Columnas

A gran velocidad, es imposible observar el entorno que circunda el camino.

Filosofía sin Escrúpulos

El siglo XX, marcado por la velocidad como sinónimo de progreso, comenzó su largo tránsito de cien años con la pandemia de la Gripe Española en el continuo y real terror de la guerra. Velocidad y barbarie que la globalizó por primera vez en la historia como realidad y concepto. Sustantivo modificado en los libros de historia que se expresa con esa totalidad que llamamos Mundial: una primera y una segunda guerras, una primera y segunda barbaries genocidas, prólogo de la continua barbarie mundial de 1945 al 11 de septiembre de 2001, preludio de la neobarbarie posmoderna del primer lustro del siglo XXI.

La catarsis de dominación, que obnubiló a la conciencia humana bajo una voluntad de poder sometida al nihilismo productivo no tuvo en su origen a la ilustración y la razón, sino a la irracionalidad mecanicista. La fuente de la barbarie no se haya en el atreverse a saber kantiano sino en la fatuidad competitiva expresada en voz del aristócrata conservador Pierre de Coubertin: “¡más rápido!, ¡más alto!, ¡más fuerte!.

A gran velocidad, es imposible observar el entorno que circunda el camino. El arte de pensar, reflexionar, técnica usada por la Filosofía desde Platón hasta Kant, se desplazó por la actitud instrumentista del saber productivo, la episteme poietiké, el saber técnico, la tecnología. Así, la paranoia de la productividad y la innovación moderna y posmoderna, sin guardar la debida prudencia con los saberes aristotélicos, práctico (episteme praktiké) y contemplativo (episteme theoretiké), deformó el concepto de progreso como avance y lo transformó en velocidad histérica. Nuestra experiencia, formada con rapidez pedagógica durante el siglo XX, se confronta desde el pedestal de su discurso dominante con una nueva generación a la que las revoluciones y las guerras del pasado siglo, nada les significan para la construcción de su propia experiencia.

Disminuir la velocidad civilizatoria es por tanto la tarea ética más relevante, que la realidad biológica y social del siglo XXI nos impone. Se trata de hacer un alto en el que la tecnología y la innovación retornen a su viejo nicho, el del uso racional de los instrumentos. La cosificación de la vida humana desde la deificación del Mercado como garante de la libertad, no sólo ha mostrado a los ojos de todos, la abolición de cualquier forma de equidad económica, sino además el imposible ejercicio de la libertad de millones de seres humanos. Marx acertó al definir que “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días, es la historia de la lucha de clases”. Pero, como en el pasado donde esclavos, plebeyos y siervos fueron derrotados por sus opresores, la realidad material nos muestra la derrota y el aniquilamiento del proletariado al que cristianamente neoliberales y populistas señalan como los pobres. Al igual que al Mercado, al Trabajo se le ha puesto en el pedestal de las virtudes, la pereza como madre de los vicios reza el refrán popular. Ha sido precisamente ahí, en el Trabajo, donde el siglo XX imprimió su fe en la velocidad en la creencia economicista de la productividad y el crecimiento como palancas del progreso. Resultado consecuencia de la obstinación irracional por lo más alto, más fuerte y más rápido, ha sido la renuncia a la razón y el surgimiento de un discurso convocante de múltiples falacias en el reino de la Sociedad de la Transparencia, bien descrita por Byung-Chul Han.

El reto de la neoilustración del siglo XXI, es la recuperación de la capacidad contemplativa para volver a pensar, reflexionar y saber. Ha llegado el tiempo de dejar de correr sin el disfrute de vivir para caminar contemplando al tiempo espacio; maravillosa dimensión para la que siempre hay lugar. Moderar, es hoy el verbo toral: menos alto, menos fuerte, menos rápido.