La política en tacones. De panzazo

Ir a ver el documental De panzazo resultaba obligado dado que en este espacio me he ocupado del tema educativo recurrentemente. Varias lectoras me han pedido que opine sobre él, compañeras de trabajo del magisterio también lo han hecho y, si tuviera que apurar un comentario sobre el trabajo de Juan Carlos Rulfo y Carlos Loret de Mola, diría que aprueba precisamente de panzazo.

 

En primer término, como fuente de información, el documental ofrece una parte de la realidad. Las cifras de la cobertura y los resultados de las evaluaciones nacionales, pero sobre todo las internacionales como PISA, son las más impactantes, pero se asume que el camino seguido para evaluar es el adecuado, cuando la realidad es que tenemos un sistema de evaluación con muchas fisuras, tanto teóricas como procedimentales.

 

México, para ingresar a las tendencias internacionales que marcan la evaluación como un aspecto fundamental para medir el rendimiento escolar y el aprovechamiento como país, lo adoptó sólo como una medida impostergable para ser políticamente correcto y no para indagar verdaderamente qué tanto beneficio tiene el trabajo en las aulas del sistema educativo. El resultado es que se realizan prácticas de evaluación mal fundamentadas. En el afán de dar buenos resultados y justificar políticamente el trabajo de gestión educativa de un gobierno, se ha optado siniestramente por convertir a los estudiantes en contestadores de exámenes y se les prepara para ese fin. Se ha trastocado completamente el sentido de la evaluación que sería elevar la calidad de la enseñanza y utilizar la evaluación para medir si los esfuerzos por impartir una educación de mayor calidad están dando frutos; hoy, la evaluación es el objetivo fundamental, se prepara a los alumnos para que respondan bien las pruebas y la mayoría de ellas son de opción múltiple. Las preguntas abiertas, ésas que antes nos permitían medir realmente ciertos conocimientos, o bien otro tipo de evaluación que no sean sólo los exámenes escritos, han quedado sepultadas.

 

Las escuelas normales se mencionan una sola vez y ello puede deberse únicamente al desconocimiento de la gran importancia que tienen estas instituciones formadoras de docentes. Las normales, convertidas hace casi treinta años en instituciones de educación superior no han logrado dar el gran salto y muchas se han quedado definitivamente rezagadas. El problema es que con esa carga de rezagos siguen formando maestros y de ahí p’al real en la acumulación de problemas.

 

Como repartidor de culpas, De panzazo también aprueba ídem, porque a lo largo del documental hay una gran insistencia en señalar no la responsabilidad sino la culpa de los maestros y del SNTE, personificado en su lideresa. Como dice mi muy querido y admirado amigo Guillermo Trujillo, a los maestros ahora no sólo les dan periodicazos sino también peliculazos. Nadie podría negar que muchos maestros no hacen todo lo que deberían por intentar transmitir conocimientos de mejor manera a sus alumnos, pero verlo así, es mirar el problema del tamaño de una montaña sólo por una pequeña rendija. Maestros faltistas los hay, también maestros comisionados que no hacen nada, el problema fundamental, sin embargo, es la falta de aprovechamiento de los maestros que sí trabajan y sí están dispuestos a mejorar su práctica docente. Existen concepciones equivocadas sobre la actualización y la capacitación. Se insiste en la necesidad de promover la lectura como instrumento fundamental para acercase al conocimiento pero no se le destinan recursos suficientes ni mecanismos creativos que aseguren el éxito. Se recurre a cursos y formas añejas que mantienen el problema de la capacitación, actualización y habilitación docente sin resolver.

 

Los maestros, como todo trabajador, defienden los derechos que han ganado. Cuando se le dice que su trabajo dependerá de los resultados de una evaluación resulta lógico que opongan resistencia. Lo mismo harían los trabajadores de otras profesiones sobre los que pesan quejas, como los ministerios públicos, los médicos del sector salud o los encargados de impedir la tala de bosques; si alguien propusiera que se les evaluara para saber si continúan o no en su empleo habría una respuesta similar. El problema no es si se requiere o no evaluar a los maestros, sino que hasta la fecha no se ha presentado ni por parte de las autoridades ni por parte de los sindicatos una propuesta que apunte a mejorar el desempeño de los maestros, sólo evaluaciones que tienen un tinte punitivo y un gran riesgo de caer en la corrupción, o bien de ocultar otros problemas, como sucede con el examen de ingreso al servicio docente, que ha permitido señalar con dedo flamígero a los maestros sustentantes, en tanto que ha servido a las autoridades para colocar una cortina de humo al rezago en la creación de plazas suficientes para cubrir todas las necesidades de atención educativa.

 

La responsabilidad de las autoridades queda un tanto a salvo en el documental. Da la impresión que su mayor error es no saber cuántos maestros hay en el país, cuando el yerro más grave es no formular adecuadamente las metas educativas como país y los programas que se utilizarán para lograrlas. Adoptamos alegremente modelos importados para no desentonar en el mundo globalizado, pero hemos dejado de lado un autoexamen crítico. Un cotejo fácil sería confrontar el lenguaje oficial que retoma las tesis de las competencias con lo que los maestros realmente entienden sobre este concepto. Nos volvemos repetidores de términos que no entendemos ni discutimos en el afán de ser “modernos”.

 

Debo concederle al documental el haber montado una buena estrategia publicitaria, pues durante varios meses se preparó al público para ver la película, se logró causar expectativa; el resultado han sido las salas llenas. También ha logrado mover la parte emotiva del público, propiciar la indignación por el estado deplorable de nuestra educación, pero, para no levantar tantas olas, para criticar pero sin exagerar, los productores han dado el remedio y el trapito, pues intentan canalizar la respuesta emotiva con la entrega de tres tarjetas a cada espectador, una es para él mismo, otra que contiene exigencias dirigidas a las autoridades (que se entrega en el mismo cine) y una más para los maestros (en el caso de que el asistente forme parte del sistema educativo). Desde mi punto de vista, nos hemos vuelto tan simplistas como ciudadanos que muchos podrán neutralizar la inquietud que provoca el documental con la entrega de las tarjetitas, sentiremos que “ya hicimos algo” y la educación seguirá igual o peor que como nos la presentan Rulfo y Loret.

 

No descarto la posibilidad de que el documental sirva para hacer ciudadanía. Que algunos padres asuman un papel más activo en la educación de sus hijos y que, ellos y sus hijos, exijan más a las escuelas y a las autoridades. También pueden tener en cuenta en este año electoral las propuestas de cada uno de los candidatos en este rubro y decidir con base en sus necesidades y no en los lemas de campaña. El chiste es no seguir pasando de panzazo. 

 

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