16 de octubre de 2021 | 14:22
Opinión

“Intelectuales orgánicos” vs. charros

Para mí, los “intelectuales” son como las Miss Universo: personas que cobran mucho por no hacer nada.
Epigmenio Ibarra y AMLO
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La "chayo" cultura

Aunque desde hace muchísimas décadas, los gobernantes se han hecho ver en compañía de artistas y académicos con fines propagandísticos (algunos que han aceptado con ingenuidad, otros por interés), fue la mente maestra de Carlos Salinas de Gortari quien los compró oficialmente, tomándose la famosa foto con “intelectuales” en Los Pinos (Elena Poniatowska, Carlos Monsivais, Gabriel García Márquez, Margo Su, Benjamín Wong, Miguel Ángel Granados Chapa, León García Soler y su consentido y vocero: Héctor Aguilar Camín), además de la creación del Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes (que, aunque aparentemente surgió con buenas intenciones, sirvió para destinar una especie de “chayo” cultural).

Esta ocurrencia mata dos pájaros de un tiro: 

1. Asegurarse que la gente “bien pensante” no será crítica con la mano que le da de comer.

2. Pararse el cuello ante la opinión pública, para que crea que un gobernante que se relaciona con seres civilizados, no puede ser tan nefasto (truco que no le funcionó a Pinochet, cuando se reunió con Jorge Luis Borges, y que le valió la pérdida del Premio Nobel al notable escritor argentino).

Los conocidos financiadores de la “Operación Berlín”

Los actuales “intelectuales” cooptados por la derecha, “abajofirmantes” de una inexistente libertad de expresión y que atacan a la 4T cual fieles perros de ataque, en su mayoría recibían dinero de los pasados regímenes (o apenas quieren lambisconear a los acaudalados derechosos, para comprarse su casita en Coyoacán).

Además de los conocidos financiadores de la “Operación Berlín”, tenemos al pseudo historiador Francisco Martín Moreno, al escritor corrupto Héctor Aguilar Camín, al “filósofo ignorante” Sergio Sarmiento, a la “Andrea Legarreta” de la cultura Denise Dresser, a su galán misógino “Brozo”, al “trapecista” José Woldemberg, y algunos comunicadores y artistas devenidos a “intelectuales orgánicos”: Fernanda Familiar, Eugenio Derbez, Jorge Berry, Laura Zapata, Chumel Torres, Lily Téllez, Pepillo Origel, etc. (Gael García y Diego Luna son tan intensos que pueden estar a favor o en contra, dependiendo de la sensibilidad con que amanezcan).

Los otros "intelectuales"

El “Peje”, que también quiere mostrar el músculo cerebral que lo apoya, recientemente mentó a sus “intelectuales”: Elena Poniatowska, Lorenzo Meyer, Enrique Galván, Fabricio Mejía Madrid, Pedro Miguel, Damián Alcázar, Epigmenio Ibarra, los Bichir, el Fisgón, Helguera, Hernández (quien se deslindó del epíteto “intelectual”) y algunos difuntitos: Carlos Monsivais, Fernando del Paso, José María Pérez Gay, Sergio Pitol, Hugo Gutiérrez Vera, Arnaldo Córdova y Luis Javier Garrido, entre otros.

¿Porqué, querido “Peje” tienes qué caer en el culto a la solemnidad?

Me parece terrible aplaudirle a personas que se suponen superiores al vulgo.

Para mí, ningún “intelectual”, de derecha o izquierda, representa nada, por varias razones, comenzando porque soy profundamente anti-intelectual. Ya lo había dicho antes y lo reafirmo: Yo soy punk, nací punk y moriré punk. Yo no acepto que ningún changuito venga a tronarme los dedos y me pida que me levante de mi asiento y le haga reverencias, nomás porque habla con palabras rimbombantes y a las primeras de cambio cite autores de apellidos exóticos. Yo respeto a la gente por sus obras, no por su dizque personalidad apabullante, adicta a los reconocimientos.

Dentro de mi autodidacta formación espiritual, se encuentra el sufismo, que desprecia la erudición (Jesucristo, entre otras cosas, fue crucificado por eso, por señalar a los fariseos de enredar a los feligreses con herméticos conocimientos eclesiásticos, en vez de portarse bien), algo con lo que concuerdo; muchas de mis fuentes religiosas, como la cábala hebrea, el taosimo chino y el budismo hindú, advierten del peligro de creerse mucho cuando logras un elevado desarrollo, y quieres volverte líder, hablar de lo grandioso que eres, y exhibir tus conocimientos (lo cual, aparte, me perece poco elegante). Antes prefiero morir por un piano en la cabeza que presumir mi bagaje cultural. Prefiero mil veces las comedias y películas de monstruos, que las cintas de festivales internacionales (con honrosas excepciones).

“El humor inteligente”

Nada me parece más despreciable que “el humor inteligente” (epíteto que encierra una contradicción, pues el auténtico humor es violento e irracional). Recuerdo hace muchos años, un comercial del periódico “La Jornada”, que rezaba: “Sus caricaturas te hacen pensar”, y yo decía: “No chinguen, preferiría que sus caricaturas me hagan reír”.

Aparte, los “intelectuales” (orgánicos o de los otros) son un cliché con patas: usan lentes de grueso armazón, sweteres de un solo tono, beben café, son melómanos y expertos de todo; les fascina posar con libros, fumando y cargando un estúpido gato.

Entre mis amistades, me apena confesarlo, también hay “intelectuales”. Desde que dejé de beber, a varios ya los frecuento poco (pues son “bohemios”, sinónimo de borrachos), pero me apena más observar que algunos ya repiten como loros las cantaletas contra la izquierda, pues quieren mostrarse rebeldes, anarquistas y librepensadores, aunque en realidad lo que desean es dinero para comprar cocaína, que es cara y adictiva (aparte del Rivotril, que les encanta presumir que consumen); a eso se reducen sus metas y logros culturales.

Como no los puedo cambiar (ni quiero) prefiero burlarme de ellos (los seres más solmenes son el blanco preferido de la comedia) y a ellos les dedico este chiste:

Una persona va a una tienda de animales y pregunta por el precio de un loro bonito, el despachador le dice: “Ese loro es carísimo, cuesta diez mil pesos”, el cliente pregunta por qué es tan caro, y le responden: “Es que además de español, habla inglés, francés, italiano, alemán, latín y arameo”. El cliente pregunta por otro loro, de plumaje menos bello, y el despachador le dice: “Ese loro es más caro, cuesta cincuenta mil, pues además de los idiomas mencionados, tiene maestrías y doctorados en filosofía, literatura, antropología y sociología”. Finalmente, pregunta el precio del loro más feucho de todos, y el dependiente le dice: “¡Para ese ni le va alcanzar! ¡Cuesta cien mil pesos!”, el cliente, intrigado, pregunta qué es lo que sabe, y le responden: “Nada, pero los otros dos loros le llaman maestro”.