Asesinos y suicidas: Destino de los jóvenes desechables

Morir de bala, morir de hambre, ser sus propios verdugos, es el sino funesto de esa horda de jóvenes que son marginados. 

Eduardo Galeano escribe: “De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita. No es rentable, ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia. El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a los niños. Los expulsa, y les teme. Desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro”.

Las estadísticas en México son claras y fulminantes al respecto:

1) La taza de homicidios se ha incrementado, cada vez mueren y matan más jóvenes. http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/repunta-en-mexico-el-asesinato-de-jovenes1

 2) La taza de suicidios ha crecido, se suicidan cada vez más jóvenes. http://www.sdpnoticias.com/local/ciudad-de-mexico/2012/08/19/aumentan-los-suicidios-en-el-df

Ante la realidad de muerte el contrasentido adquiere relevancia, jóvenes que van contra la propia naturaleza: ser enterrados por sus padres.

La cuestión es significativa porque esto a pasado a ser un problema de, eso que técnicamente se le llama, “salud pública”. Estructuralmente se desatiende el problema de la muerte asociada con la juventud.

Morir de bala, morir de hambre, ser sus propios verdugos, es el sino funesto de esa horda de jóvenes que son marginados.

En la sociedad de consumo todo pasa sin pasar nada, ser sin tener que ser, divagar en el sinsentido de la identidad. Ser para tener, ser para estar, pero nunca pensar para ser: “cogito ergo sum” (pienso, entonces existo), refiere Descartes.

Somos donde somos productos de consumo, que consumimos y nos autoconsumimos: trata de personas, migración, homicidios seriales, pornografía, parejas sexuales al por mayor…

Sujetos-objetos de consumo, que vemos en los otros una subjetividad de intercambio, vendiéndonos en las páginas sociales como productos rentables, desde el presuntuoso hasta los que ponen fotos donde se exhiben; la competencia del mercado es dura.

“Yo no veía caer muertos, yo veía caer dinero”, refiere Marcela Turati en su libro “Fuego cruzado”, le decía un sicario.

Muertes y homicidios que se dan bajo la vertiente del dinero, pero también bajo la lógica de ver en el otro un producto, un producto de intercambio, una vida por dinero. Ecuación: vida/muerte= dinero = producto de consumo.

Una vida desechable, que se tira a la basura cuando pierde plusvalía. “Hoy fue él, mañana seré yo”, reglas básicas del mercado de la muerte.

Era cuando valía, cuando deja de valer deja de ser. Alienación pura del sentido del sujeto supeditado a las posturas del capital.

Misma dinámica del suicida. Ser que no logró colocarse en el “mercado de personas”, perdió valor, no se consideran nada, nadie, devaluados frente a una realidad agobiante, optan por autodesecharse; a la bolsa de basura.

Tirar de la cuerda, jalar el gatillo, lanzarse al precipicio, acelerar a fondo, consumir la muerte, es el acto autodestructivo de aquellos que pensaron, y muchas veces vivieron, como si trajeran fecha de caducidad cercana.

Entrampados, sujetados, amarrados, a un sistema político-social laberíntico, donde las salidas son pocas. Aquí quien no tiene no es, no importa la forma de llegar a tener, lo importante es tenerlo.

Jóvenes producto, jóvenes desechables, jóvenes basura.

¿Qué importan sus muertes? Por eso hay muchos.

Para los sistemas de poder, para los sistemas económicos, son vidas desechables, son parte de un proceso de capitalización de la vida, del valor extrínseco adjudicado: unos valen, los otros no.

Subversivos hasta en su último aliento, pulsionales refractarios, morir, matar, matarse, cuando se está en la plenitud de la vida.

A pesar de todo: “Juventud divino tesoro”.

 

Enrique Zúñiga      @Zuva16

 

 

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