Es la democracia, estúpido

A mi juicio hay dos opciones para la oposición de Peña Nieto (me considero parte de ella, no se cabreen): la radicalización o la institucionalización.

En una sociedad desigual, el ejercicio de la democracia nunca será equitativo ni libre.

Mucho se ha hablado de que la “imposición” de Peña Nieto como presidente de la república violenta los principios consagrados en la constitución: una afrenta a la democracia. Sin embargo, yo me pregunto: ¿Cómo puede un ciudadano ejercer su voto en verdadera libertad y equidad si las condiciones que lo rodean son justamente lo contrario? ¿a qué nos referimos realmente cuando hablamos de “democracia”?

La igualdad supuestamente expresada en el “un ciudadano=un voto” es en realidad una falacia: mientras haya un grupo (o una serie de grupos) o una clase que detente el poder económico y político, el ideal de la democracia (del gobierno el pueblo y para el pueblo) nunca será alcanzado. Aristóteles señaló esto al establecer una clara distinción entre quién era ciudadano y quién no; quedando fuera los esclavos, las mujeres, los niños y cualquier hombre que no cumpliera con sus obligaciones con el Estado (pagar impuestos y hacer el servicio militar).  Tiránico a nuestra vista pero lógicamente impecable.

La democracia ateniense sin duda dejaba intactas las clases y el sistema social en general; pero brindaba cierta base de igualdad para el que tuviera el estatus de ciudadano. Hoy en día, en México hemos perdido esa claridad. Tenemos ideas muy ingenuas y superficiales de lo que “debería-ser” una democracia saludable; prueba de ello son las críticas a la actuación de las autoridades en materia electoral, las cuales sostengo que demuestran un claro desconocimiento del sistema político mexicano.

Frases como “no puede ser presidente alguien que más de la mitad de la población no eligió” sólo denotan la profunda ignorancia de que nuestro sistema electoral establece que se gana por mayoría relativa (el que más votos tenga) y no por mayoría absoluta (50% de los votos más 1). Lo cual abriría la puerta a la segunda vuelta, por mencionar un ejemplo. Estos y otros hechos fundamentales (como que la constitución fue promulgada por un montón de burgueses liberales) son, en el mejor de los casos, minimizados a la hora de lanzar improperios y plantear soluciones a la crisis política que vive nuestro país tras la virtual elección de Peña Nieto.

Podemos discutir ampliamente sobre el origen de las leyes y de las instituciones, sobre la legitimidad o falta de ella de los representantes populares y gobernantes; pero en los hechos tienen un poder real sobre nosotros y eso, queridos fanáticos, no se cambia con buenas intenciones ni con miles de marchas.

A mi juicio hay dos opciones para la oposición de Peña Nieto (me considero parte de ella, no se cabreen): la radicalización o la institucionalización. Volverse radical no significa necesariamente tomar las armas en el sentido amplio; pero sí por lo menos emplear cierto grado de violencia para forzar al poder a atender a sus demandas (o desconocerlo por completo, según crean conveniente). La otra opción sería, y lo han señalado muchos analistas, constituirse como una fuerza política independiente a los partidos políticos tradicionales: si constituyen un partido nuevo, un sindicato, una federación, una asociación civil o un club de debate es cosa que no me toca plantear; eso, por supuesto (gulp!) implicaría aceptar a Peña Nieto como presidente.

De lo contrario su propio desgaste, aunado a la frustración de muchos y la guerra sucia de los medios, acabarán por cerrarles el paso al juego político del poder....el tiempo apremia y la historia no perdona.

 

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