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20 años de mujeres muertas: Sergio González Rodríguez en entrevista con Diego Osorno

Sergio González RodríguezEspecial

"En 1995 empecé a ver lo que sucedía a distancia, y ya para la primavera de 1996 el fenómeno era más claro", recuerda el veterano periodista.

Edimburgo, Escocia.- Cuando se fue a la frontera en 1996 a investigar si era verdad que en Ciudad Juárez estaban matando mujeres a mansalva, Sergio González Rodríguez no sabía que el hallazgo de dicho horror le iba a cambiar la vida. Sus reportajes para el periódico Reforma comenzaron a destapar una situación que más tarde indignaría al resto del mundo y que él abordaría con detalle en un libro con un título elocuente y premonitorio: Huesos en el desierto.

Durante estos veinte años posteriores, González Rodríguez continuó con su faceta de crítico literario y de analista incesante, además de ser autor de ensayos clave de la realidad geopolítica como Campo de guerra. Pero sus aventuras y desventuras detectivescas como periodista lo volvieron célebre e inspiraron al fallecido escritor Roberto Bolaño a crear un personaje con su nombre en 2666, una de las novelas que mejor transmite la violencia moderna en México.  

Esta entrevista con el escritor y periodista transcurre en un viaje en tren de Edimburgo, Escocia hacia Londres, Inglaterra, durante una gira de presentaciones del libro The sorrows of México, antología de cronistas publicada en Gran Bretaña y otros países por el legendario editor Christopher Maclehose. González Rodríguez tiene 66 años de edad, y si bien ha recibido muchos premios a nivel internacional, en México ha sufrido consecuencias trágicas por sus investigaciones. Una secuela evidente es que necesita un dispositivo especial para escuchar en un oído. En algún momento de la charla, el escritor calla, baja su cabeza y me muestra otra cicatriz que dejó en su cráneo la tortura recibida mientras investigaba los crímenes de mujeres en el norte mexicano.

- Yo entro a investigar lo de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez en 1995; empiezo a leer que hay un fenómeno extraño. Yo digo: “hay que investigar porque, si es cierto que hay un asesino en serie, pues, hay que ver. O si es una invención”. Recuerdo que en esos años estaba de moda El silencio de los inocentes, de Jonathan Demme.

20 años de mujeres muertas: Sergio González Rodríguez en entrevista con Diego Osorno

- ¿Quién te dio el pitazo? ¿Quién fue tu fuente inicial?

- Fíjate que yo… fue una curiosidad andar rastréandolo en la prensa. La nota llegaba por agencia o por corresponsales: “Asesinaron a una mujer en Cd. Juárez y echaron el cuerpo”. Como que había cosas extrañas, pero no era claro el escenario. Ya luego un día le digo a Raymundo Rivapalacio, que en ese entonces era director de un área de investigaciones especiales en Reforma, “voy a ir a Chihuahua, capital, porque me invitaron a un encuentro de literatura, pero estoy viendo si me lanzo. Yo voy a pagar mi viaje a Ciudad Juárez, ¿te interesaría una nota sobre este asunto?”. Y me dice “órale, pues, vas”. Cuando llego, el escenario era verdaderamente desconcertante. Fue cuando decidí investigar, porque era la primera vez que hacía un reportaje de esa naturaleza y era, pues, la frontera, en la época más dura de la migración de mujeres de todos lados del país.

- Y el reinado de Amado Carrillo...

Ándale. En 1995 empecé a ver lo que sucedía a distancia, y ya para la primavera de 1996 el fenómeno era más claro. Entonces todavía estaba fuerte el cártel de Juárez. Y en efecto, acababan de asesinar a Rafael Aguilar, el primer jefe del cártel de Juárez. Se notaba la tensión de esta fuerza dura.

-¿Cuándo publicaste el primer artículo?

- 96. El libro fue posterior a una serie de artículos y reportajes. Tardó mucho. La idea del libro fue como tres o cuatro años después.

