Schmelkes no mató al mar muerto

Sylvia Schmelkes
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Mientras leo el artículo “La partida de Sylvia Schmelkes[1] escrito por el doctor en pedagogía crítica Lev M. Velázquez Barriga y publicado en La Jornada, reflexiono acerca del peligro de una sola historia, advertido por Chimamanda Adichie y del poder que subyace en esa única versión de los hechos, que se trata de imponer a pesar de que la realidad demuestre lo contrario.  

Y es que no todos, pero la gran mayoría de los detractores de Schmelkes se asumen como promotores de la formación de ciudadanos críticos y reflexivos al tiempo que buscan el aplauso de seguidores que adolecen de estas cualidades, pues su discurso no resiste el examen del triple filtro de Sócrates: Verdad, utilidad y bondad.

Verdad

El autor sostiene que Para los profesores que quizás nunca se pensaron involucrados en ninguna actitud de oposición a la reforma, la presidenta se va, dejando en ellos el descrédito y la decepción de quien fue parte de su formación inicial y de su preparación continua”.

A menos que el autor lea la mente o sea discípulo de Kalimán, esta afirmación es una mentira disfrazada de verdad a medias, porque si bien es cierto que los docentes que vimos en la evaluación un medio lícito para el ingreso, promoción y permanencia al servicio educativo tenemos mucho que decir al respecto, también se debe ser capaz de reconocer que no es atribución directa de la actual presidenta del INEE resolver todas las inconsistencias que presenta la implementación de la reforma política en materia educativa. Es ilógico.

Es como si al profesor frente a grupo, que cumple con el trabajo que por ley debe desempeñar en su salón de clases, se le piden cuentas -al mismo tiempo- de la labor del director del plantel.

Para empezar, estamos hablando de radios de acción y competencias diferentes, porque mientras la función del primero se circunscribe a la intervención pedagógica, el segundo realiza tareas de gestión escolar.

Si además consideramos que el hipotético director de la escuela posee ambiciones político-sindicales que lo obligan a abandonar la escuela para dedicarse a hacer proselitismo para obtener una supervisión, una secretaría general o una curul, entonces es aún más injusta la carga que subyace sobre los hombros de los docentes a su cargo.

Por mucho compañerismo que exista en el colectivo escolar, es innegable que el director estaría confundiendo la solidaridad con la complicidad, al obligar tácitamente a los profesores a dar la cara por un trabajo que sólo él debe desempeñar y que al desatender, entorpece la de todos los demás actores educativos.

Entonces ¿por qué debería responder el profesor frente a grupo por el deficiente desempeño del director de la escuela? Bastante responsabilidad tiene en sus manos para encima cargar con dislates que no son de su competencia. Eso sí, el trabajo colaborativo es indispensable para entregar buenos resultados, pero sus radios de acción están bien delimitados.

Si como afirma Schmelkes en su texto Hacia una mejor calidad de nuestras escuelas “el gran salto hacia delante en la calidad de la educación básica sólo podrá venir de las propias escuelas”, este tipo de reflexiones basadas en la autocrítica, son indispensables para comprender el trabajo de quienes dirigen los destinos en materia educativa en México. No es casual que en cada escuela se puedan observar las formas de gobierno, trabajo y organización que tanto se critican a nivel macro. “Méxicos chiquitos”, les dicen.

Por eso, cuando el autor se atreve a afirmar que “(…)de cara a su retiro, Silvia Schmelkes no puede ignorar que su investidura quedó manchada con la sangre de los muertos que fueron víctimas de la evaluación policiaca y militarizada. No puede dejar de lado que, con su complicidad, fueron despedidos más de 600 maestros que se negaron a evaluarse en legítima defensa de su derecho a trabajar dignamente y a no arriesgar el sostén de sus familias”, vuelve a hacer uso de sus envidiables poderes extra sensoriales, pues olvida convenientemente el rol protagónico que los gobernadores, algunos líderes gremiales y funcionarios locales y federales jugaron en la implementación de la reforma política.

Por eso, caben aquí algunas preguntas que dirijo a un tipo de lector distinto de aquel que da por hecho –sin más filtro que los dichos del X-Men antes mencionado-, las infames acusaciones a la actual presidenta del INEE.

1.- ¿Por qué el autor soslaya que en el despido de los docentes estuvieron involucrados vivales y líderes de la CNTE que engañaron a los maestros que de buena fe acudieron a ellos en busca de orientación, para luego transar con aquellos que supuestamente decían combatir para obtener prebendas personales y de grupo?

2.- ¿Por qué el autor pasa por alto que el INEE aclaró en tiempo y forma que la única posibilidad de perder el empleo era no presentarse a la evaluación, que por cierto nunca consistió en un solo examen, como al principio difundió un sector de la auto denominada disidencia magisterial, sino en 4 etapas, de las cuales se podían presentar 3 –informe de responsabilidades profesionales, expediente de evidencias y planeación argumentada- para obtener el resultado “suficiente” y seguir laborando normalmente?

3.- ¿Por qué el autor omite mencionar que los cinco consejeros del INEE expresaron su solidaridad con las víctimas del enfrentamiento entre maestros y policías federales ocurrido en Nochixtlán, Oaxaca[2], rechazando la violencia, exigiendo que se investigaran los hechos y haciendo un llamado al diálogo, a la cordura y a la razón?

Utilidad

Desde el mullido asiento de la oposición manifestada a través de la eterna inconformidad, patear al pesebre institucional es el deporte preferido de quienes no quieren –o no pueden- ver que la escuela y el docente –concebidos de manera tradicional-, están amenazados porque en lugar de ser un vehículo de movilidad social[3],  tienden a reproducir la desigualdad que obliga a emigrar, en el mejor de los casos, a quienes apuestan por ella o a tomar decisiones equivocadas para conseguir algún tipo de progreso en la vida.

Para Freire, es indispensable saber leer la realidad para poder transformarla, de ahí que la pedagogía crítica dependa de la mirada del docente frente a los hechos, concibiéndose en parte activa de la solución al reflexionar desde la praxis su propio papel frente a la complejidad de los problemas que busca solucionar.

Desde esa perspectiva, ser alfabetizado es más que saber leer y escribir y ciertamente mucho más que la obtención de títulos de grado que certificarían la credencialización de la ignorancia , aunque para el público que algunos doctos buscan conquistar, un papelito apantalle más que un argumento irrefutable, una prueba sólida o evidencias concretas.

Bondad

Podemos estar o no de acuerdo en algunos criterios que ha formulado el INEE, con el desempeño de Schmelkes al frente del instituto y con la misma reforma política en el campo educativo, ese no es el punto. Al contrario.

Schmelkes tiene todavía una enorme tarea al frente del INEE –que empieza por defender su autonomía-, pero no es ni de lejos corresponsable de los dislates que cometen funcionarios inexpertos que bailan al ritmo de los tiempos electorales o de sofistas de la academia que pugnan por convertirse en el Kepler que el gremio magisterial necesita. No es por ahí.

Mucho hay que trabajar en materia de evaluación, pero es innegable que la mejora de la calidad educativa en nuestro país exige que cada uno de los actores involucrados cumpla con la responsabilidad que le compete en el complejo escenario político en el que se han venido implementando las denominadas reformas del sexenio.

¿Usted qué opina, estimado lector?

[1] http://www.jornada.unam.mx/2017/04/22/opinion/014a2pol

[2] http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2016/06/20/inee-exige-investigar-hechos-en-oaxaca

[3] https://www.jornada.unam.mx/2017/03/31/economia/036n1soc

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