Columnas

AMLO y el Covid-19: el más grande reto asumido por gobierno mexicano alguno, 1ª Parte.

México.Rogelio Morales / Cuartoscuro

Sigo considerando que sobre el proceso pandémico del COVID-19, los recursos interpuestos por el gobierno actual para confrontarlo, sus gestiones internacionales, su plantilla de especialistas, su modelo de comunicación y manejo estadístico, sobre esta inmensamente inédita situación en el mundo y en México, sobre la infraestructura médico-hospitalaria e institucional preexistente, deben hablar los más calificados especialistas y discutir entre ellos, sin prejuicios ideológico-políticos ni cálculos electorales, porque el resultado de incorporar tales variables, es la degeneración de una problemática con la que no ha tenido que ver hasta hoy ningún gobierno en México ni en el mundo. Es ridículo que quienes están contaminados de AMLO-fobia o que legítimamente luchan contra la 4T-4R usen este tema para desde la ignorancia más inusual, estigmatizar una acción global de gobierno al respecto, y hasta querer demandar al jefe del Estado mexicano penalmente (más allá del papelón que harían), como si se tratara de lo ordinario, lo común y corriente, y no de la más extraordinaria situación de emergencia sanitaria que ha confrontado la humanidad en los últimos tiempos. Aquí abordaré otros aspectos relevantes.

De entrada hoy, no debemos excluir la comisión de errores, desatinos e insuficiencias, no sería ni siquiera lógico suponer que todo ha sido perfecto, porque la humanidad entró en el más inmenso proceso de estudio, aprendizaje y experimentación que ha involucrado a miles de millones de seres humanos en todo el planeta, para conocer este devastador virus-pandemia, y conforme este golpeaba inmisericordemente y se llevaba decenas y cientos de miles de seres humanos de esta vida, se desarrollaban esfuerzos de los más diversos gobernantes, científicos, instituciones y organismos en el mundo y de todo tipo y en todo tiempo, para en paralelo desarrollar el conocimiento humano y científico, y tratar de defender, proteger y protegerse de esta calamidad. No puede ser un campo de lucha política, por más que se pueda argumentar que se trata de enjuiciar políticas públicas que son parte de la función de gobierno, lo cual sería lo ordinario, común y corriente, porque la pandemia por su gigantesca excepcionalidad al nivel mundial No lo es. Hay muchos otros espacios de lo público que son ya disputa por el poder. Allí puede concentrarse la oposición legítimamente y presentar batalla.

En todo caso, generar alternativas de fondo, con todo el conocimiento científico debido de la causa, y con la más absoluta seriedad plantear las conducciones opcionales y someterlas a la opinión pública, y a los especialistas del propio gobierno, convocarlos a discusiones muy responsables y de alto nivel. Finalmente, todos queremos estar a resguardo del COVID-19. Pero la alharaca política y mediática, en donde aparecen hasta personajes caricaturescos “ejerciendo el derecho de expresión y el de disentir” sobre este inmenso y muy complejo tema, denigra el manejo y los esfuerzos contra la fatal calamidad y la vulgariza a niveles que no merecen la memoria de los ya más de 100,000 muertos así como el luto de las familias de ellas, ni tampoco los equipos médicos, enfermeras y demás que a diario desafían a la muerte con su atención a los enfermos. No es posible que la lucha por el poder llegue a niveles denigrantes. 

Ahora bien, el aprendizaje de estos fenómenos pandémicos siempre es menos veloz y completo que la capacidad de contagio y letalidad de los agentes patógenos. Allí tenemos un grave problema. Tomemos un ejemplo: el segundo brote de ébola que fue muy grave se circunscribió a 4 países africanos: Guinea, Sierra Leona, Liberia y Nigeria, 

desarrollándose desde finales de 2013 hasta marzo de 2016, en que la OMS declaró tales países libres de la transmisión del virus, 11,300 muertos de 28,000 infectados, pero hacia finales de ese mismo año, la OMS declaró rectificando que “el peligro no había cesado”. Este virus se conoció a mediados de 1976 en siete países africanos (20 años antes), y las tasas de mortalidad que le caracterizan varían entre 22% y 88% sobre el total de infectados. En el último caso que mencionamos la tasa de mortalidad fue del 46.4%. Es una enfermedad letal pero poco contagiosa. El Covid-19 es doble: muy letal y ampliamente contagioso.

