Nosotros, los “anaturales” (reflexiones sobre la “naturaleza”, la “familia” y la “homosexualidad”)

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La Iglesia Católica, coligada con diversas interpretaciones cristianas, se lanzaron recientemente a una cruzada por lo que ellos denominan “familia”, para así frenar la iniciativa presidencial en torno al “matrimonio entre personas del mismo sexo”, destapando una cloaca de prejuicios que ha encarado la parte más retrógrada de la sociedad mexicana. Son retrógradas porque no son razonamientos, sino prejuicios que la denominada “opinión pública” identificada con ese credo ha manifestado, aunque atrincherándose (de manera acomodaticia, hipócrita y facciosa) en un eufemismo que ellos denominan “defensa de la familia”. Revisemos aquí la validez de sus “principios”,  y hasta que lugar son capaces de soportar un sano examen escéptico.

Dudo que a los ciudadanos de un país mayoritariamente católico, les haya sorprendido el posicionamiento del clero. Su noción de “familia” procede, en buena medida, del sustrato “tomista” con que ha nutrido un pensamiento tan portentoso como anacrónico en su milenaria tradición: un padre, una madre, los hijos… (parece algo simple y obvio). La unión carnal del padre con la madre, simplemente tiene el objetivo de nutrir la grey con más ovejas que a su vez harán lo mismo por los siglos de los siglos. Aristóteles (la más importante referencia intelectual de Tomás de Aquino), considera que todo lo que siga el “proyecto” de la naturaleza es en sí mismo “bueno”, y lo que atente contra ella es “malo”. Por naturaleza el hombre es una criatura que debe “desplegar” las “potencias” que trae consigo: una semilla que debe atravesar su proceso ontológico hasta “finalizar” y concluirse en un árbol que dará frutos y mantendrá así  el kosmos (planeado así por Dios, según Tomás). Los roles de cada género se encuentran perfectamente estipulados por la naturaleza: el hombre trabaja y, en el mejor de los casos, puede realizarse en un zoon politikón (“animal político”, estatus que solamente el ciudadano tiene, el mundo ateniense no considera ciudadanos a todos los hombres, solamente a los exentos del vulgar trabajo manual, que a su vez son hijos de ciudadanos), y las mujeres deben dedicar su existencia al cuidado de las crías arrojadas en el gineceo (lugar de las mujeres y completamente ajeno a la vida pública).

Los hombres en la calle: trabajando o dedicándose al “ocio creativo”, cultivando el alma en el gimnasio y escuchando los asuntos de la vida pública para formarse una doxa (“opinión”) que se forma en sociedad. Las mujeres, los niños y los esclavos están exentos de la plenitud de los derechos políticos y el hombre carga con el peso de la responsabilidad. Si algo sale mal en el genos (familia) él paga. El genos implica la totalidad del oikos (la casa). El oikos son los esclavos; los hombres liberados que conforman su clientela; los animales; los sirvientes; la mujer y los hijos… una noción de familia que Aristóteles, un aristócrata macedonio afincado en la gran Atenas, tenía bien clara, como claro es su sistema en el que encontramos los roles perfectamente definidos. Violar eso es una “injusticia”, y mantenerlo es “lo justo”. Ya desde nuestro pensador griego viene una condena a las relaciones homosexuales, porque precisamente violan ese orden supremo, ya que el contacto sexual tiene el único objeto de garantizar la reproducción.

