Imaginemos a dos mexicanos sentados uno junto al otro en un estadio. Uno simpatiza con el gobierno; el otro, con la oposición. Discrepan sobre la economía, la seguridad, la justicia y el futuro del país. Probablemente nunca conversarían sobre política sin terminar discutiendo. Pero esa tarde llevan la misma camiseta, celebran el mismo gol y sufren juntos cuando su equipo pierde.

Durante noventa minutos descubren algo que la polarización política suele ocultar: tienen algo en común. ¿Puede esa experiencia aparentemente trivial ayudarnos a reconstruir la convivencia democrática? La pregunta es mucho más importante de lo que parece.

En septiembre de 2026, el Ash Center for Democratic Governance and Innovation de la Escuela Kennedy de Harvard anunció una iniciativa denominada Sports, Democracy and Civic Health. Su propósito es investigar cómo el deporte puede fortalecer la confianza, reducir la polarización, promover la participación ciudadana y reconstruir los vínculos sociales que sostienen a las democracias.

La propuesta parte de una intuición poderosa: el deporte no es solamente una industria del entretenimiento. Es también una industria de la pertenencia. Los equipos deportivos crean identidades compartidas. Reúnen a desconocidos. Generan lealtades que atraviesan generaciones, clases sociales y preferencias políticas. Producen experiencias colectivas que pocas instituciones contemporáneas consiguen reproducir.

Harvard quiere estudiar si esa capacidad puede convertirse en una fuente de renovación democrática. México debería prestar atención.

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La democracia necesita algo más que elecciones

Durante décadas hemos discutido la democracia casi exclusivamente como un problema institucional: elecciones libres, partidos competitivos, división de poderes, tribunales independientes, transparencia y rendición de cuentas. Todo eso es indispensable. Pero insuficiente. Una democracia también necesita ciudadanos capaces de reconocerse mutuamente como integrantes de una misma comunidad, incluso cuando sus opiniones sean irreconciliables.

El problema comienza cuando dejamos de considerar al adversario político como un competidor legítimo y empezamos a verlo como un enemigo moral. Entonces desaparecen los espacios de conversación. Las diferencias se convierten en identidades absolutas. La política invade las relaciones personales. La desconfianza se transforma en una forma habitual de convivencia.

Podemos tener instituciones formalmente democráticas y, al mismo tiempo, una sociedad profundamente fragmentada. El politólogo Robert Putnam anticipó parte de este problema en Bowling Alone, publicado en 2000. Su argumento era que Estados Unidos estaba perdiendo las asociaciones, relaciones y hábitos de cooperación que habían sostenido históricamente su vida comunitaria.

Putnam distinguió dos formas de capital social: el que fortalece vínculos entre personas semejantes y el que construye puentes entre personas diferentes. Este segundo resulta particularmente importante para la democracia. Una sociedad integrada exclusivamente por grupos que confían en sus propios miembros, pero desconfían de todos los demás, puede terminar profundamente dividida. La democracia necesita puentes, no solamente comunidades cerradas. Y el deporte puede ayudar a construirlos.

Lo que Harvard descubrió entre los aficionados

La nueva iniciativa de Harvard tiene un fundamento empírico interesante. Investigadores asociados con este esfuerzo analizaron información de más de 50 mil estadounidenses para estudiar la relación entre las preferencias deportivas y las identidades políticas.

Encontraron que las aficiones de importantes equipos de futbol americano y béisbol conservan una diversidad política considerable. Personas que discrepan profundamente sobre asuntos públicos pueden compartir una lealtad deportiva intensa. En experimentos de encuesta, descubrir que alguien del partido contrario apoyaba al mismo equipo produjo actitudes interpersonales más favorables y una mayor disposición a relacionarse.

La conclusión es sugerente: una identidad compartida puede reducir, al menos temporalmente, la distancia emocional entre adversarios políticos. No significa que los aficionados cambien de partido ni que abandonen sus convicciones. Significa que pueden descubrir que una persona es mucho más que sus opiniones políticas.

Los hallazgos abren una línea de investigación prometedora. Quizá uno de los caminos para reducir la polarización no consista en hablar más de política, sino en crear oportunidades para hacer cosas juntos.

Hannah Arendt y el valor del mundo compartido

Esta idea conecta con una reflexión extraordinaria de Hannah Arendt. En un ensayo reciente del Financial Times, Roger Berkowitz recupera una convicción central de la filósofa: una persona vale más que sus opiniones. Arendt defendía la importancia de la verdad, pero advertía contra la tentación de convertir cada desacuerdo en una ruptura personal.

La política democrática no exige unanimidad. Exige la capacidad de construir un mundo compartido entre personas que lo interpretan de maneras distintas. Comprender no significa justificar. Respetar no implica renunciar a nuestras convicciones. Disentir no debería obligarnos a destruir nuestros vínculos humanos.

El deporte ofrece una experiencia cotidiana de esa filosofía. Un aficionado puede descubrir que su vecino, a quien considera equivocado en casi todo, comparte su entusiasmo, sus recuerdos y sus esperanzas deportivas. Ese descubrimiento no resuelve las diferencias ideológicas, pero puede impedir que se conviertan en una negación de la humanidad del otro. La amistad cívica no exige que pensemos igual. Exige que sigamos reconociéndonos como miembros de una comunidad.

