Columnas

Elogio de la democracia

VotantesEspecial

La manera de hacer política por parte de los ciudadanos es votando.

En democracia la tendencia es a la máxima distribución de las competencias en los asuntos públicos. A mayor distribución del poder político, mayor democracia.

Puede afirmarse que la asamblea es su estado apoteósico. Es la polis de los griegos. Son los usos y costumbres sobrevivientes en algunos pueblos indígenas.

Una de las críticas más severas en contra de la democracia occidental representativa proviene, justamente, de los usos y costumbres y de intelectuales indígenas.

El poder político no sólo se debe compartir con el mayor número de personas, sino que igualmente, y con el mismo celo, se le debe vigilar y controlar.

En otros regímenes, autocráticos, contrarios a la democracia, la tendencia es a la concentración de las decisiones colectivas en unas pocas manos, ya sean de élites, ya sean de grupos ponderados, ya sean de familias, o ya sea de un solo Hombre.

La concentración del gobierno en unas pocas cabezas no augura nada bueno para la concordia y la buena marcha republicana. Amén de vulnerar uno de los principios mayores de nuestra fundación política: el federalismo.

Por eso preocupa que a varias agrupaciones políticas se les haya dejado fuera de la competencia electoral, el año entrante, cuando se realicen elecciones para diputados, federales, estatales, alcaldes y en algunas gubernaturas.

No es que se abogue por los Calderón (México Libre) o los elbistas (Redes Sociales Progresistas), o que celebre el registro del partido de los ministros de culto que, de inicio, socava el principio de laicidad del Estado, y atenta contra los valores primarios de la democracia.

Abogo por una comunidad política plural, sin limitaciones burocráticas, sin paternalismo, ni prejuicios ideológicos, en el que los ciudadanos sean, con su voz y voto, quienes tengan la última palabra sobre quién debe gobernar.

Como en efecto ya ocurrió en ocasión reciente, con partidos sanguijuelas. Uno de ellos, de manera muy sonada, fue el Partido del Trabajo (PT). En las elecciones de 2015, se le retiró el registro, porque los electores determinaron que es un partido prescindible.

Pero los enemigos de la democracia, desde arriba, desde las élites de la política, mañosamente, manipularon la elección de un distrito norteño, con la seguridad de que las autoridades electorales ordenarían, primero su anulación y en seguida la organización de una nueva elección.

La maniobra sirvió para inflar las urnas, y como por arte de magia, el partido admirador del gobierno de Corea del Norte, recuperó el registro, y los millones de pesos de prerrogativas.

El PT es una antigualla. Un partido que vive de prestado; al amparo de los mayores, inventando alianzas de sobrevivencia, y haciendo el trabajo que otros rehúsan. Un partido que no tiene agenda propia porque carece de respaldo social.

Lo más grave: es un partido de propiedad privada, sin vida democrática interna. La emulación del Verde. Como en su momento lo fue Convergencia.

Bobbio nos recuerda que en el juego político de la democracia los actores principales son los partidos; y la manera de hacer política de los ciudadanos es votando.

Sin partidos los ciudadanos no pueden participar y hacer política. Más ahora cuando un sector de la izquierda democrática se ha quedado sin opción partidista.

La democracia es un organismo vivo, que vive en un permanente cambio. Que requiere de nuevos cauces para hacerlo: los partidos.

La democracia para ser democracia debe servir al ciudadano. Al ciudadano común, el de a pie. No a los grupos que, a su amparo se atrincheran, para subyugar y restablecer viejas jerarquías.

Saber quién toma las decisiones colectivas, y bajo qué criterios lo hace, es la espina dorsal de la democracia. Las decisiones de todos no pueden dejarse a la deriva de unos pocos entendidos, sean sacerdotes, filósofos, políticos. Pero tampoco se puede decidir sin tomar en cuenta su opinión.

Amarya Sen, el Nobel de economía aclamado por las ciencias sociales, es de los que postulan que la democracia no es ir a votar y elegir gobernantes. O no sólo eso. Para él la democracia es ante todo discusión pública.

Además revela que esa discusión pública ya se encuentra en las antiguas tradiciones de países árabes, africanos e indios. Concluye que la democracia no es una aportación de occidente al mundo, sino que los griegos la tomaron de aquellas tradiciones y la hicieron suya.

Queda claro que en la medida que se reduce el abanico de partidos, se reduce la paleta de opciones políticas, para un país cuya población roza ya los 130 millones de personas.

CHAYO NEWS. Tengo la sospecha, porque muchas de sus acciones son en ese sentido, que frente a la pandemia los gobernantes actúan como si fueran un ente separado, ajeno de la población, a quien no debe nada. El gobierno puede coincidir, condescender, en algunos anhelos y apuros de la población, pero no en todos. Porque los propósitos que persigue no son los de ella. Son los suyos.