes aprietan el gatillo o firman la orden, sino a quienes, pudiendo hablar, optan por callar. Cuando un Estado descubre que puede matar, mentir y difamar sin enfrentar una reacción proporcional —ni interna ni internacional—, la violencia deja de ser un exceso y se convierte en método. Y cuando eso ocurre, el silencio ya no es neutralidad: es participación.
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