Cuando miramos la propia tradición hebraica que también nutre al “doctor angélico”. Nos aparecen concubinas, esposas, muchos hijos y hasta un enamoramiento homosexual del rey David y el hermoso Jonatán en el Libro de Samuel en el Antiguo Testamento (que la exégesis “asexual” considera “platónico”, como el  Cantar de los Cantares, cortando todo vínculo hacia la sexualidad “carnal”), y las referencias a la homosexualidad se condensan en una abierta condena: “No te acuestes con un hombre como si te acostaras con una mujer. Eso es un acto infame” (Levítico 18:22). En pasajes lúgubres del Levítico, los “exégetas asexuales” parecen no interpretar nada y tomarlo literalmente: Sodoma y Gomorra es la versión morbosa del Dios castigador de la sodomía y defensor de la “familia” a la que achacan naturalidad. Allí no existía platonismo, todo era “infamia” y Dios la destruyó… aunque parece haberse olvidado de Grecia y Roma en donde no todos eran Aristóteles o peripatéticos (escuela antigua de la doctrina aristotélica) y la consideración hacia la homosexualidad o es defendida abiertamente por Sócrates y Platón, y es parte fundamental de la Paideia  (formación) aristocrática, bien plantada en la nobleza ateniense o la poderosa Esparta (donde la homosexualidad se encontraba legislada desde las reformas de Licurgo) y es considerada como “fortaleza viril”; una fuerza de combate donde el amante marche con su amado para enfrentar las amenazas, es por eso que en la formación marchaban uno al lado del otro para cuidarse mejor. El famoso “batallón de los 500”, liderado por el valiente rey Leónidas estaba compuesto por amantes, todos hombres, bajo esa tónica de la “homosexualidad guerrera” que frenaría el avance persa en Termópilas. La extraordinaria narración que hace Heródoto en su imponente Historia, o las biografías de Plutarco en sus Vidas Paralelas, dan cuenta de acontecimientos en donde la heroicidad de los personajes, contradicen esa versión popular de satirizar la virilidad de los homosexuales: Alejandro Magno y Julio César, famosos “sodomitas”, son todo menos cobardes, afeminados o acomplejadas entidades que una versión vulgar de la historia quiere presentar.

Al hacer estos recuerdos tanto del pensamiento como de la historia pretendo llegar a una cosa que de inmediato nos lleva a un principio escéptico propio de la epistemología: si Dios ha dictado “algo”, ese algo, al provenir de Dios es “absoluto”. Si hacemos caso a Aristóteles, a la tradición peripatética, a Tomás de Aquino y a la tradición fundada por él en la cristiandad (incluyendo a todas las interpretaciones de raigambre cristiano no católicas), ¿por qué en otras partes del mundo y a lo largo del tiempo no se ha entendido así? Si lo natural abarca la totalidad de la humanidad, ¿por qué encontramos diversas interpretaciones de familias en la historia?: el oikos, no es la “familia” cristiana; las familias de la tradición hebraica más antigua, muestran una cara de familia donde incluyen miembros que la grey cristiana no tiene (por lo menos oficialmente). Si la homosexualidad es tan nefasta y digna de destrucción como nos dice el Antiguo Testamento, y todo se reduce a Sodoma y Gomorra, ¿por qué las sociedades grecolatinas no fueron eliminadas antes incluso de aparecer en el mundo, pues algunas y de muy diversas maneras practicaban la homosexualidad?, si todo eso atenta contra la naturaleza, haciendo caso a Aristóteles, sigamos su razonamiento: al ser lo antinatural “malo” e “injusto” de ello no puede seguirse “nada bueno o justo”, de ser así, ¿por qué grandes héroes que practicaban la homosexualidad hicieron de sus pueblos imperios?, conforman una parte sustancial y no menos importante de la cultura universal… lo injusto no produce justicia, sería una contradicción. Y esas son las contradicciones que al revisar con los ojos del filósofo la historia humana nos encontramos por todas partes, y es que la noción de familia que defiende el clero y otras interpretaciones cristianas (heréticas, para ser cristianamente correctos) son relativas, y lo relativo no tiene carácter universal ni necesidad, como el tomismo arguye por lo menos en su concepción de familia y de homosexualidad. Claro que pueden ocultar la relatividad y apelar a un criterio normativo, un “deber ser”: “si la historia muestra contraejemplos, esos contraejemplos están fuera del  “deber ser”, son equivocaciones…”, pero la respuesta a este principio ad hoc se enfrenta a la propia lógica, no tendría sentido que un hecho injusto produjera consecuencias justas por más maquillaje que se le quiera poner al asunto: todos los homosexuales serían “injustos” y todas las “otras versiones de familia” también… entonces muchos de nuestros héroes, de nuestros grandes artistas, escritores, pensadores, etc., que han pertenecido a otras civilizaciones son “infames”, y todo lo que han producido… también. Es así que nuestra civilización y lo más granado de la cultura que concibió el derecho, el estado, los derechos humanos, etc., somos un montón de infames porque todos asentamos nuestro razonamiento en la anaturalidad más infame.

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