Algo más que el escritorio de Vasconcelos y Torres Bodet; incapacidad de Nuño y Peña

Aurelio Nuño, sin ningún proyecto, ningún plan educativo que tenga un mínimo asomo al trabajo de sus ilustres antecesores, ha llegado a las históricas oficinas de la SEP a imponer la orden de Peña o de quien

Hacia 1958 se había perdido ya, en muchos sentidos, la tan trillada pero necesaria vocación ?apostólica? de los maestros. ?Ni los programas de 1944 dieron los frutos que supusimos ni los nuevos egresados de las normales querían oír hablar de ?apostolados? o de ?misiones??, escribe Jaime Torres Bodet en La tierra prometida ?el cuarto de los seis volúmenes de sus Memorias (Porrúa, 1961)-, reflexionando sobre el momento en que se une a López Mateos como secretario de educación pública; por segunda vez en el cargo, pues lo había ocupado a partir de 1943 con Ávila Camacho.

Para garantizar la educación básica gratuita y obligatoria y reimpulsar el proceso alfabetizador hubo entonces necesidad de lanzar un proyecto de alcance mayor al de la Campaña Nacional contra el Analfabetismo de su primera etapa como secretario. Se trataría del magistral Plan de Once Años. Mas para ello -pasada la turbulencia sindical de 1956-58 que alcanzaría de refilón su primer año de gestión y parte del segundo como parte de las pugnas internas por democratizar el sindicalismo magisterial- debía liberarse de algunos obstáculos sindicales propiciados por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) que él había unificado como un gran logro durante su primera gestión: ?En 1943 imaginé candorosamente que la firme unidad sindical de los profesores contribuiría a mejorar la federalización ideada por Vasconcelos. Pero en 1958, me daba cuenta de que, desde el punto de vista administrativo, la federalización no era recomendable en los términos concebidos por el autor de El monoteísmo estético. Por otra parte, la unificación sindical no parecía favorecer de manera muy positiva a la calidad del trabajo docente de los maestros?.

Las cosas habían cambiado, pues hacia finales de 1958 se habían acentuado los vicios y privilegios. La táctica sindical más frecuente para mantenerlos no era ya la persuasión sino la amenaza. La sección IX del SNTE -que representaba a los maestros del Distrito Federal y que había abanderado la lucha democratizadora e independentista encabezada por Othón Salazar en el sexenio anterior aunque cometiendo ciertos errores que la debilitaron (como abandonar su posición en el CEN del SNTE)-, protestaba equivocada y sistemáticamente en contra de acciones como la de enviar a las aulas a más de tres mil profesores ?comisionados? en la burocracia. Decisión difícil y sin precedentes pero necesaria para el sector. Sin embargo, por medio de negociaciones, la liberación de los presos de esa sección a la semana de iniciado el sexenio ?incluido Salazar-, levantamiento de actas por incumplimiento laboral y en casos extremos el despido, el Plan concebido caminaría hacia mejores horizontes. *** Se renovaron esfuerzos hacia el concepto vocacional del maestro y así muchos normalistas de la época se invistieron nuevamente del espíritu vasconceliano asumido e impulsado con firmeza por el discípulo. Este le debía mucho a ?El Ulises Mexicano?, en confianza, en orgullo, en fuerza y en honestidad. Pero asimilaba también ?cuánto había de inimitable en su ejemplo ardiente: la visión luminosa, la pasión humana -tan veloz en brillar como en extinguirse-, y ese fervor por la raza cósmica que anunciaba su voz latina a los pueblos latinos de este Hemisferio?.

Jaime Torres Bodet encarna sin duda al último gran heredero de la mejor tradición educativa del país en la presencia y la obra de Gabino Barreda, Justo Sierra y José Vasconcelos. Reconocía en ellos a los educadores pilares, grandes columnas de la nación y no dudó en sentirse identificado con ellos como prolongador de su inestimable labor. Tampoco eludió la extraordinaria responsabilidad que significa estar a la cabeza de la enorme maquinaria -pero con alma, para utilizar su propia idea- encargada de la educación de los mexicanos, de ambicionar la identidad y la comunicación de éstos con una lengua, una historia, una cultura, una sociedad variada y con regionalismos pero en proceso de construir una patria. Visión y ambición infortunadamente abandonada de manera gradual desde el fin de su magna obra.

En su tiempo se hizo uso de la ley para corregir vicios y hacer posible el Plan de Once Años de enorme beneficio para la educación pública del país pues garantizaría la educación elemental gratuita y obligatoria, reimpulsaría el programa de alfabetización iniciado en 1943 y asimismo comprendería, entre otras cosas, uno de las acciones más generosas y positivas para la educación básica: Los libros de texto gratuitos.

Como Vasconcelos, Torres Bodet era un hombre verdaderamente preocupado por la educación nacional que asumió su responsabilidad no meramente como producto del desarrollo lógico de una carrera política de altos vuelos, como resultado de arreglos o negociaciones entre facciones partidistas diferenciadas; o peor y lo más común en la política nacional de hoy cada vez más envilecida en su conformación ética e intelectual: gracias al compadrazgo cómplice que todo solapa y permite, particularmente la ineptitud, la corrupción y la impunidad. No era de esos Torres Bodet. No hay que dudar, a poco más de cuarenta años después de su muerte, sobre la vergüenza que padecería de conocer la peste que envenena y pervierte al sistema político mexicano actual.

