Columnas

La maldad de una maestra de primaria

Maestra Saúl López/Cuartoscuro

Desde que la conozco, hace muchos años, la maestra Liliana Segura, chaparrita y pecosa, siempre se ha caracterizado por cometer infinidad de maldades. Es tan estricta con sus alumnos del ejido Valentín Gómez Farías, que en el pasado ciclo escolar los niños brincaron de alegría porque gracias al COVID-19, se suspendieron las clases. Quizá emulaban a Gabriel García Márquez cuando decía: “de niño abandoné mis estudios y entré a la primaria”.

Así, los chamacos abandonaron sus estudios intempestivamente y pudieron librarse de una vez por todas de su maestra regañona, de la maldición de aprender a leer y de los enfados de las tablas de multiplicar, que calan más feo que un chicotazo de xoconostle en las nalgas (para el que no lo sepa, el xoconostle es un nopal).

Y dado que los padres de estas criaturas no tienen Internet ni televisión y viven de lo que les da la milpa, los niños tampoco tendrán clases en este próximo periodo y andarán como chivas desbalagadas por el monte (dichosos ellos).

Sin embargo, la maestra Liliana es tan mala y máquina arteras ocurrencias, que por tal de seguir molestando a sus alumnos, ya decidió subirse a su vieja camioneta destartalada. En la cajuela montará un pizarrón y una mesita y andará de casa en casa, blandiendo el gis, desde que salga el sol hasta que se meta, dando clases a sus alumnos arriba de la troca. Si los niños no pueden ir a la escuela, Liliana irá directo a sus moradas. ¡Pero de ella no se libra nadie! Es como la versión ranchera de aquel dicho popular: “si la montaña no viene a Mahoma... etcétera”.

Como era de esperarse, los chamacos están desolados por la devastadora noticia que les dieron ayer sus padres. La maldad tiene su ingenio y consigue de una manera u otra sus malignos propósitos. Y Liliana, como si fuera un xoconostle punzante, chaparrito y pecoso, les ha dado en donde más les duele: en el álgebra y la buena redacción. Pobres escuincles.