- ¿Te acuerdas del título del artículo?

- No. Más que nada eran de esos encabezados que ponen en la redacción: “¡Matan mujeres en Cd. Juárez!”. Algo así. Luego, años después, como en 1999 dije “hay que hacer un libro”. Era tan complejo el escenario que la nota no te daba para sacar todo el conocimiento y cada vez era más embrollado todo. La autoridad decía mentiras y tenías que ir a ver qué estaba pasando, porque los funcionarios se hacían locos. Era en la gubernatura de Francisco Barrio, que quería llegar a la Ciudad de México y de ahí a la presidencia. Tenía esas fantasías. Se llevó a su equipo integral a la Ciudad de México y le estaban haciendo un trabajo de comunicación social muy fuerte. Es ahí cuando comenzó el problema también porque con las ambiciones de cambio que se esperaba en el PAN, el llegar a la presidencia, en la última parte de la década de los 90 ya empezaba a darse esta cosa que no le gustaba ni les gusta a los funcionarios: la crítica. A los funcionarios del PRI tampoco, pero en este caso, los de PAN estaban muy molestos. Al gobernador Barrio no le gustaban esas notas, al Procurador Chávez tampoco, ni a Francisco Molina Ruiz, comisionado contra las drogas.

- Y el Procurador General era Antonio Lozano Gracia, panista también.

- Claro. Entonces, yo criticaba en las notas y fue bastante complicado. Llegó el momento en que de plano dije: “mejor hago un libro”. El libro salió en 2002. 

- ¿Cómo se entera Roberto Bolaño de tu trabajo?

- Y yo creo que él tuvo acceso al borrador por medio de nuestro editor común en Anagrama, Jorge Herralde, pero él seguía las investigaciones por internet. Incluso quería que le transcribiera yo actas forenses. “A ver, ¿cómo encuentran un cuerpo?”. Y yo le transcribía. Había logrado conseguir una parte de un expediente. Sobre todo cuando yo voy y entrevisto a Sharif, el egipcio que quisieron responsabilizar de la mayorías de las muertes. Esa entrevista se logró simplemente porque llego yo al penal, no conocía a nadie, y en ese momento hubo una conferencia de prensa. Acababan de detener a Sharif y lo acusaban de no sé cuántas cosas. Yo lo saludé y todo. El tipo hablaba mal inglés. No hablaba nada español; no entendía nada. Y había una cosa ahí como que estaban acusando a una persona inocente. Al tipo lo veía como atarantado, sin dar crédito.

Ya meses después volví y pude entrevistarlo personalmente, no en conferencia de prensa, a través de la abogada, Irene Blanco. Más que abogada era su defensora particular. La ley en ese momento permitía en el estado de Chihuahua que tuvieras un defensor particular que es coadyuvante del defensor de oficio o abogado. A través de ella empecé a investigar y yo tenía parte del expediente y por eso podía transcribirle cosas a Bolaño. La autoridad no soltaba pero nada de nada. No les gustaba que te metieras. “Para empezar tú vienes de la Cd. de México”, te decían. Eran muy tajantes.

- Sobre todo si habían fabricado culpables...

- Yo comencé a cuestionar mucho porque era obvio que estaban inventado cosas. De hecho, tenían el testimonio de una niña de 14 años que cuando me ve a mí me dice: “¿usted es reportero de la Ciudad de México? Queremos hablarle de algo”. Me dijo la mamá también: “a ver, cuéntale”. Y la niña comienza a contar. Dice que este comandante agarró a la muchacha, niña, y la aventó contra la pared agarrándola de los cabellos diciéndole “tú vas a declarar tal y cual cosa”, para incriminarlo a él. Y yo dije “no, pues, aquí está grave”. Y yo contaba eso. Empecé a sacar reportajes de tres o cuatro notas. Publicaban 100 pliegos. Hasta que llegó el momento de que sólo era posible en libro. Además era muy complejo: la historia regional, la migración, la violencia contra mujeres, las maquiladoras. De ahí salió el libro. Luego Roberto Bolaño me incluyó como personaje en su novela. Me tardé nueve meses en leer esa parte de los crímenes donde yo aparezco. Avanzaba y luego la dejaba. Una cosa brutal, brutal porque vas reconstruyendo y tienes un pie en la realidad y en otra te ves como personaje.

