25 de septiembre de 2021 | 00:46
Opinión

Desobediencia y Rebeldía

De los desobedientes es el reino de la Tierra.
Un llamado a la resiliencia.
Compartir en

FILOSOFÍA SIN ESCRÚPULOS

De los desobedientes es el reino de la Tierra, porque únicamente ellos comprenden el sentido de vivir, la libertad. Sí, rebelarse es una hechicería, así en su sentido más profano, como en Samuel 1-15, una maravillosa idolatría y culto a las imágenes de la vida, la carne viva que es muestra de la animalidad humana, el rechazo a todo poder o palabra eterna, el pecado como virtud.

Todo rebelde o revolucionario es un Lucero caído del cielo, un hijo de la mañana cortado por la tierra que debilita a la costumbre, a los mitos, a las creencias, a las certidumbres, a la conservación de la normalidad, al mito de la Nación y su engendro el Estado. El desobediente, como buen revolucionario transgresor de paradigmas, sube a lo alto y junto a las estrellas convoca a derrocar a los tiranos del pensamiento, el cuerpo y la vida. Es un Luzbel que asume retadoramente la virtud de la autonomía de la voluntad y se sabe con semejante poder a cualquier Altísimo tirano. Un Prometeo que no teme ser encadenado por robar el fuego de la Libertad.

Él, es consciente que la vida y el vivir son dos cosas distintas, no se nutre del misticismo de las creencias y por eso rechaza a todas las iglesias, detesta el culto a la personalidad, transgrede reglas y no crea dogmas ni instaura sectas que recompongan la tiranía del principio de autoridad. Hay en el rebelde, la perpetua pregunta filosófica del por qué, ¿por qué transgredir una regla? Y ahí reflexiona sobre el pasado en el presente y encuentra el error, es un detector sagaz de fallos que busca erradicar.

Su espíritu se resume en la frase de Henry David Thoreau.

“Yo no vine a este mundo para por encima de todo convertirlo en un buen lugar para vivir, sino para vivir en él, tanto es si es un buen lugar como si es malo”, por eso no teme ir a la cárcel por negarse a pagar el tributo al Cesar o a Dios. No asume otra lealtad que a la vida misma, nunca es un predicador de la muerte o un súbdito temeroso al castigo, el cordero del rebaño de un pastor omnipotente. Entiende que no hay liberación sin libertad y por eso rechaza la dictadura del igualitarismo, su terreno moral es la libertad como no dominación.

Pero ante todo, rechaza a los cretinos, que son más funestos que los tiranos, porque en ellos se engendra el conservadurismo que perpetua la sumisión devota a la mentira, a la tergiversación de la realidad que construye el discurso de la exclusión de los fieles, los puros que señalan a los otros como los infieles, los profanos, los paganos, los herejes, los que son libres de elegir, los realmente libertarios o liberadores. Todos aquellos que afirman que nadie “…puede tener derecho sobre mi persona y mis bienes, sino sólo el que yo le conceda” H.D.T.

El actual reino de la Tierra está ávido de desobedientes, de rebeldes que alcen la voz contra el nuevo cretinismo de la sociedad de la transparencia, que se erige como un Savonarola posmoderno, la tiranía de lo políticamente correcto de la nueva utopía dictatorial de la uniformidad, donde toda argumentación se obnubila frente a una moral que censura y marca a la razón para imponer la fábula de la felicidad ficticia.