Columnas

El diputado federal del PT, Gerardo Fernández Noroña, ha sido nuevamente protagonista en los medios de comunicación y redes sociales. Hace unos días, tras la muerte del ex futbolista argentino Diego Armando Maradona, el legislador solicitó un minuto de silencio en la Cámara de Diputados, a lo que accedió Dulce María Sauri, presidenta de la Mesa Directiva. Noroña llamó al argentino “un hombre extraordinario”. De esta frase yo me aventuraría a corregir que fue un extraordinario futbolista, a secas, pues la adicción a las drogas y el maltrato a mujeres mermaron la fama del astro argentino. Sin embargo, por su conocida relación con Fidel Castro y sus simpatías con la izquierda latinoamericana, Noroña no escatimó en alabar al futbolista. En todo caso, dedicar un minuto de silencio a un futbolista extranjero en un recinto legislativo es un acto absurdo e irrisorio.

Otro suceso bochornoso tuvo lugar en el Instituto Nacional Electoral, cuando Fernández Noroña se rehusó a usar mascarilla – o cubrebocas- en el momento de su intervención frente a Lorenzo Córdova. A pesar de la educada exhortación del Consejero Presidente, el diputado petista continuó su absurdo enfrentamiento con las autoridades del instituto. Vale añadir que no se trataba de una necedad de Córdova, sino de la solicitud del cumplimiento de las normas vigentes que rigen al interior del INE.

Noroña enseguida recurrió al discurso de la victimización y acusó a las autoridades del INE de querer amordazarle. ¡Amordazarle con un cubrebocas! ¡Cuándo se hubiese escuchado que la mascarilla cumpliera esa función! La desafortunada intervención del diputado terminó con un desatinado comentario relacionado con lo que el llamó el “germen de la libertad”.

En contrario a la opinión de Noroña, el uso generalizado de la mascarilla parece andar hacia un consenso mundial en torno a su pertinencia, y en particular, para evitar los contagios activos, es decir, como medida de prevención a contagios de terceros. El lector recordará que Joe Biden hizo del uso del cubrebocas un discurso constante de su campaña. De hecho, el presidente electo ha prometido establecer su uso obligatorio en las oficinas federales a lo largo del país, y ha hecho hincapié en convocar a los gobernadores y alcaldes para que ellos, en el marco de sus competencias, hagan lo propio en sus entidades.

Sin embargo, las recomendaciones mundiales en materia de salud parecen no resonar en una buena parte de los políticos mexicanos, ciertamente en AMLO y en Noroña. López Obrador, por su parte, defendió al diputado bajo el argumento de que se trataba de un ejercicio de libertad.

¿Qué necesidad de provocar polémica? La polarización, la obcecación, el desdén por la evidencia y la intolerancia son rasgos distintivos de la personalidad de Fernández Noroña. Desafortunadamente, su discurso disruptivo parece hacer mella en un gran número de mexicanos. Encima de ello, el presidente López Obrador legitima un actuar desproporcionado, fuera de lugar y que nada abona al fortalecimiento de nuestro país frente a la pandemia.