"Cuando leí el libro no me hizo gracia"

- ¿Cómo era la comunicación con Bolaño durante ese tiempo?

- Era muy difícil la comunicación porque el correo estaba intervenido… cosas muy feas. Y Bolaño se exasperaba a veces y le reclamaba a Juan Villoro: “¡¿por qué no me contesta Sergio?!”. Juan le explicaba “no, mira, pues, Sergio debe tener dificultades”.

Finalmente, Bolaño y yo nos conocimos en 2002 porque mi libro se publica en Anagrama ese año, en octubre. Y dije: “voy a ver a Bolaño”. Él vivía en Blanes, una población cercana a Barcelona. Y ahí lo conocí. Y estando en su casa me dice “mira, te tengo que contar que tú apareces en mi novela”. “¿Cómo?”, le digo. “Sí. Hay un periodista en la Ciudad de México que investiga los crímenes, pero apareces con tu nombre”. Y le digo “estás loco. ¿Cómo se te ocurre?”. “Va a estar padrísima”, me decía y se reía. Era muy chistoso Bolaño. Finalmente una persona carismática y muy inteligente Bolaño. Una persona maravillosa.

Estuvimos esa vez en su casa, un par de días después fuimos a cenar: perfecto. Seis meses después se iba a morir y yo no sabía. Escalofriante, ¿no? Cuando leí el libro no me hizo gracia. Era muy, muy, dramático. La que se llama “La parte de los crímenes”. Un largo capítulo donde Bolaño, como proyecto, reproduce sistemáticamente cada uno de los asesinatos ocuridos en Ciudad Juárez durante un año.

- Cuando estuviste en Blanes con él, ¿de qué hablaron además de crímenes?

- Él hablaba más bien de la novela en general. Él conocía mi libro, pero tenía un proyecto mucho más amplio. En ese momento no me quiso describir para no dar a conocer información antes. Pero le pregunté “¿de qué trata la novela?”. “Bueno, está lo de los asesinatos de mujeres, pero mi novela se llama Santa Teresa de Ciudad Juárez”. Así le puso. Y en Sonora, no en Ciudad Juárez. “Pero tiene muchas cosas”. Y yo le decía que me dijera como cuáles. “No la vas a leer”, me decía. Bromeaba y me decía “ya luego lo vas a ver”, pero no me detalló la novela. Más bien él dejaba entrever que era un proyecto más vasto. Originalmente 2666 eran cinco novelas. Cuando muere, Herralde toma una decisión y dice “no, tiene que ser un solo tomo”. Pero Bolaño tenía en mente que fueran por separado.

- Pero por un asunto económico, ¿no?

- No, no sé. Yo creo que más bien Herralde sintió que se leían mejor las cinco novelas integradas. No tanto estar esperando que pasara equis tiempo entre una y otra. A Herralde le daba lo mismo. Incluso es más caro sacar el libro de un tomote que sacar varios. O al menos así parece. Él no le dio la solución por razones económicas, más bien porque pensó que el proyecto así se iba a leer mejor.

Ya después cuando Bolaño muere hay una versión, no sé hasta qué punto es cierto porque falleció Jaume Vallcorba que era muy amigo de Bolaño, y era el director de Acantilado. Alguna vez Jaume me dijo “yo entiendo el proyecto, tal como me lo contó Roberto alguna vez, como un proyecto muy vasto. Y había en su mente más que 2666”. Porque iba a haber relato de ciencia ficción y no sé cuánta cosa más.