El Instituto de Salud Global con sede en Barcelona (IS-Global) narra así lo que consideran fue la mayor experiencia de la epidemia del ébola: “Hoy sabemos que la comunidad internacional reaccionó tarde y por debajo de sus posibilidades (…) en el desencadenamiento de la crisis; ignoramos las lecciones esenciales que se desprenden de ella. Una de las principales es que la lucha contra el ébola y cualquier otra amenaza a la salud global comienza mucho antes de que se diagnostique el primer caso.” (https://www.isglobal.org/ebola) Fijarse bien: la lucha comienza antes de que se diagnostique el primer caso. Nadie hizo esto en todo el mundo. Con el COVID-19 se repitió el caso del ébola en un sentido fundamental: “la comunidad internacional reaccionó tarde y por debajo de sus posibilidades”. Veamos. 

En el caso de la pandemia del Covid-19 fue mucho mayor la velocidad de propagación y contagio, que la puesta en práctica de los modelos de contención y atención epidemiológica y hospitalaria, incluso, que la propia reacción de la OMS para generar lineamientos de coordinación regional-global. Parece que hay un problema recurrente en la comunidad internacional y en los gobiernos nacionales (hablando en general) sobre la subestimación de los riesgos de este tipo de enfermedades contagiosas. Observen: una investigación seria registró la fecha del primer caso de virus-COVID-19 diagnosticado el 19 de noviembre, 2019 en un paciente de 55 años de edad habitante de la ciudad de Hubei, en China (INFOBAE, 13 de marzo de 2020), que se convirtió en el epicentro de la pandemia que nos tiene en vilo hasta hoy. La OMS declaró al COVID-19 “una emergencia de salud pública de preocupación internacional el 30 de enero de 2020”, poco más de dos meses después “del primer caso diagnosticado”. El 21 de febrero las autoridades sanitarias (tres meses después) en Italia reportaron que se había infectado un hombre de 38 años llamado Mattia, que vive en Codogno, una ciudad de 16,000 personas a 60 km de Milán al norte de Italia, considerada como el epicentro del brote italiano de COVID-19. 

(https://www.bbc.com/mundo/noticias/), y en buena medida de Europa Occidental. Pero ¿cómo llegó a ese pequeño poblado de Italia?

En México: “El primer caso o caso índice de COVID-19 en México se detectó el 27 de febrero de 2020 en la Ciudad de México. Se trataba de un mexicano que había viajado a Italia y tenía síntomas leves. El 28 de febrero se confirmaron dos casos más: un italiano de 35 años, residente de la Ciudad de México, y un ciudadano mexicano del estado de Hidalgo que se encontraba en el estado de Sinaloa. Los dos habían viajado recientemente a Italia.” (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/). Un mes después que la OMS decretó la pandemia internacional, y 3 meses después del “primer caso diagnosticado”. Si lo más probable es que nos llegó de fuera, aquí tenemos claro el factor de vulnerabilidad que se localizó en la entrada a México, como hipótesis. Pero ya estamos hablando de tres meses desde la aparición en la ciudad de Hubei, China.

En el primer caso (detección y prevención temprana, o como dice ISG la reacción ante “la detección del primer caso”), se ponen en juego los sistemas de información y la inteligencia nacional; y en el segundo caso, ya iniciado el proceso de contagio, influye la capacidad del sistema sanitario de un país (especialistas, científicos, recursos materiales, financieros, humanos, infraestructura, equipos de transporte y el sistema de abasto de fármacos). Si fallan los primeros (sistemas de información e inteligencia) la reacción de los segundos se produce en condiciones muy comprometidas y con la “emergencia encima”. Difícilmente la respuesta es la más adecuada.

Dentro de los sistemas de información para este tipo de eventos de afectación masiva (no solo pandemias) están en México: el Centro Nacional de Desastres; el Sistema Sismológico Nacional; el Laboratorio de Observación de la Tierra; la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica y la Dirección General de Epidemiología, de la Secretaría de Salud. Todos considerados dentro del Atlas Nacional de Riesgos cuya generación de mapas integran el Sistema de Información de Riesgos. Antes de dicha infraestructura, están el Centro Nacional de Inteligencia, (CNI), la inteligencia militar (ejército, marina y fuerza aérea) y la inteligencia policial. En todos los casos, cada uno en su área de competencia.

Si este aparato de información clasificada falla, falla la información de Estado, falla la reacción oportuna, preventiva y/o correctiva. Estamos hablando no sólo ni principalmente de México, sino de los servicios de información de los Estados de la sociedad y del sistema internacional. Por ello el COVID-19 derivó en prácticamente todo el mundo en una grave crisis de seguridad nacional y de seguridad internacional que no han cesado.

Continuaremos.