La política en tacones. Las palabras

Derechos de las mujeres
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El reconocimiento de los derechos de las mujeres, que todavía está lejos de concluir, ha cruzado por un camino lleno de obstáculos. Las luchas más difíciles se centraron en lograr modificaciones legales que convirtieran a las mujeres en sujetos de derecho, es decir, reconocerlas como personas. En la actualidad hay quienes ignoran que hubo tiempos en que las mujeres no podían tener propiedades y tampoco derechos sobre los hijos, estaban supeditadas en estos renglones a las decisiones del padre, hermanos o marido. La ley no les reconocía atributos para ello. Eran también los tiempos en que las mujeres no podían tener una opinión política o un punto de vista sobre lo que acontecía en la sociedad, por eso no tenían derecho a votar.

Con la lucha por el derecho al voto se produjeron también reclamos para obtener otros derechos, como el de la patria potestad o el derecho a la propiedad. También fue necesario reclamar el derecho a la educación. Vino después el derecho a vivir sin violencia. El derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, hoy, sí, en el mundo globalizado del siglo XXI, todavía no es una realidad. No es y no ha sido fácil, ha resultado más bien, muy dificultoso. Contar con un marco legal tampoco es suficiente ni garantía de nada. Hoy tenemos leyes para vivir, supuestamente, libres de violencia y los feminicidios van en aumento. En México, los códigos penales se han ido armonizando para tipificar delitos como la violencia física, patrimonial, obstétrica, económica, institucional o la laboral, así como en el ámbito educativo. Sin embargo, con más frecuencia de la que sería deseable sabemos de mujeres golpeadas, de esposos o exesposos que utilizan su capacidad económica para lesionar a una mujer u obligarla a comportarse de la manera que ellos desean, de mujeres trabajadoras que sólo por el hecho de ser mujeres reciben menos salario que un hombre.

Hay avances y retrocesos. Los progresos más lentos son los que se dan en la vida cotidiana, en ese ámbito no regulado, no normalizado, que configura la cultura social en torno de los derechos de las mujeres; ese ámbito que escapa a las leyes y se expresa en costumbres, acciones o palabras que desconocen las nuevas reglas, las tendencias mundiales y los derechos adquiridos.

Es ese espacio donde todavía prevalece el “vieja el último”, donde un niño o adolescente insulta u otro diciéndole “nena” o “no llores que pareces vieja”, el del ministerio público que al ver llegar a una mujer golpeada para levantar una denuncia le pregunta “¿y ahora qué le hizo a su marido?”, el de los miles de mujeres que no son libres de usar un método anticonceptivo porque el marido lo prohíbe pues considera que su uso solapará la infidelidad, el de las niñas que no comen carne pues esta se reserva a los varones “porque ellos se van a trabajar”, el mundo que califica a una mujer de libertina si reclama sus derechos, el de la población conservadora que desdeña a una mujer si se dice feminista porque es rara o “feminazi” como se nos dice para descalificar el discurso que defiende la igualdad, el de las madres que aconsejan a sus hijas perdonar los golpes o la infidelidad del marido porque “ellos son hombres y tienen otras necesidades, pero en el fondo quieren y respetan a su esposa”.

El mismo mundo que perpetúa la publicidad presentando a las mujeres como un objeto que se puede adquirir a distintos precios; o el de la madre abnegada que se dedica a las pesadas labores del hogar porque ese es su destino, de modo que lo mejor que le puede suceder es que le regalen una plancha, una lavadora o una licuadora el 10 de mayo para “hacerle más fácil la vida”. Es también el ámbito de los muebles en miniatura, baterías de cocina, diademas y vestidos de princesa, muñecas y carreolas como juguetes adecuados para niñas porque son tiernas y débiles, mientras que a los niños les tocan los camiones y las pistolas porque son rudos. En fin, los distintos mecanismos sociales con los que se mantiene y reproduce la cultura machista y patriarcal.

Como si no fuera suficiente, ahora la iglesia católica no ha regalado un bodrio conceptual llamado “ideología de género” como algo malo y dañino para la sociedad. La perspectiva de género que por largo tiempo han tratado de construir hombres y mujeres que creen firmemente en la igualdad se contamina con una denominación inventada para rechazar los matrimonios igualitarios, en una mezcolanza ideológica que cocina en el mismo caldero los derechos sexuales, los derechos de las mujeres y los derechos ciudadanos como un brebaje venenoso que atenta contra el recato y las buenas costumbres. Se le podría ignorar si no fuera porque esas palabras, nada inocuas, que los curas regalaron a sus huestes para que fuera un grito de guerra se repiten y se convierten en estandarte, independientemente de su falta de contenido. Esas palabras hay que combatirlas, porque, como bien decía Freud, se comienza por ceder en las palabras y se termina por ceder en las cosas.

 

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