La cancha como escuela de ciudadanía

Hay otra dimensión que merece atención. Cuando está bien organizado, el deporte enseña principios esenciales para la convivencia democrática. Los jugadores compiten intensamente, pero aceptan reglas comunes. Reconocen que el adversario tiene derecho a participar. Comprenden que la legitimidad del resultado depende de procedimientos compartidos. Aprenden a ganar sin humillar y a perder sin destruir las reglas del juego.

La democracia funciona bajo una lógica semejante. Los partidos compiten por el poder, pero esa competencia solamente es legítima cuando todos respetan las instituciones y los derechos de sus adversarios. Un equipo no puede modificar unilateralmente el marcador porque perdió. Tampoco puede expulsar al contrario porque considera injusta su victoria. Sin reglas compartidas no existe competencia deportiva. Sin instituciones legítimas no existe competencia democrática.

Por supuesto, el deporte también puede producir violencia, exclusión y fanatismo. No debemos idealizarlo. Pero precisamente por eso importa enseñar deliberadamente sus mejores valores. La educación deportiva debería incluir respeto, cooperación, resolución pacífica de conflictos, responsabilidad colectiva y reconocimiento del adversario. No solamente formar mejores atletas. También mejores ciudadanos.

México necesita una política de cohesión social

La relevancia de esta discusión para México es extraordinaria. Tenemos una cultura deportiva profundamente arraigada. El futbol, el béisbol, el boxeo y miles de ligas comunitarias forman parte de nuestra identidad. Sin embargo, seguimos considerando el deporte principalmente como entretenimiento, espectáculo, promoción turística o instrumento de salud pública. Rara vez lo pensamos como infraestructura democrática. Es momento de hacerlo.

Podríamos impulsar una estrategia nacional de deporte y cohesión social, desarrollada desde los municipios, con participación de universidades, escuelas, organizaciones civiles, empresas y clubes deportivos. No necesitamos crear otra burocracia federal. Necesitamos aprovechar mejor las instituciones y los espacios que ya existen. La estrategia podría comenzar con cinco acciones:

  1. Convertir las instalaciones deportivas en centros de comunidad. Las canchas, parques y unidades deportivas deberían utilizarse también para actividades culturales, encuentros vecinales, formación cívica y proyectos comunitarios. Un espacio deportivo bien administrado puede convertirse en un punto de encuentro permanente.
  2. Crear ligas que construyan puentes. No solamente torneos entre escuelas o colonias semejantes, sino encuentros que reúnan a jóvenes de distintos entornos económicos y sociales. La diversidad debe convertirse en parte deliberada de la experiencia deportiva.
  3. Incorporar la educación cívica al entrenamiento. Los entrenadores pueden enseñar liderazgo, cooperación, respeto a las reglas, manejo de conflictos y responsabilidad colectiva. Un partido puede convertirse en una lección práctica sobre ciudadanía.
  4. Comprometer a los clubes profesionales. Los grandes equipos mexicanos poseen un capital social extraordinario. Sus programas comunitarios podrían desarrollar iniciativas de voluntariado, convivencia intergeneracional, inclusión y recuperación de espacios públicos, con resultados verificables.
  5. Medir lo que realmente importa. Las universidades deberían evaluar si estas intervenciones fortalecen la confianza interpersonal, la participación comunitaria y la capacidad de cooperación entre grupos diferentes.

No bastan las medallas, torneos o instalaciones construidas. Debemos preguntarnos si estamos formando comunidades más fuertes.

El Mundial no debería terminar cuando termina el Mundial

México acaba de vivir la experiencia de organizar, junto con Estados Unidos y Canadá, la Copa Mundial de 2026. La competencia dejó infraestructura, experiencias organizativas, actividad económica y una enorme movilización emocional. Pero la pregunta verdaderamente importante es qué legado social permanecerá. Los grandes acontecimientos deportivos suelen evaluarse por visitantes, derrama económica, audiencia televisiva y promoción internacional. Deberíamos incorporar otra dimensión: su contribución a la convivencia.

¿Qué programas comunitarios permanecerán? ¿Qué espacios públicos mejoraron? ¿Cuántos jóvenes encontraron oportunidades de participación? ¿Qué vínculos se construyeron entre comunidades? El Mundial duró unas semanas. Su legado cívico debería durar años.

No se trata de afirmar que el futbol resolverá los problemas de inseguridad, desigualdad o polarización de México. Sería ingenuo. Se trata de reconocer que la reconstrucción de la confianza requiere experiencias compartidas, instituciones cercanas y oportunidades reales de cooperación. Y esas oportunidades pueden comenzar en una cancha.

La democracia se aprende practicándola

Alexis de Tocqueville observó que una de las fortalezas de la democracia estadounidense era la capacidad de sus ciudadanos para asociarse voluntariamente. Las asociaciones enseñaban a cooperar, organizarse, negociar y asumir responsabilidades. Eran escuelas prácticas de ciudadanía. Hoy necesitamos recuperar esa intuición.

Una sociedad no se vuelve democrática solamente porque sus habitantes votan periódicamente. También necesita ciudadanos que participen, dialoguen, colaboren y acepten que nadie posee el monopolio de la verdad. El deporte puede contribuir a formar esos hábitos, siempre que sus organizaciones promuevan inclusión y respeto.