El asesino confeso de Noruega planeó atentados contra el Palacio Real y la sede socialdem

Oslo, 30 jul (EFE).- El firme liderazgo del primer ministro Jens Stoltenberg tras el doble atentado de Anders Behring Breivik ha relanzado a la socialdemocracia noruega, ahora cohesionada y exponente de la voluntad de sobreponerse a la tragedia.

Los medios noruegos informaban hoy de un supuesto "plan B" de Breivik, cuyos objetivos eran el Palacio Real y la sede del Partido Laborista de Stoltenberg en Oslo, pero que no llegó a cuajar por "problemas logísticos".

Las imágenes del palacio y residencia oficial de la casa real noruega, en el corazón de la capital, se alternaban con los rostros de las 77 víctimas de los ataques del 22 de julio, con nombre, apellidos, edad y lugar de residencia, de acuerdo a la lista finalmente difundida ayer por la policía.

Tras una semana de conmoción ante una matanza sin precedentes en un país tradicionalmente pacífico, más de un ciudadano quisiera pasar página a la tragedia desencadenada con la explosión del coche bomba, en la capital, seguida de la masacre en el campamento de verano de las juventudes socialdemócratas, en la isla de Utøya.

Una cadena de comercios ha optado incluso por "boicotear" las portadas de la prensa más popular, para evitar seguir exhibiendo el rostro omnipresente del asesino, informaba hoy el diario "VG", fuente asimismo del supuesto "Plan B" de Breivik.

Oslo quiere mirar adelante y el rostro que estos días sintetiza la voluntad de superación y la respuesta democrática es Stoltenberg.

Un 80 por ciento de los ciudadanos califica de "muy buena" la gestión de crisis del primer ministro socialdemócrata, según una encuesta difundida por el diario conservador "Aftenposten".

Su mensaje de responder con más democracia al extremismo terrorista representado por Breivik ha calado en la población, a juicio del politólogo noruego Knut Heidar.

Stoltenberg, de 52 años y hasta hace poco tachado de político de escaso perfil, se ha situado a una escala de popularidad solo comparable con la máxima figura de su socialdemocracia, Gro Harlem Brundland, la mujer que dirigió su gobierno de Oslo durante 15 años.

Brundland, de 72 años y asistente al campamento juvenil de la isla poco antes de la tragedia, ha acompañado a Stoltenberg en los momentos más difíciles de la crisis como una figura "protectora", apuntaba Heidar.

A medida que pasaron los días, con un Stoltenberg presente e incansable en todo momento, el político ha crecido con personalidad propia, como se ha destacado tanto desde el extranjero como en Noruega, que de pronto ha "descubierto" a su jefe de Gobierno.

Stoltenberg, al frente de un gobierno roji-verde desde 2005, en que su formación obtuvo un 35,4 por ciento, ha pasado de ser un político a la sombra de Brundland -y de su padre, el carismático ex ministro de Exteriores, Thorvald Stoltenberg- al "ancla de la nación", como se le denomina estos días insistentemente en el país.

Su gobierno defendía y defiende ahora, más que nunca, la línea de la tolerancia y la integración de la población inmigrante -y a ese rumbo se dirigía el terror de Breivik, empeñado en "castigar" la "importación masiva de musulmanes" a Noruega-.

Al Partido del Progreso, segunda formación del país, con casi un 23 por ciento de los votos en las últimas legislativas, le ha correspondido, por contra, distanciarse del discurso xenófobo con el que reclutó votos y, sobre todo, de la figura de Breivik, quien militó en esa formación entre 2007 y 2009.

Los analistas advierten que la popularidad actual de Stoltenberg puede ser coyuntural -a su firme gestión de la tragedia se espera siga una firmeza parecida respecto a la presunta falta de coordinación policial, que se ha comprometido a investigar.

La próxima cita con las urnas es cercana, en las municipales de septiembre.

Se evaluará ahí hasta qué punto la matanza de un "lobo solitario" -como se califica a Breivik desde los servicios secretos- ha frenado lo que parecía el imparable avance de las formaciones ultraconservadoras del norte de Europa, entre las que el Partido del Progreso se considera una versión más o menos moderada.

Gemma Casadevall

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