Políticos cancioneros

Se sabe de la afición de ciertos políticos por tocar algún instrumento o por tratar de entonar alguna canción en reuniones públicas. En Estados Unidos, Bill Clinton toca el saxofón. En Latinoamérica está el recurrente caso de Hugo Chávez, procurando sobre todo canciones mexicanas.

Tocar un instrumento implica cierto grado de dificultad. Pero nada más natural que el individuo cante, sobre todo mientras toma la ducha. Otros lugares posibles son el auto, la calle, las fiestas familiares de fin de semana. Pero que alguien por su cargo público obligue a escuchar sus desfiguros a los achichincles, subordinados, aspirantes y prensa comisionada a cubrir la nota, es otra cosa, algo cercano al abuso de poder.

Y es lo que han hecho últimamente Miguel Mancera, Felipe Calderón, Carlos Navarrete, Heriberto Félix y Beatriz Paredes -sin distingos ideológicos-, entre otros. Una nota en video de El Universal los ha exhibido en sus arranques cancioneros. Más allá de la pobreza de las voces (obvio, no son cantantes formales aunque algunos como Navarrete y Paredes aspiren a ello), abruma la pobreza de sus gustos musicales. Ningún asomo de alta cultura, por decirlo así; no en el video de referencia. El más cercano a algo más elaborado es Calderón, mascullando impensablemente (por ser su antípoda ideológica) a Silvio Rodríguez; y le va bien el texto porque habla de algo que le raspa o quema la garganta o cosa semejante, mientras entretenía a sus congéneres panistas en Querétaro. El más alejado, Mancera, gritando algo ramplón de un ser apodado El Buki, o algo así; Mancera, además, se deja acompañar de Armando Manzanero a quien lo mismo se le ve junto a cualquier otro político que le pague bien por su “inspiración”. De la “inspiración” de Paredes mejor ni hablar, porque sus desafinaciones no permiten meditar sobre la profundidad de su poesía.

Si así como cantan, si así como exponen su “gusto” musical, gobiernan o gobernarán, al menos desde el punto de vista del interés cultural, se explica por qué México está perdido, por qué en México la cultura no es prioridad. Ahora bien, en descargo de este grupo hay que decir que un frustrado pianista quien presume todo el tiempo de una supuesta cultura musical de altos vuelos como Javier Lozano, es un patán, un patán político. Alguien quien por su torcida y oscura trayectoria pública tampoco garantizaría un mejor México cultural.

En todo este asunto extraña que Calderón, dentro de los cursos de todo tipo pagados en Los Pinos, haya preferido los de “Masculinidad” a los de “Voz”. De haber hecho lo contrario, se habría superado quizá y ahora que se va de la presidencia podría haber emulado a Fox, quien para recrear y presumir su intelecto construyó un centro académico. El Centro Calderón pudo haber sido el resultado de ese entrenamiento. Centro destinado a políticos cantantes jubilados o a cantantes políticos aspirantes, todos bajo las clases maestras del auto proclamado “hijo desobediente”. O en el último de los casos, añadiendo un curso de guitarra, bien pudo haber amenizado a los clientes de cualquier bar de la ciudad.

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