viernes 19 de julio de 2019 | 06:03
Columnas

La ´racionalidad´ del estado chueco

@PlacidoGarza dom 23 jun 2019 20:55
Yo -presidente de la 4ª república- destaco en mi discurso lo importante que resulta para México el aumento de la inversión extranjera en los últimos cinco meses, y al mismo anuncio que no fui ni voy a las más importantes reuniones mundiales para el desarrollo económico, Davos en enero y la del G 20 en Japón dentro de unos días.
Yo -presidente de la 4ª república- destaco en mi discurso lo importante que resulta para México el aumento de la inversión extranjera en los últimos cinco meses, y al mismo anuncio que no fui ni voy a las más importantes reuniones mundiales para el desarrollo económico, Davos en enero y la del G 20 en Japón dentro de unos días.
Foto propiedad de: Internet

Los regímenes autoritarios al principio se comen a sus disidentes, pero después se comen a sus propios creadores. Hoy, a los operadores de la versión republicana de “vientos del pueblo”, les digo: no se preocupen, el desacreditamiento, la descalificación, el escarnio el “yo tengo otros números” y cosas peores, también les va a llegar, porque el régimen tampoco tolera eso si no tiene la bendición permanente y omnímoda del jefe supremo.

Es más, a algunos de ellos ya les llegó mediante el poderoso desmentido del presidente a cifras, situaciones, hechos y versiones difundidos por especialistas gubernamentales en materia de seguridad social, abastecimiento de medicamentos, cuestiones financieras y otros temas.

Les platico: Por todos lados se habla de que en México debe prevalecer el estado de derecho aplicable a todos los órdenes de la vida nacional. Pero lo que realmente existe es un “estado de chueco” que permite, según la gente, remediar todos los errores y males. Pero al mismo tiempo provoca una racionalidad parecida a la de un niño de 5 años, que tiene la maravillosa facultad de pensar, decir y actuar sin tomar en cuenta las consecuencias de lo que piensa, dice y hace.

Cuando alguien entra en estos juegos populistas, totalitarios de retórica ideológica por encima de la contundencia de los datos duros y las evidencias económicas, financieras, sociales, educativas, laborales, de comercio exterior y de relaciones con otros países, se desempeña exactamente igual que lo que ocurre con un niño de 5 años.

Esto es, yo -funcionario de gobierno, cualesquiera que sea mi rango- cancelo los contratos vigentes de inversionistas nacionales y extranjeros en el NAIM, en Pemex, la CFE y otras dependencias de gobierno, y luego les reprocho a los empresarios que no quieren invertir en México.

Yo -Estado- me niego a soltar el presupuesto y acuso de monopólicos, especuladores y corruptos a los laboratorios que operan patentes mundiales y que se ocupan de la distribución nacional -pública y privada- y en seguida les pido que me vendan las medicinas más baratas.

Yo -jefe del Instituto Nacional de Migración- cumplo con los designios del presidente de México que en diciembre habló de su política de brazos abiertos para los inmigrantes centroamericanos y apenas Trump amenazó con su arancel del 5%, el mismo presidente pide mi renuncia para poner a otro que se avenga a los designios del imperialismo yanqui de frenar dicha inmigración.

Yo -Carlos Romero Deschamps- no soy invitado a las comidas para conmemorar la expropiación petrolera y el Día del Trabajo; no aparece en el portal de la Secretaría del Trabajo mi “toma de nota” como secretario general del sindicato petrolero, lo cual implica a que no tengo reconocimiento oficial; Pemex cancela sus programas de vivienda para mis agremiados y me tienen congeladas las entregas del presupuesto acordado en el contrato colectivo de trabajo, pero al mismo tiempo no me piden que renuncie.

Yo -industrial maquilador de Matamoros desde hace 30 años- tengo en mi empresa contrato laboral firmado con el sindicato oficial del gremio; el presidente a través de Poncho Romo nos envía un mensaje de seguridad para mantener las plantas productivas y al mismo tiempo nos caen las huestes de Napoleón Gómez Urrutia como reventadores de la paz laboral, exigiéndonos firmar con sindicatos recién creados que no tienen nada que ver con el giro de nuestros negocios.

Yo -Rector de la UNAM- recibo el espaldarazo del presidente ante los disturbios en el campus, pero al mismo tiempo veo la mano de Ackerman -su asesor en no sé qué- detrás de todo eso y lo veo también despachándose con la cuchara grande trayendo a la universidad a un asesor argentino de la cuestionada Cristina Fernández de Kirchner a impartir cátedra contra el neoliberalismo.

Yo -estudiante a punto de entrar a la universidad- escucho los discursos del Secretario de Educación fomentando el esfuerzo y la competitividad de la juventud mexicana y al mismo tiempo veo que ya no hay exámenes de admisión.

Yo -presidente de la 4ª república- destaco en mi discurso lo importante que resulta para México el aumento de la inversión extranjera en los últimos cinco meses, y al mismo anuncio que no fui ni voy a las más importantes reuniones mundiales para el desarrollo económico, Davos en enero y la del G 20 en Japón dentro de unos días.

Y esta es una racionalidad idéntica a la de un niño de 5 años, ya de 8 no. La segunda racionalidad es el deseo de desacreditarlo todo para construir algo nuevo. Es decir, yo tengo que arrasar el sistema nacional de creadores, borrar del mapa a Prodemex, el Colegio Nacional, anular a la UNAM, para volver a crear algo que esté a la altura de mis intenciones, de mis sueños.

Tengo que fustigar el neoliberalismo promoviendo el aislamiento y la autosuficiencia alimentaria, entre otros temas, y achacarle a ese modelo económico el origen de todos los males del País, cuando es evidente que dentro de todo lo malo, México ha funcionando con su economía conectada al mundo.

Y no solo eso, imagino que hay un mal absoluto de corrupción y con un solo factor quiero explicarlo todo. Es como si yo quisiera explicar lo que es una persona solo contándole el número de sus cabellos.

Es bien claro que México es mucho más que un factor. La corrupción existe y es un problema, pero no podemos acabar con ella promoviendo una nueva. No podemos terminar con el presidencialismo a base de presidencialazos. No podemos acabar con la violencia con más violencia y no podemos acabar con la sumisión, promoviendo otra sumisión.

CAJÓN DE SASTRE

“Todo esto es como un uróboro, la serpiente que se come su propia cola”, dice mi Gaby, describiendo irreverentemente lo que ocurre hoy en México.

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PLÁCIDO GARZA. Nominado a los Premios 2019 “Maria Moors Cabot” de la Universidad de Columbia de NY; “Sociedad Interamericana de Prensa” y “Nacional de Periodismo”. Forma parte de los Consejos de Administración de varias corporaciones. Exporta información a empresas y gobiernos de varios países. Escribe para prensa y TV. Maestro de distinguidos comunicadores en el ITESM, la U-ERRE y universidades extranjeras. Como montañista ha conquistado las cumbres más altas de América.