Hoy hablaremos de economía: el Presidente AMLO ha estado insistiendo en que solo está afinando con sus colaboradores un Programa Antinflacionario que intuimos posee tres componentes centrales: i) recupera la visión de la concertación política-social entre los actores fundamentales dentro del país (los empresarios, la sociedad productiva y el gobierno nacional), una visión de acuerdo y compromisos detrás de objetivos comunes; garantizar el abasto de bienes y servicios de la canasta popular; y iii) garantizar la estabilidad de precios durante el presente ejercicio fiscal 2022. Son las variables más probables.

La inflación efectivamente es el “enemigo común a vencer” porque distorsiona el sistema de precios y la asignación de recursos de producción en el mercado, el cálculo económico de los agentes económicos, erosiona el poder adquisitivo de los bienes-salario (los de primera necesidad) y deprime el nivel de vida mayormente, de la mayoría de la población en situación de vulnerabilidad económica, son quienes más lo resienten, es un depredador silencioso de su nivel de vida y bienestar. Por ello es necesario contenerla. Una precisión más: la gestión para el control de la inflación cuando ésta es “moderada” (se le dice “de un solo dígito”) es muy distinta a cuando el proceso es más amplio e intenso, es decir, cuando hay hiperinflación (de dos dígitos, pero a la vez, creciente mes con mes, algunos le llaman “inflación desbocada”). Estamos entonces ante dos o más escenarios con una misma problemática.

En América Latina en los años 80 hubo países con niveles de crecimiento de los precios de hasta 3 y 4 dígitos. La locura y anarquía económica completa, además con economías estancadas y macro devaluaciones monetarias repetidos en ciclos cortos que retroalimentaban las macro devaluaciones, y endeudamientos públicos en moneda extranjera que superaban la capacidad de pago de las economías nacionales en su sector externo, generador de divisas. Un desastre económico verdadero en donde controles y equilibrios económicos han colapsado.

El tema central entonces, es ¿cómo?

Este desastre económico terminó con la entronización y duración en el mediano plazo de políticas antinflacionarias que se clasifican en dos grandes modelos:

  1. Las políticas antinflacionarias ortodoxas, cuyo diagnóstico fundamental es que se ha producido durante cierto tiempo un exceso de gasto que ha ampliado la demanda agregada (todo tipo de bienes y servicios, incluyendo importaciones) sin correspondencia con la oferta agregada (producción nacional y exportaciones) y dicho desfase provoca el imperativo de un ajuste entre ambas grandes variables económicas vía el alza en los precios, el cual trata de absorber el exceso de dinero (liquidez) existente en la economía. Por ello le llaman política monetarista. Así, los economistas que procesan este ajuste, privilegian la contracción en el mercado monetario (se retira moneda fiduciaria de la circulación, es decir, papel moneda) para ajustarlo en forma correspondiente a las cuentas fiscales, al gasto público total con relación al ingreso público total. Por ello este modelo plantea también la contracción del gasto público, la venta de empresas del Estado (las famosas privatizaciones), el alza de las tasas de interés (que contraen toda la demanda vía crédito) y la devaluación de la moneda frente al exterior para terminar de alinear coordinadamente el mercado monetario, el mercado financiero, con el mercado de bienes y servicios, con la producción nacional y la producción internacional (encareciendo las importaciones en moneda extranjera). El resultado es la caída del Producto Interno Bruto (PIB), el nivel de la producción, de riqueza nacional, para que todo el ajuste económico habido lo reimpulse pero desde una nueva base de partida en lo económico, político, social y de articulación internacional, porque la nueva estabilidad que produce el proceso de ajuste impulsa la reactivación de las inversiones para el crecimiento. Los diversos costos son elevadísimos. Fueron el tipo de planes impuestos por el FMI y el Banco Mundial.
  2. Las políticas antinflacionarias heterodoxas llamadas igual “estructuralistas”: el diagnóstico fundamental es que el crecimiento de los precios debe atacarse con un programa que contenga medidas que afecten la demanda (como dicen los monetaristas ortodoxos) y también que impulsen al mismo tiempo la oferta de bienes y servicios, incluyendo exportaciones. Se decía “ajuste de oferta y demanda, de costos y precios”, es decir modificar la estructura de la economía porque llegó a ese problema debido a “las distorsiones o imperfecciones del mercado”, es decir, porque los mercados no funcionan con equilibrios, sino con desequilibrios entre oferta y demanda agregadas, de manera que el aumento de precios, no siempre obedece a cambios en los costos, sino a cambios en las expectativas de ganancias de las empresas y a la necesidad de aumentar el gasto públicos aunque se incurra en déficit en las cuentas públicas. La inflación es entonces un problema que se genera en el mercado real de bienes y servicios, debido a factores de costos, precios, salarios y ganancias, no en el mercado monetario. Para evitar este desfase que lesiona la estabilidad macro económica general, es necesario garantizar la estabilidad de los costos y de los precios simultáneamente (incluyendo el valor externo de la moneda), y del gasto público, “amarrarlos” de distintas formas (les llaman “anclas”, esta puede ser un tipo de cambio bajo o alto frente al USD, un nivel máximo de gasto público o de ganancias sobre la inversión) para generar la estabilidad necesaria que permitan avanzar en el PIB, en la creación de riqueza nacional. Por ello se requiere un “acuerdo nacional” (o como se le pueda llamar en el que se incluía a los sindicatos (se abstendría de buscar aumento de sueldos a costa de que no haya aumento de precios), las empresas y el gobierno, todos con su propia tarea.
  3. Luego surgieron especies de planes contra la inflación “mixtos” que contenían, tanto medidas “del estructuralismo heterodoxo”, como del monetarismo ortodoxo, en donde se contraía un tanto la demanda para el exceso de liquidez (de dinero) en los mercados no presionara la estructura de precios ni el valor de la moneda, y medidas que impulsaran la productividad en la empresas que redundaran en una mayor producción mayor oferta de bienes y servicios, sin retener los niveles de salarios, sino ajustándolos al crecimiento de la productividad, pero traduciendo es productividad en mejores remuneraciones al salario. Un defecto es que cuando la economía informal es ya una parte muy importante de la economía cotidiana, toda esa gente está fuera de cualquier plan o medida.

Una economía como la de México tan estrechamente vinculada a la de EUA, acusa el impacto de un cambio en los precios de su principal socio comercial, que es lo que ha sucedido hoy, pero también, una economía como la mexicana muy abierta en su sector externo, es igualmente impactada por lo que sucede en los mercados de bienes y servicios al nivel mundial, como el encarecimiento del precio de materias primas y alimentos porque se ha desajustado las cadenas de producción, comercio y distribución (le llaman “cadenas de suministro”), y los términos y niveles de los precios cambian para los consumidores.

Pero además, la economía mexicana acusa también el efecto multiplicador de la grave caída en la producción y comercio de muy diferentes sectores de la economía nacional, y de muchos cierres de empresas, durante dos años brutales de Pandemia Global que desplomaron el PIB hasta -8% en 2020 y subida de sólo 5.2% en 2021, que NO logró compensar la pérdida de 2020. Todo ello está hoy en conjunción en la inflación que hoy inquieta tanto, y a la que necesita buscarse solución porque la inflación (7.3%) con estancamiento económico o con bajo nivel de crecimiento (2.3 % este año) es el peor escenario posible, y se está posicionando en México. Debe detenerse. El bienestar sin crecimiento real de empleo y los ingresos es débil, puede ser pasajero, si sólo está anclado al gasto público social. Afortunadamente ya se está considerando así.