Contrario a Torres Bodet que no pretendió una carrera política electoral, en quien no ardía esa pasión (y como hijo de extranjeros de todas maneras le habría sido constitucionalmente imposible pensar en ello; ese arreglito lo dejaron para el ignaro Vicente), José Vasconcelos sí aspiró, primero, a la gubernatura de Oaxaca, después a la presidencia de la república; en ambos casos sería víctima del fraude tan común en México. Pero le precedía ser el gran creador e impulsor de la educación mexicana posrevolucionaria a través de la Universidad Nacional y la creación de la SEP y su propia obra intelectual como miembro destacadísimo de la generación del Ateneo de México.

El lugar común señala que quien es nombrado titular de la secretaría de educación pública hereda o se sienta en el escritorio de José Vasconcelos, creador de la misma en 1921 y acaso, para abundar en lo genérico, agrega otra generalidad, que también lo hereda de Torres Bodet; discípulo-colaborador tanto en la Universidad como en la SEP. Pero se trata de algo más que el escritorio. Es la responsabilidad de la magna tarea pero también debiera de ser el reto de emular las capacidades y virtudes de ambos creadores, el filósofo-político y el poeta-educador.

Mas ello también depende de quienes ostentan y sustentan las posiciones. No siendo una lumbrera intelectual y aunque suspicaz, Álvaro Obregón otorgó todo el apoyo político y presupuestal a Vasconcelos para su soberbia obra. Lo mismo puede decirse en cuanto al apoyo incondicional de parte de Ávila Camacho, quien recurrió a Torres Bodet para tomar el lugar de dos secretarios de educación fallidos en tres años, Véjar Vázquez y Sánchez Pontón, y sobre todo, de López Mateos, cuyo talento le permitió reincorporar para bien de México al autor de Tiempo de arena.

Dejando de lado la carencia de brillo y de generosidad del encargado del ejecutivo actual y la ausencia de obra e ideas del encargado de la SEP, ¿qué gran proyecto, qué gran plan abanderan en beneficio de los mexicanos Enrique Peña Nieto y el sustituto de Chuayfett Chemor?

La Coordinadora Nacional de Maestros (CNTE) significó en 1979 una ruptura y una alternativa a la SNTE cooptada y corrompida por el decadente estado mexicano en poder del PRI. Como todo connacional, los maestros tienen constitucionalmente derecho a la protesta en defensa de sus condiciones laborales en directa conexión con el rendimiento académico en las aulas. Y si bien los vicios y privilegios que hubiere habría que extirparlos como en el pasado, esto no debiera otorgar al gobierno actual el pase a actos de autoritarismo y represión que sólo buscan imponer una supuesta reforma educativa que en realidad no es más que un plan de carácter político y administrativo orientado al control absoluto e impedir la participación del magisterio en un contexto creciente de despotismo, violencia, corrupción e impunidad en contra de los intereses de los maestros y del país en general.

Y Aurelio Nuño, sin ningún proyecto, ningún plan educativo que tenga un mínimo asomo al trabajo de sus ilustres antecesores, ha llegado a las históricas oficinas de la SEP a imponer la orden de Peña o de quien las esté dando para someter la disidencia magisterial. Y ?lo mejor?, el periodismo ?tradicional? ya ha empezado a elogiar desinteresadamente al sucesor de Chuayffet como un tipo duro, un político de carácter, un hombre que con escasos méritos, más allá del abuso del poder, se proyecta como un añadido al grupo de posibles precandidatos del PRI hacia la elección presidencial de 2018. A eso y a poco más se reduce hoy el objetivo de la ?reforma educativa? del régimen aún vigente.

***Aurora Loyo (?1958: La lucha de los maestros?, Nexos, 01-12-78), entre otros, ha explicado el proceso de lucha sindical de 1956-58 que aún tuvo repercusiones hasta mediados de 1960 y que le tocarían ya a Torres Bodet. Dos cosas destacan: A) la lucha de la sección IX del SNTE del Distrito Federal por democratizar el sindicato y aun por independizarse, que fue reconocida al fin por el gobierno de Ruiz Cortines pero que por pugnas internas con los líderes ?charros? del CEN del SNTE y propios errores de la sección agrupados como Movimiento Revolucionario Magisterial (MRM), serían avasallados, primero por el CEN y después, vueltos a la lucha, por el gobierno que encarceló a algunos de los líderes. B) Cuando llegan López Mateos y Torres Bodet, los presos son liberados a los seis días del inicio de gobierno, incluido Othón Salazar. Pero en MRM ya estaba debilitado dentro del propio CEN del cual se habían retirado a pesar de tener el derecho por haber ganado la representación de la sección más grande del país -un error del movimiento- y consecuentemente, se debilitaron frente al gobierno, aunado al hecho de que, como consecuencia de su adhesión a otros grupos, abandonaron el foco de su crítica al CEN para dirigirlo contra el gobierno de López, de quien habían sido aliados, truncándose así una posibilidad de verdadera democracia magisterial que podría haberse extendido como ejemplo y modelo hacia otros movimientos sindicales que perdieron vigor o fueron reprimidos, como el de los ferrocarrileros. Tras participar en la huelga y toma de la Escuela Nacional de Maestros en agosto de 1960, Salazar sería cesado. Othón Salazar Ramírez se convertiría acaso en el principal error del humanista Torres Bodet.

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