Los recientes disturbios en Francia han enviado una onda de choque en el mundo. Desde los años de los chalecos amarillos (les gilets jaunes) no se habían visto sucesos de violencia de esta magnitud. Sin embargo, las protestas de los últimos días no tienen precedente en términos de rabia, encono social y perturbación del orden público.

Todo empezó con la legítima protesta de miles de estudiantes que exigían un aumento de la inversión pública en educación. Lo hicieron a la francesa, es decir, con vehemencia, fuerza y convicción, pero dentro de los estándares legales, sin la necesidad de irrumpir en comercios y sin enfrentamientos directos con las fuerzas del orden, y mucho menos, asaltando transeúntes y golpeando propietarios de negocios.

A estos grupos de estudiantes se sumaron miembros de sindicatos. Y acto seguido, las protestas ganaron potencia, pero no derivado de un engrosamiento del número de sindicalistas sino de delincuentes encapuchados que, lejos de reivindicar los derechos de los ciudadanos afectados por las omisiones del Estado francés, forman parte de bloques de choque ligados a la izquierda radical, y a reserva de contar más información dentro de los días que vienen, tal vez al fundamentalismo islamico.

El presidente Emmanuel Macron y los líderes de los partidos políticos de centro derecha y extrema derecha en Francia han acusado abiertamente a Jean-Luc Mélenchon, líder de la France Insoumise, partido de la extrema izquierda, de estar detrás del financiamiento de los grupos y de atizar el odio en sus discursos. No se equivocan. El político francés, en una entrevista concedida a la cadena LCI, responsabilizó al gobierno francés de los disturbios, evitando repudiar a los sujetos que perpetraron la destrucción de sitios públicos en ciudades como París, Lyon, Burdeos y Limoges.

En este contexto de inestabilidad política, y a escasos seis meses de la primera vuelta de la elección presidencial en Francia, Marine Le Pen y su eventual primer ministro, Jordan Bardella, tienen la enorme oportunidad de posicionarse claramente como favoritos. Por un lado, buscan presentarse como los únicos competentes para recuperar el orden público, perdido entre las manos de Macron, Sebastien Lecornu y Laurent Nuñez, pero a la vez, consolidarse como las figuras capaces de hacer frente al vilipendiado Mélenchon y a sus presuntos vínculos con los grupos llamados “islamo izquierdistas” que protagonizaron los saqueos.

Francia se ha distinguido en la historia por ser una nación con un fuerte sentimiento revolucionario. Algunos evocaban ayer en canales de televisión con fines comparativos el espíritu de las revueltas de los años de 1789 y 1848. Son despropósitos. A diferencia de otros momentos, los hechos de la semana pasada no fueron el resultado de una reivindicación del “espíritu francés” sino actos dirigidos a destruir el orden social de la Quinta República Francesa.