Presento a continuación dos cuentos contrastantes de mi autoría. Dos ejercicios generados en el taller de Cuento del Diplomado en Creación Literaria del Centro Xavier Villaurrutia, del INBAL, a cargo del escritor y profesor Carlos Martín Briceño. 1. “La gallina y el huevo”. 2. “El acagual”. El primero, una ficción breve de la que tenía una versión previa sin publicarse; el segundo, es producto total del taller.

La gallina y el huevo

Discutían el huevo y la gallina sobre su cuestión filosófica esencial: ¿quién de ambos había sido primero? Uno argumentaba en su favor que, sin él, ella no habría nacido. La otra respondía indignada que sin ella él no existiría. Así pasaron mucho tiempo bizantino en el gallinero.

Mientras tanto, en la cocina, decidían una mujer y un hombre el menú del día siguiente. Como siempre, la mujer se impuso y quedó la suerte echada: “Para el desayuno se me antoja huevo. Y por la tarde, un caldo de gallina”. Y fue así que, al menos en ese hogar, fue primero el huevo y luego la gallina.

H. Palacio; 11-05-22

El acagual

Cuando Pantaleón salió del acagual, se encaminó al grupo de jornaleros que encabezaba. No clareaba aún. Era el cabecilla, su guía. Saludó a todos con parquedad al tiempo que escupía un grueso esputo de la mascada de tabaco.

Miró al firmamento, tasajeó el aire con su machete y dijo,

_ Las seis, vamos, a darle.

_ ¡Vamos!; respondieron todos, siguiéndole.

Le bastaba escudriñar al infinito para saber la hora. Continuaron la desmontada de la montaña donde había quedado el día anterior. Todos alegres, menos Román, el último de los 20 hombres en incorporarse a la tarea de machetear a diestra y siniestra árboles y maleza. Tenían que desmontar 20 hectáreas. Luego tendrían que sembrar y recolectar el maíz para la hacienda del patrón.

Román había sido el líder en años anteriores. Hombre maduro. Enceló cuando el patrón lo sustituyó por Pantaleón, que tenía un vigor endemoniado y no llegaba a los 20, mas todos lo respetaban ya. Avanzaba sin descanso, tronchaba la naturaleza con derecha e izquierda; se cansaba un brazo, alternaba el otro. Sólo hacían tres paradas entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde para beber pozol. Única forma de vencer esa intrincada selva del sureste mexicano, obstáculo para la siembra y el ganado. Era el uso de los patrones. Arrasaban la selva, la quemaban, sembraban maíz, arroz y frijol; después yuca. Luego zacate y metían las vacas. Así se extendía el progreso.

Román provocaba a Pantaleón tratando de rebasarlo a tajos diestros aunque no fuera ya el líder asignado. Quería demostrar que era mejor, que había sido injusto relegarlo a segundón. Pero no podía, se esforzaba y no lograba adelantar, se quedaba atrás. Hacía trampas, gruñía para que oyeran.

_ Ese jijo, tal por cual, ya va a ver. Callaban todos y seguían trabajando.

Ese día había madrugado antes que Pantaleón, esperando a que apareciera del acagual que atravesaba al venir de su choza. Quiso enemistarlo con los compañeros, no contestó el saludo, se atrasó en su línea de acción, saltó a otras líneas. Pantaleón observaba y callaba; ya llegaría el sábado, cuando se hacía la paga.

Esos intentos no bastaron para alterar al guía. Hasta que en un aparente descuido, al cortar una rama, Román soltó el machete que voló por el aire y cayó al pie del cabecilla. Se escuchó un rumor. Pantaleón se detuvo, desenterró el hierro, caminó hacia su dueño, lo miró de frente a los ojos con serenidad firme y se lo entregó.

_ Vamos, a darle; a las 6 nos vemos, pariente. Un frío recorrió a Román. El trabajo continuó, hicieron las pausas para beber y dieron las 6. En vez de guardar los machetes, Pantaleón y Román afilaron de nuevo.

Caminaron al llano frente al acagual. Se pararon cara a cara sosteniendo el arma en su mejor mano. Los otros rodearon la escena.

Dieron vueltas en círculo, amagaron avances, chocaron un par de veces los filos. El atardecer no hacía sino acentuar el drama. Como relámpago, Román se arrojó con vigor, levantó el machete y lo descargó sobre el contrincante. Ágil, Pantaleón se movió y lo esquivó, y en el salto pegó un giro, levantó y azotó su machete contra el bulto. El borbotón de sangre fue inmediato; le había atravesado la clavícula.

Limpió el hierro en tierra; lo metió en su funda. Miró el sol, “6 y media”, pensó. Escupió el tabaco, dio la espalda a los hombres y se metió al acagual. Los jornaleros corrieron donde el herido sangraba y gritaba ayes; tratarían de salvarlo. Lo levantaron y se fueron.

La siguiente madrugada, los trabajadores esperaban ver aparecer a Pantaleón. Y salió. Saludó a todos. Miró al cielo, blandió el machete, escupió el tabaco.

_ Las seis, dijo, vamos, a darle.

_ ¡Vamos!, gritaron todos siguiéndole.

H. Palacio; 04-04-22

Héctor Palacio en Twitter: @NietzscheAristo