“El índice de asesinatos de mujeres es normal"

- ¿Tú crees que la literatura ha contado mejor que el periodismo lo que sucede en Ciudad Juárez? Esta es una pregunta que no aplica sólo de este caso, sino en general en esta época aciaga...

- Hay una posibilidad en la literatura de reinventar la realidad. Está la realidad y aún más. En el periodismo está sólo la realidad, que es espléndida, pero siempre el plus creativo tiende a ganar en la formulación literaria.

- Es como esta masacre que cuenta Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad, la del banano, la de la United Fruit Company. Él creció oyendo que eran miles, cientos, y cuando está escribiendo la novela dice voy a verificar cuántos eran y se da cuenta que en realidad son 9 las víctimas, pero en la novela tenía que hacer una denuncia mayor.

- ¡Y luego el Congreso de Colombia, en uno de los aniversarios, conmemoró la masacre de los tres mil campesinos! O sea, la literatura se hizo historia. Porque es ahí donde la figura del narrador te cautiva. Está diciendo cosas que son más maravillosas que un registro político o judicial.

- ¿Cuál es tu conclusión ahora que estamos a 20 años de que publicaste tu primera nota de lo que pasó en Ciudad Juárez?

- En ese tiempo yo les decía que en esto se ven todos los elementos de un fenómeno que no estamos registrando. Desde luego que no faltó quien dijera “estás exagerando”. Y es que tú lo notas en cómo las instituciones, las autoridades, se comportan, en la incapacidad de contener el crimen. En el mundo social hay un devastación que no se registra en lo inmediato salvo que te fijes, y nadie quería fijarse. Recordemos que era el cambio de poder, el fin del PRI, etcétera; las malas noticias nadie las quería oír. Siempre les dije “si esto sigue se va a extender por el país”. Y sucedió. Es muy inquietante, muy inquietante. Y, como dices, todos los factores económicos y sociales ya estaban ahí, sólo que se extendió y se hizo peor. Yo creo que cualquier investigador periodístico registra cuando hablas con la gente normal, con las víctimas en este caso, y ves el trato institucional.

Empiezas a ver cosas que normalmente en la vida no ves. Ya ahora nos acostumbramos, entre comillas, a todos estos fenómenos extremos, pero hace 20 años nadie tenía ojo para eso, ni oído. Era muy raro.

- Se veía como mera nota roja...

- Sí. Luego empiezas a ver que no es nota roja sino que hay un problema económico, social, político, algo más complejo que va creciendo. Ahora, por desgracia, se da el efecto contrario. Los fenómenos extremos como los que tú investigas, en sociedades saturadas de información tienden a ser desestimados. Lo que yo llamaba la normalización de la violencia. La famosa frase de Barios Terrazas “El índice de asesinatos de mujeres en Chihuahua es normal”. A ver, espérate, ¿de cuándo acá los asesinatos son normales? Y la propia institución lo está diciendo. No puedes creer que un gobernador lo esté diciendo. Pero así es como la gente lo ve en la política, desde hace veinte años y hasta al día de hoy.

"¿Kiko está vivo?"

- Y esto de Roberto Bolaño de convertir su vida en literatura, me recuerda al personaje de la novela de Enrique Vila-Matas, de El mal de montano, aquel que está enfermo de literatura y todo lo convierte en literatura. ¿Esa sensación daba Bolaño?

- Sí. Roberto estaba todo el tiempo metido en un proyecto literario. Porque no hay que olvidar una cosa: si mal no recuerdo en 1992 a él le detectan un problema muy grave del hígado. Resulta que había bebido como cualquier persona, pero lo que pasó, lo que cuentan, es que vivió muy pobre cuando llegó a España de México. Trabajó de guardia en un campamento, hacía mil cosas. Entonces, en una de esas contrajo Hepatitis B y nunca se curó bien. Y en la anécdota que a mí me cuentan, que no sé qué tan cierta es, Roberto estaba en una fiesta fumando, hablando con un amigo, y se dio cuenta que se había tomado una botella de vodka y no le hacía efecto. Le pareció muy raro. Obviamente no puedes estar tomando poco a poco y que pasen seis u ocho horas y estés como nuevo… le llamó la atención eso. Fue a ver al doctor y le dijo “el problema es que ya no tienes nada entre el alcohol y el hígado”.

