Columnas

¡Viva el surrealismo!

El Grito de Independencia.Cortesía

En el Grito algunos mandatarios le dan su toque personal, introduciendo otros héroes y conceptos

“De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”Salvador Dalí

Nuestra identidad nacional está permeada de un particular surrealismo, destacando en varios rituales: la fiesta de las quinceañeras (incluyendo el vals y el discurso del padrino), las representaciones de Semana Santa (con romanos portando tenis Converse), las recreaciones de la Batalla del 5 de mayo (donde por causas del alcohol algunas veces ganan los franceses) y el Grito de Independencia (que los presidentes modifican según sus ocurrencias).

Se supone que el Grito recuerda la noche que el cura Hidalgo llamó a las armas contra los españoles, tocando la campana de la iglesia para reunir al pueblo; cuando los presidentes de México celebran el Grito del 15 de septiembre (en teoría) es para recordar a los héroes de la Independencia, pero algunos mandatarios le dan su toque personal, introduciendo otros héroes y conceptos.

Carlos Salinas de Gortari agregó a Benito Juárez y a Emiliano Zapata; Luis Echeverría gritó: “¡Vivan los países del Tercer Mundo!”, pero el que se voló la barda fue el Peje, quien acaba de proclamar: “¡Viva el amor al prójimo!”

Ni siquiera el propio cura Hidalgo, cargando el estandarte con la Virgen de Guadalupe, tuvo el valor de incluir el fundamento ético de la doctrina bíblica.

Este bricolaje religioso lo podemos observar en diversas manifestaciones del arte kitsch mexicano, como los souvenirs playeros de Jesucristos crucificados en palmeras de plástico, Vírgenes en llaveros con conchitas, Jesucristos que abren y cierran los ojos cuando se mueve el cuadro, los relojes de pared con la Última Cena, y algo que vi en una pequeña iglesia de Tlaxcala: Todas las imágenes religiosas tenían su ropa confeccionada con telas estampadas con figuras de Walt Disney (Aladdín, la Sirenita, el Rey León, etc.).

Esto último me recordó una conversación que tuve con el actor Pedro Armendáriz Jr., quien aseguraba que faltaba una película seria sobre la psicología del narco, contándome sobre un capo cuyo pequeño hijo había sido asesinado por un enemigo, cuya tumba decoró con esculturas de personajes de Walt Disney.

Meter una máxima religiosa en el Grito de Independencia, de manera involuntaria, crea un ready-made muy mexicano, que saca de contexto una cosa para mezclarla con otra, como algunos Nacimientos que decoran casas durante las festividades navideñas, que no solo revuelven árabes con campesinos mexicanos, sino que tienen borregos más grandes que los humanos, y con frecuencia aparecen figuras insólitas, como algún Chapulín Colorado de plástico o pequeños rines de juguete con luchadores.

Independientemente de que sea pertinente o no deslizar un concepto religioso dentro de un marco histórico-político, lo que no puede negarse es que refleja los auténticos sentimientos surrealistas de la nación, pues nuestra sociedad puede asimilarlo culturalmente, muy distinto a gritar: “¡Viva la posmodernidad!, ¡Viva el community manager! o ¡Viva el coaching de vida!”, conceptos que no cuadran con nuestro absurdo normal.