De Canoa a Ajalpan. El crimen por rumor

Un recuento para los más jóvenes: En 1975, Felipe Casals, llevó a la pantalla ?Canoa?, una historia real de brutalidad y sinrazón. El linchamiento de cinco jóvenes en un poblado en el estado de Puebla, el nombre del lugar del espantoso evento da título a la película. A casi casi 47 años de sucedido aquel horrendo capítulo, el hecho se repite cientos de veces en muchos lugares de nuestro país, siempre en la impunidad que otorga el anonimato de una turba enloquecida, la mayoría de las veces por un rumor o el deseo de ?justicia por propia mano?.

Sucedió el 14 de septiembre de 1968, como referí en el estado de Puebla. Cinco jóvenes trabajadores de la Universidad Autónoma de ese estado, salen a excursionar en los senderos del volcán ?La Malinche?. Una tormenta detiene su ascenso y deciden pernoctar un poblado cercano llamado San Miguel de Canoa. Solicitan asilo en la parroquia y en la Presidencia Municipal y en ambos les es negado. Después de cuestionarlos, uno de los habitantes acepta darles refugio por una noche; poco tiempo después se escuchan las campanas de la iglesia y se oye el rumor de una turba que rodea la casa. El hombre que dio asilo a los muchachos, intenta inútilmente calmar al pueblo y logra hacerles escapar de la población enardecida junto con su familia por la que teme. Al día siguiente, y a poca distancia del pueblo, los cuerpos de los cinco jóvenes linchados por la turba y deshechos a golpes, serían encontrados. El hombre que los asiló fue asesinado de un hachazo. En el pueblo, entre los habitantes, jamás se volvió a mencionar el hecho y cada quién siguió su vida sin viso ni mención alguna de remordimiento.

Para quienes se han creído la historia de que en nuestro país nada ha cambiado, baste saber que en 1968, los movimientos estudiantiles del mundo que exigían entre otras cosas, respeto a los derechos civiles, igualdad y democracia eran satanizados.

México, como sabemos, no era la excepción: los medios de comunicación - que hasta entonces respondían en su gran mayoría a la lógica amenazante del autoritarismo gubernamental ? pintaban una imagen de los estudiantes como agitadores, vándalos y causantes de problemas. Para la mayoría no informada o poco reflexiva, ser estudiante o joven o solo parecerlo, en 1968 equivalía a ser delincuente. Y justo en este contexto se desarrolla el episodio de ?Canoa?: el rumor esparcido por el Cura (cacique) del pueblo, de que se trataba de ?comunistas?; que venían a matarlo a él y poner en el pueblo banderas rojas. En un contexto alta ignorancia, impunidad y manipulación, un solo individuo, el párroco de la iglesia, guió a su grey al linchamiento diciendo que se robarían y llevarían a niños inocentes.

Quién diría que casi medio siglo después, el pasado 19 de octubre, veríamos las horrendas imágenes de dos jóvenes linchados y quemados en otra población de Puebla: Ajalpan. Junto a los cuerpos casi desintegrados por el fuego, una centena de habitantes presencia el espectáculo mientras otros queman la presidencia municipal y varios edificios públicos.

Dos jóvenes hermanos, encuestadores, acusados por alguien que difundió eficientemente, probablemente desde una posición de algún tipo de liderazgo, el rumor de que eran ?secuestradores de niños?. Para mi desgracia y pesadilla me topé con un video publicado por CNN en dónde los captores de estos jóvenes golpeados, exhaustos y agonizantes solo alcanzan a decir: -de verdad, no nos dedicamos a eso. Somos encuestadores-.

He leído diversos comentarios sobre este hecho, muchos señalan el horror por la brutalidad de los linchamientos que se repiten ya con demasiada frecuencia en el país; pero la mayoría señala como responsables a ?la impunidad? y sobre todo a la ?falta de oportunidades de la gente?, argumentos que ya se repiten con demasiada frecuencia cuando se hace referencia a actos criminales.

Es importante recordar que este modo de actuación (crimen por rumor) es el mismo que mueve en muchísimas ocasiones a los sicarios que lanzan cuerpos a la orilla de los caminos, a fosas, los descuartizan y desintegran, los queman o como es la nueva ?manera acapulqueña? dejan la cabeza de sus víctimas en exhibición sobre el toldo de un coche y el cuerpo en partes en la cajuela, cerca de escuelas, a la vista de los niños. Basta un rumor para mover a sicarios que cobran $5,000 por víctima: ?porque fulanitos son enemigos y se metieron a nuestro territorio?, o porque ?dicen que fulano nos traicionó?, o porque anda ?hablando demasiado?, o porque ?se metió con mi vieja? el método de la muerte por rumor en un ambiente de alta ignorancia, falta de empatía por la vida ajena y donde la capacidad criminal es lo que da valor a una persona en el ?grupo?, es hoy una la constante. De ahí los más de 80,000 muertos, e incontables desaparecidos. Y para la autoridad ? aun si tuvieran la capacidad - le resulta en la mayoría de los casos imposible dar a la sociedad una explicación creíble por lo surrealista de las explicaciones posibles.

Cierto, el que los crímenes en absoluta impunidad representen el 98.5% en nuestro país es una asignatura pendiente para la cual no debemos quitar el dedo del renglón, el estado tiene altísima responsabilidad. Ministerios y jueces nos deben mucho, muchísimo, y como sociedad civil no debemos claudicar hasta que la nuestra sea una convivencia en que impere el estado de derecho.

En esta época en que lo correcto y ?progre? es defender los horrores de muchos ?usos y costumbres?; como vender niñas, desplazamiento por intolerancia religiosa o linchamientos frecuentes, y que al mismo tiempo y los mismos ?progres? reclaman al estado su incapacidad y la observancia irrestricta de los derechos humanos y debido proceso, pregunto: ¿ en qué se ocupan ahora las ONG?s de derechos humanos, o los sociólogos y psicólogos sociales que puedan explicarnos los ?linchamientos y asesinatos por rumor??

Y es que el Estado tiene la obligación de educar y proporcionar justicia a todos por igual, claro. Pero el respeto a la vida humana, a la propiedad ajena y a la dignidad que se debe a las personas, no importando su condición, a mí me la enseñaron en mi casa, no en la escuela. ¿Deberá entonces el estado sustituir a la familia?

Una última pregunta: ¿si estuvieras absolutamente seguro de la impunidad, matarías a alguien porque puedes?

Por lo pronto yo no.

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