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Una campaña nacional de vacunación bien ejecutada no sólo previene el Covid-19, sino que también debería unir a la nación.

Uno de los primeros libros que leí en el primer semestre de mi maestría en políticas públicas, en 1985, en la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard, fue sobre la amenaza de la gripe porcina de 1976. Es un libro clásico sobre políticas públicas y salud pública.

"The Swine Flu Affair", de Richard Neustadt y Harvey Fineberg, publicado en 1983, describe la historia de un soldado en Fort Dix, en febrero de 1976, que murió a causa del virus. El gobierno de Gerald Ford, temeroso de un brote, ordenó la inmunización de toda la población estadounidense. Los Centros para el Control de Enfermedades se pusieron a trabajar de inmediato fabricando suficientes vacunas para comenzar la inoculación a finales de año, pero casi nadie se presentó.

Surgieron temores sobre posibles efectos secundarios de la vacuna (algunos afirmaron que causaba una afección neurológica llamada síndrome de Guillain-Barré). El gobierno demostró ser incapaz de ofrecer tranquilidad. El asunto terminó irónicamente porque la gripe porcina nunca se materializó en la población en general.

Para Fineberg y Neustadt, el caso representó un fracaso tanto de la política como de la implementación. Argumentaban que la formulación de políticas sistematizadas (esencialmente almacenar vacunas, observar y esperar) hubiera sido el mejor curso de acción.

Y traigo esto a cuento porque creo que las decisiones que se están tomando hoy sobre el combate a la pandemia del Covid-19, deberían estar acompañadas del juicio de los expertos en políticas públicas. 

Georges Clemenceau decía que la guerra es un asunto demasiado grave como para confiárselo exclusivamente a los militares. Igualmente, la salud de los mexicanos es demasiado importante como para ser dejada solamente en manos de los médicos. Una vez que pase la discusión sobre la adquisición de vacunas, el verdadero reto será la aplicación en todo el país.

"Una vacuna Covid-19 puede ser mucho más que una simple herramienta para detener la enfermedad" nos dice Marcella Alsan, profesora de políticas públicas de Harvard https://bit.ly/3pvtypP . 

Alsan también es doctora en medicina y economista de la salud, estudia enfermedades infecciosas, políticas globales de salud y desigualdad.

Alsan nos dice que, como era de esperarse, las crisis de salud pública siempre están acompañadas de coros de derrotistas. “Afortunadamente, la historia ofrece poderosos ejemplos de científicos, médicos, activistas y legisladores que reconocieron que responder a una enfermedad transmisible requiere una conciencia compartida de que el destino de los demás, y en particular de los menos privilegiados que soportan la peor parte de la infección, nos afecta a todos. El reciente aumento en la proporción de muertes por Covid-19 es un triste recordatorio de que estamos interconectados”.

Alsan ha analizado las intervenciones históricas exitosas de salud pública. Ella ve cuatro lecciones:

1. La atención médica accesible y de alta calidad puede generar una mayor demanda. Partners in Health (PIH), una organización sin fines de lucro dedicada a la prestación de atención médica en condiciones difíciles, ha demostrado esto una y otra vez en los países en desarrollo. En clínicas destartaladas, donde las personas enfermas se mostraban reacias a buscar atención, PIH aumentó la demanda al mejorar la confiabilidad y la calidad del suministro. Se aseguraron de que el personal estuviera presente, los medicamentos estuvieran almacenados y las personas fueran tratadas con dignidad. 

La historia demuestra la importancia de la accesibilidad. Alsan cita su investigación sobre la campaña de inmunización turca de 1985: ahí encontró que los trabajadores de la salud distribuyeron con éxito casi 30 millones de vacunas en menos de tres meses, aumentando las tasas de inmunización contra el sarampión del 37 al 83 por ciento en todo el país. La campaña tenía como objetivo tener lugares de vacunación no más lejos de una caminata de 10 a 15 minutos de cada hogar. Se utilizaron espacios comunitarios de confianza, como escuelas y mezquitas. Estos esfuerzos se complementaron con mensajes de líderes religiosos y políticos.

2. Hay razones legítimas para que la gente desconfíe de la autoridad. En Estados Unidos, los afroamericanos han sufrido una amarga experiencia de explotación médica que proporciona una base empírica para la inquietud. Las comunidades minoritarias están sobrevigiladas. Con demasiada frecuencia se ignora el dolor económico que han sufrido las comunidades rurales. Todo esto se suma a una realidad importante: quién dice qué a quién importa. 

Según una encuesta reciente de Kaiser, el 42 por ciento de los republicanos y el 35 por ciento de los afroamericanos probablemente o definitivamente no estén dispuestos a recibir la vacuna Covid-19. La misma encuesta reveló que el 78 por ciento de los republicanos confiaría en el presidente Trump como fuente de información sobre la vacuna, mientras que sólo el 12 por ciento de los afroamericanos lo hace. Investigaciones anteriores han demostrado, especialmente para los hombres negros, que tener un médico concordante con la raza es importante cuando se trata de aumentar la aceptación de la atención preventiva.

3. Importa cómo se definen los mensajes. La mejor oportunidad que tienen los funcionarios de salud para comunicar un mensaje exitoso es escuchar primero. ¿Cuáles son las preocupaciones sobre la vacuna? ¿Cuáles son los hechos que se pueden proporcionar? La administración de Biden debería convocar sesiones para escuchar a diferentes grupos y responder a sus preocupaciones. Se deben establecer expectativas realistas sobre las vacunas, reforzar el mensaje de que una vacuna no es una fórmula mágica; y que se necesitarán cubrebocas en el futuro previsible. 

Se tiene que preparar a la población para reacciones potenciales y ser muy francos ante las incógnitas. La gente está preocupada por la seguridad de la vacuna, pero también le angustia saber cómo va a pagar la renta, la comida y la educación de sus hijos. Podría ser útil enmarcar los beneficios de la vacuna en términos económicos en lugar de sólo hablar de beneficios para la salud. Los miembros de la comunidad que ya han sido vacunados pueden ser los mejores embajadores para otros en su vecindario.

4. Ilumine la oscuridad de los datos. Invite a los analistas y a las redes sociales a proporcionar información en tiempo real sobre las teorías emergentes de conspiración. Agregue un sistema de respuesta rápida para coordinar la desacreditación de mitos y evitar que alcancen una masa crítica. De acuerdo con la investigadora de Harvard, hay otro tema importante: si bien las aplicaciones de rastreo de contactos pueden funcionar para algunos que confían en el gobierno, la noción de ser rastreados por una autoridad puede ser un anatema para otros. 

Se tendrán que utilizar todas las herramientas, desde una línea directa, o un mensaje de texto, o un número al que cualquiera pueda acceder en cualquier momento para informarse sobre problemas con la implementación o la vacuna. Los trabajadores y las organizaciones de salud de la comunidad también pueden ayudar a monitorear el acceso a las vacunas, las dudas y las reacciones. Los datos sobre vacunación deben informarse públicamente para que los ciudadanos puedan estar seguros de que la tecnología funciona bien.

En suma, de acuerdo con los expertos, una campaña nacional de vacunación bien ejecutada no sólo previene el Covid-19 sino que también debería unir a la nación. Lo que sería completamente inadmisible es que algunos la utilicen con fines político-electorales.