- ¿Y se resistió al trasplante de hígado?

- En el 92 dice “no lo voy a hacer. Porque sí lo hago quién sabe si pueda salir vivo”. Un trasplante de hígado era un volado en ese entonces. Él no quería porque sabía el riesgo y decía “capaz y que no vivo”.

- Entonces es que se entrega aún más a la literatura...

- Lo que pasa es que las novelas las construye a partir del 92. Roberto era poeta. Todas las novelas las escribe a partir de ese año. Salvo las que ya tenía escritas y no las había publicado. Pero el grueso de la obra la construye a partir de que le dicen que tiene que meterse a un quirófano. En 11 años hace una obra extraordinaria escribiendo día y noche, como loco. Ya tenía a sus hijos y también dice “no los puedo dejar así”. Y escribe Los detectives salvajes que es un ajuste de cuentas con su pasado mexicano. Eso me gusta mucho, la primera parte, antes de que se vayan a Sonora. Es extraordinario. Imagínate crear cientos de personajes cada uno con su propia voz.

- Y una forma peculiar de mirar México...

- También es un ajuste con los Infrarrealistas, todo eso, ¿no? Roberto esa vez platicando conmigo preguntaba por México. Para Roberto México se había convertido en una geografía espiritual o imaginaria y su idea de México es lo que dejó en sus libros: el México de los años 1970. Decía, por ejemplo, “¿Kiko está vivo?”. “¿Cómo Kiko?”. “Sí, Kiko, el del Chavo del 8”. Y yo le decía “no sé, Roberto, no me preguntes eso. Yo creo que sí”. Pues yo qué me iba a acordar. “¿Y Adolfo Castañón todavía usa barba? Porque se ve fatal. Ya se lo dije”. Ese tipo de comentarios.

Yo le llevé una bolsa de café, del Café La Habana, porque ahí sucede el entorno de la vieja calle de Bucareli. Ahí estaban las redacciones del Excélsior, de El Universal, en los años de 1970. Luego estaría el periódico La Jornada por ahí en los 1980. Y había cantinas como La Mundial, La Reforma, todas esas que ya ni existen, y el Café La Habana. Le compré el café y tenía una fotito ahí y se quedó mirándola como si se metiera ahí en su memoria. Pero yo creo que ya no tomaba café porque no podía. Lo que sí es que fumaba como loco.

- ¿Cuáles son tus libros preferidos de él?

- Me encantan Los detectives salvajes, sobre todo la primera parte, y La universidad desconocida, donde viene una crónica de uno de esos baños de vapor de la ciudad de México que es un obra maestra.

- Es que su poesía es muy prosaica, muy narrativa...

- Exactamente. En realidad de pronto sí son poemas pero de pronto se desdobla en prosa. Es un género mixto, pero bien escrito, con una intensidad y con poemas verdaderamente magistrales como “El Burro”, dedicado a su gran amigo Mario Santiago Papasquiaro, que murió en 1997 si no me equivoco. Él sueña que Mario Santiago llega en una moto a recogerlo y se van al norte. Y la moto estando en el desierto se convierte en un burro. Y el desierto como una tierra… todos esos apuntes sobre lo mexicano se convierte en una literatura extraordinaria, a mi juicio extraordinaria. Admirable en 2666 es “La parte de los crímenes”, aunque a mí no me gusta estar ahí con mi nombre, pero desde luego me encanta el honor que me ha hecho Roberto.