Columnas

Felipe Calderón vio en el crimen un negocio redondo.

Aunque el expresidente Felipe ‘Borolas’ Calderón escribe tuits sobre diversos temas: economía, salud, automovilismo, todos sabemos que realmente nació para los gremios del crimen, los vinos y licores.

Su privatización de las cárceles delata sus inclinaciones a las labores propias del crimen organizado. ¿Por qué no intentó privatizar la educación, como Peña Nieto?, quien es burro, pero al menos leyó dos libros que cambiaron su vida. Calderón no ha leído más que etiquetas de botellas; desconoce lo que es la educación, su mundo son los bajos fondos.

Aparentemente lo hizo con la intención de reducir costos y fortalecer la inserción social del Sistema Penitenciario Federal, pero realmente actuó con fines egoístas (así como muchos se vuelven cristianos no por amor al prójimo, sino para ver si Jesús les trae beneficios personales o perjuicios a sus enemigos).

Me lo imagino como aquellos agentes de ventas inmobiliarios, con su maqueta de una prisión, diciéndole a sus amigos narcos: “Mira, acá pondremos a los miembros de tus cárteles enemigos, hacinados y comiendo desperdicios; en cambio, los tuyos, quienes tengan que pasar una breve temporada bajo la sombra, tendrán alberca, gym y casino”.

Quienes estaban a favor de privatizar la UNAM, argumentaban que de ese modo mejorarían las instalaciones; quienes estaban en contra (además de argumentar la pérdida de autonomía), advertían una modalidad de los inversionistas para hacerse de más lana a costa las nobles ambiciones por desarrollarse. Y, por supuesto, sin mejorar ni un pupitre (pues todos sabemos que los empresarios no suelen gastar en lo que no les interesa), algo que se ha comprobado con las cárceles privatizadas, cuya administración recauda ganancias pero continúan los mismos problemas.

No sé cómo pueda mejorarse una celda, si pintando los barrotes de rosa mexicano y poniendo grilletes afelpados; como dice la canción: “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”. Lo menos que se puede pedir es que los internos pasen su condena en condiciones humanamente aceptables, no como hasta ahora, donde padecen sobrecupo y vejaciones, tanto de autoridades como de las bandas que ejercen un poder interno.

Las cárceles son como Cancún (pero sin playa), donde tienes que soltar dinero desde que llegas, ya sea como recluso o como visita. Como reo, pagas por no hacer fajina, protección, cuota de piso. Como visita, pagas por meter cosas prohibidas desde la revisión y apartar mesa los días de visita.

Adentro puedes comprar de todo, desde bebidas alcohólicas hasta aparatos de sonido. Hace diez años, cuando toqué con mi banda “La Capa de Batman” en el Reclusorio Oriente, un muchacho quiso venderme una servilleta con marihuana en 30 pesos. Y la gente fumaba mota ahí mismo, como si estuviera en Tijuana (probablemente se podrían conseguir drogas más fuertes).

Tener una prisión es como tener un parque de diversiones (donde los que se divierten más son los jueces corruptos). Mucho dinero circula de manera ilegal (del que debe salir una tajada para los dueños), aparte de las jugosas rentas que le cobran al gobierno a cambio de nada.

El presidente López Obrador dijo que revelará el derroche en esquemas de cárceles privadas, lo irónico sería que, en caso de hallar desvíos y transas, los culpables tendrían que ir a una cárcel, quizás la misma cárcel de la que sacaban beneficios económicos sin realizar las mejoras prometidas; estarían tomando una taza de su propio chocolate.

¿Dónde meterían a esa gente? ¿En casa de Calderón? ¿Y si también agarran a Calderón? Recuerdo una anécdota: Mi papá, ‘el Pocho’, trabajó muchos años en el Estado de Tlaxcala; una vez, el director de un penal, les dijo a los reos: “Báñense, péinense y pórtense bien, mañana viene el gobernador”, y se escuchó un grito: “¡Hasta que lo agarraron!” (en realidad, fue a inspeccionar, en plan de autoridad).

Supongo que ‘Borolas’ previó la posibilidad de caer en el bote, pues siendo socio de los dueños de las cárceles, no necesitaría un túnel para escaparse, sino que saldría en helicóptero, provisto con sus bebidas favoritas. Además, lo que costaría hacer un túnel ya se lo gastaron.

Anques que nada debería resolverse el problema de la sobrepoblación, lo cual antaño se resolvía con ejecuciones internas entre reclusos: “¿Fulano no tiene celda? Pues mandamos a matar a alguien” (no porque tuviera que ver con guerras de cárteles, sino porque hace falta un camastro).

En mi humilde opinión, el sobrecupo y la rehabilitación social no se resuelve con más cárceles, sino evitando delitos (incluyendo el delito de levantar gente inocente para pagar una cuota, como se estilizaba en Iztapalapa, según consta en el documental “Presunto Culpable”).

Si no hay delito que perseguir, no hay delincuentes que encerrar. Para que no cunda el crimen debería prevalecer la cultura, la educación y mejorar las condiciones económicas del país, un arduo trabajo para la 4T, que también heredó una sociedad educada para el crimen (de ahí tanto malandro como bot de la derecha y “chayotero”, esperando como recompensa una “charola”).

Los peces godos que están cayendo en la lucha contra la corrupción, deberían hacer un servicio social, en vez de ser recluidos: que vayan a robar a otros países y traigan el botín para beneficio de programas sociales. Menos ‘Borolas’, cuyo castigo debería ser encerrarlo en su casa, quitándole todo dispositivo para tuitear, a ver si así toca fondo.