Los priistas que son sabios

Eran como las tres de la tarde dos días después de una jornada histórica, el calor era sofocante, el olor era irreconocible, hediondo sin duda; me encontraba harto de los tumultos, más aún, de los conglomerados que se forman en horas pico en el Metro de la Ciudad de México.

Soy sincero, me gusta viajar en la enorme “limusina” naranja como algunos citadinos le llamamos; empero, las circunstancias antes descritas, fueron exacerbadas por ese pasado lunes dos de julio espantoso, desdichado; había ganado el PRI y el amado Enrique Peña Nieto.

En la madrugada de ese mismo día, me dirigía a mi hogar con ánimo de descansar y soñar con algo diferente. No había caminado ni cincuenta metros al salir de mi trabajo, cuándo fui envestido por la asquerosa delincuencia (la primera vez en mi vida). Me robaron y golpearon. Dos horas después, afuera del hospital al que acudí para revisarme y me otorgaran una valoración médica, que después entregaría al Ministerio Público correspondiente; no había dado más de diez pasos cuando un señor delante mío me avisaba que la grúa estaba “enganchando” mi automóvil.

Pensé que esa mala suerte venía con el “paquete tricolor”. Regresando al principio de la historia, en aquel vagón, mi encono hacía los priistas era mayor al de antes de la elecciones, para colmo en aquella tarde bochornosa, una señora mal encarada (a mi percepción) se encontraba a un ápice del cuerpo de este columnista, ataviada con vestimenta priista, una gorra horrorosa, roja, mal hecha, bolsas llenas de propaganda proselitista, percibía el olor que desprendía los calores de su cuerpo. Me preguntaba cómo caminaba entre las personas sin sentirse avergonzada. ¿No sabe la traición tan grande que había apoyado en contra de nuestro país? –me dije-. Estaba a punto de encarar y preguntarle lo que ganaba por ayudar al viejo dinosaurio, cuándo las puertas se abrieron y salió con el río de gente. ¡Qué bueno!, fue lo mejor. 

Creía, como muchos, que los que apoyaron al viejo partido y su candidato de plástico, se dividían en dos: a los que les conviene, y a los estúpidos. Ahora no lo pienso. 

Cuándo el tiempo es benevolente, y nos permite a mí y a mi familia salir de la ciudad a respirar aires límpidos, lo que más nos atrae es ir a provincia, y “pueblear”, recorrer los municipios, los bellos pueblos que nos encontramos en los caminos. Hemos conocido a personas entrañables. Personas cálidas de ánimo impresionante, a pesar, algunas veces, que el cuerpo luce agotado. Personajes dignos de historias preciosas, de documentales reveladores, de reportajes asombrosos. Recuerdo a la gran Cristina Pacheco y me dan ganas de preguntar y plasmar sus conversaciones, sus historias, anécdotas, sus olores, sus matices, sus ojos, su piel y hasta su dulce olor a tierra que emana de su piel. Ahora recuerdo al señor apicultor y su inimaginable labor para este analfabeto de aquellos menesteres. La travesía que tiene que realizar de Guerrero al Golfo de México, para que sus abejas den la deliciosa miel que saborea mi paladar. La rigurosidad al escoger el lugar, dónde esos insectos ponzoñosos, recogerán el polen que genera tan increíble sustancia. La atención que debe de poner para remplazar la abeja reina, si es que muere, para que no se dispersen las miles de obreras.  Y así, tantos cuidados, tantos pasos, tantos conocimientos que se heredan de hombre a hombre, de mujer a mujer, por amor, por necesidad. Nos invita a su hogar, sus hijos han cazado liebre en la montaña para cenar. Al llegar a la entrada de su choza, una de las paredes esta cubierta por una enorme lona blanca, muy conocida por todos: en ella, el candidato mira de frente, con aquella sonrisa de artista de cine, con su mirada convincente, bien peinado, su camisa blanca, “Enrique Peña Nieto Presidente” dicen las letras que acompañan su imagen. Y mi panorama cambió. No había conocido a un priista tan sabio en labores tan honestas. Amigo de la tierra que pisa, compañero de la fauna que nos circunda, poseedor de una vida arcaica llena de sabiduría. Me hizo recordar a nuestros ancestros, aquel pueblo sabio, el que ahora nos representa ante el mundo y nos llena de orgullo; en aquellos tiempos, también fueron víctimas de pérfidos, engañadores, desleales, hambrientos, hombres embaucadores que se provecharon de la humildad e inocencia de un pueblo innocuo. Pero la sumisión tarde o temprano se desvanece, y el pueblo despierta reclamando lo que le pertenece. Por ellos hay que dar la cara. Viven en un mundo de confianza, de amistad. No reconocen la podredumbre a simple vista. No han crecido con desconfianza. Desde infantes conocen la misma vida. Nada es nuevo. Siempre les va igual. Vuelven a existir cada seis años. 

No vuelvo a juzgar sin conocer.

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