Una de las mejores anécdotas para explicar el costo de las decisiones políticas que parecen buenas pero en realidad, podrían agravar los problemas que buscan combatir es la del efecto cobra. En India, durante los tiempos de sometimiento de la corona británica, Delhi enfrentaba una plaga de cobras venenosas que obstaculizaban las actividades mientras amenazaban la vida de los transeúntes. Eran tantas, que corrían por las calles y se escondían en los espacios para terminar atacando. La “política pública” que se les ocurrió para combatir este mal fue ofrecer dinero por matarlas y entregarlas al gobierno. Pretendían que los ciudadanos se encargaran de cazar y contener una crisis que ellos, como autoridad, no podían.

Pero en un contexto de explotación y carencia, aquella medida fue vista como una oportunidad de negocios, rápido comenzaron a generar ingresos. Las familias empezaron a criar cobras y almacenarlas en sus propios hogares, con criaderos improvisados sin importar los riesgos o la cercanía a escuelas, ciudades, granjas o lo que hubiera. Criaban cobras venenosas, las mataban y recibían recompensas.

En cuanto el gobierno se percató de que ya era una estrategia de emprendimiento, canceló el programa de inmediato y la gente, sin poder seguir ganando más con aquellos reptiles, cargados de molestia y resentimiento por no poder traducir su esfuerzo en algo que ya contemplaban en sus bolsillos, decidieron soltarlas. El problema se hizo mucho más grande que al inicio, eran tantas las cobras que estaban criando, que si al inicio debían combatirse bastantes, ahora eran el doble o el triple… Quedaron infestados de cobras. El incentivo perverso y la confianza ciega en el pueblo desató una de las peores crisis y aunque la anécdota es popular, vale la pena recordarla.

Exactamente ese escenario, en términos sofisticados, se avecina con la reforma electoral.

Los políticos mexicanos son como cobras, salen por debajo de las piedras y se reproducen rápido y fácilmente. La reforma judicial fue el primer anuncio de recompensa a cambio de matar cobrar venenosas. Se pensaba que los juzgadores eran parte de aquella plaga y decidió diseñarse un esquema para aniquilarlos, uno que sustituye el ascenso técnico a los espacios por un ascenso político. De menos de 2000 cobras, que eran los juzgadores en niveles locales y federal, se generaron condiciones para criaderos de miles de cobras que pueden aspirar a esos lugares con un esquema de acceso estrictamente político, mediante elección popular. Más de 6000 sí pensamos en al menos 3 candidatos por juzgado.

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Se sabe que en la democracia mexicana, la representación popular es uno de los ideales que más incentivos perversos genera, pues los servidores públicos son capaces de invertir dinero etiquetado para gobernar a sus campañas, aceptar financiamientos privados cuestionables y hasta pactar con grupos criminales con tal de tener flujo para ser más conocidos, más votados y permanecer vigentes en la escena pública. Para representar hay que ser conocido y las campañas cuestan dinero.

Ahora la reforma electoral, según borradores que circulan, incrementan el escenario del criadero de cobras. Bajo la bandera de la austeridad, hay una versión de la reforma que no elimina a los plurinominales pero sí aumenta la cantidad de diputados de 500 a 508 considerando a representantes que serían votados en el extranjero. A su vez, la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral plantea un recorte del 25% a partidos con una fórmula nueva propuesta por la Comisión con la que se usaría el 48.75% del valor de la Unidad de Medida y Actualización (UMA) vigente para ser multiplicado por el número de personas en el padrón electoral. Pero en campañas electorales, el dinero aumentaría a un 50% del financiamiento ordinario, o sea que va a salir mucho más caro el caldo que las albóndigas.

Aunque se dice que se trata de un borrador viejo, para el Senado plantea una reducción de 128 curules, para quedar en 96. De los que 64 serían electos por mayoría relativa, dos por cada estado y sus fórmulas serán compuestas por un hombre y una mujer. En al menos la mitad de los estados, la mujer deberá ser la primera en la fórmula.

Sin embargo, el escenario real es que la reforma electoral está siendo diseñada, discutida, y votada por los mismísimos dueños de los criaderos de cobras. El positivo y casi ingenuo deseo de hacer austero el sistema político, el financiamiento a los partidos y el supuesto recorte, terminará siendo un enorme incentivo para que haya muchas más cobras venenosas, con bastante más presupuesto y generando justo lo opuesto a lo que se busca combatir.

En términos financieros, pasa lo mismo con el poder judicial. El hecho es que es un error pensar que la austeridad depende únicamente del financiamiento público pues de hecho, el diseño de incentivos incrementa el gasto en elecciones pero con esquemas que favorecen la triangulación para el financiamiento privado y el uso de recursos públicos. Ahora peor: con más cargos políticos que se disputan, más cargos de elección popular y mayor financiamiento, en realidad, los que querían ser jueces ahora necesitan ser políticos y si es que en las filas políticas podían trascender un par, el amplio abanico de cargos y oportunidades de financiamiento es el caldo de cultivo perfecto para que la austeridad no sea más que discurso… porque para ser realidad, está lejano.

Lo curioso es que la clave de lo que entendemos como “democrático” se va reformulando y la apuesta no es que haya un árbitro más fuerte, sino más jugadores en la cancha con menos árbitros disponibles para verificar que cumplan las reglas y sacarles tarjeta roja cuando no lo hagan.