miércoles 17 de julio de 2019 | 04:32
Columnas

La conversación pública en la 4T: ¿Sin prisioneros?

@jos_redo mar 14 may 2019 21:16
Foto propiedad de: Internet

 

La conversación pública en tiempos de la Cuarta Transformación, al menos la que ocurre en las redes sociales, parece una batalla de exterminio. Como los alemanes en Stalingrado, como los romanos en Cartago, da la impresión de que la consigna es no tomar prisioneros, sino exterminar al enemigo. No se deja pasar una, ni una sola crítica a AMLO, sin que las milicias tuiteras o facebookeras intenten reducir a polvo al insolente crítico que, casi siempre, es acusado de incongruente e hipócrita.

Desde luego, muchos críticos de AMLO también practican el tiro al blanco con singular júbilo, con un arsenal de injurias que se dispara en automático apenas asoma la menor inconsistencia del Presidente y su gabinete; las condenas, a veces, no son motivadas por errores, sino por la naturaleza de sus decisiones, lo cual no tiene nada de malo, pero sí es preocupante cuando esas condenas son absolutas y rozan en llamados a la sublevación.

No deja de ser divertido observar la serie de maromas, cambios de bandera y reculadas entre los más apasionados defensores y detractores del Presidente. En días recientes, el monero Hernández intentó reducir a cenizas, exterminar a Brozo, porque el payaso tenebroso lanzó una crítica feroz a las conferencias mañaneras de AMLO. Brozo dijo que son un montaje, que las preguntas están arregladas para el lucimiento del Presidente y que hay tráfico de turnos para formular preguntas, controlado por los periodistas que siempre están en primera fila.

Ardió Troya. Las reacciones en las redes sociales son de antología, por el nivel de encono y simplificación, por el infantilismo de la mayoría de los mensajes que oscilaron entre la exigencia de un certificado de pureza a Brozo para atreverse a criticar a AMLO, hasta la condena absoluta al monero Hernández por defender con las uñas al Presidente, aunque en ese lance tuviera que santificar a René Bejarano como supuesta víctima de la perversidad de Brozo, cuando éste dio a conocer los famosos videos donde Bejarano se embolsa miles de dólares.

Llaman la atención los argumentos con que el monero Hernández descalificó a Brozo, con una ferocidad que encendió las redes sociales. Hernández dijo que Brozo no tenía autoridad moral para criticar a AMLO, porque el payaso siempre ha defendido al poder, que la exhibición de los videos de Bejarano obedeció a una conspiración de Carlos Salinas, Diego Fernández de Cevallos, Carlos Ahumada, Rosario Robles y Televisa; en esta trama, Brozo solo fue un títere a las órdenes del poder. Es más, el monero Hernández dijo que Brozo engañó al público porque no dijo cuál era la historia detrás de los videos.

Así están las cosas en la conversación pública en la era de la Cuarta Transformación. La postura y los argumentos de Hernández son una constante entre los seguidores notables de AMLO: no dejan pasar una y lanzan contraataques de arrasamiento total. Da la impresión de que se resisten a aceptar que, por fin, están en el poder y que, por eso, ahora son el principal objeto de las críticas: ni modo, así es la política, si se ejerce el poder hay que aguantar vara y tratar de absorber las críticas para, con la cabeza fría y los pies en la tierra, escoger las batallas verdaderamente importantes y no explotar en desgarramientos de vestiduras y condenas propias de la Inquisición ante críticas como las de un pobre payaso pasado de moda, sobre algo tan menor como las mañaneras.

No es poca cosa lo del pleito Brozo-Hernández, porque, en su afán de no dejar pasar ni un rozón a AMLO, sus seguidores notables asumen posturas típicas de los Ayatolas, eliminan toda posibilidad de diálogo y debate porque el personaje que emitió la crítica, en este caso Brozo, decretan, no tiene ni un ápice de moralidad, es hipócrita, perverso, vendido al poder, y demás epítetos lanzados sin medida alguna. La metáfora es perfecta, no se toman prisioneros: se extermina la existencia misma del interlocutor declarándolo impuro, por lo tanto, en este pleito no se debatió sobre la utilidad de las mañaneras, sobre los periodistas que llenan de alabanzas a AMLO en lugar de hacer las preguntas que muchos quisiéramos hacer, como la reportera que le preguntó qué se sentía tener tanta resistencia y compromiso y lo comparó con un corredor keniano, por su honestidad y aguante.

Hernández ya no se refirió a la parábola de corredor keniano, porque Brozo, así lo declaró el monero, es poco menos que humano y no vale la pena abrir un debate con él. Más intenso aún, Hernández descalificó la información que, como los videos de Bejarano, provienen de las perversidades, de las conspiraciones de personajes malos e innombrables. Que sea menos.

Olvida que tal vez ese tipo de información no tengan otro origen más que ése: la disputa descarnada y sucia por el poder y el dinero, que las noticias bomba que arrojan un poco de luz sobre la cloaca de la corrupción requieren de maniobras impresentables, traiciones y odios entre los poderosos para que el público pueda conocer ciertas atrocidades.

Julio Scherer visitó al mismísimo Mayo Zambada, el capo de capos del narcotráfico en las últimas décadas. La derecha se tragó vivo a Scherer, porque, dijeron, traicionó y engañó a su público al presentar a un delincuente de esa calaña en la revista Proceso y, afirmaron, lo legitimó con su enorme prestigio de periodista incorruptible. El monero Hernández, con la vara que mide a Brozo, ¿también condenaría a Scherer?

Otro caso famoso fue el de la Casa Blanca de Enrique Peña Nieto. La versión más extendida, es que grupos de poder cercanos a Marcelo Ebrard o bien cercanos al propio Peña, filtraron la información, los registros de propiedad, los montos y los vínculos del mexiquense con la constructora Higa. De ahí, le habrían llegado las pistas a Carmen Aristegui. No sé si se trate de un tema de ética periodística, pero la información sobre este tipo de hechos es sumamente valiosa y adquiere un valor en sí misma, más allá de las intrigas de las que surge. Scherer dijo que, si el Diablo le daba una entrevista, él iría al infierno con su grabadora. De acuerdo.

Estos casos informativos vienen a cuento para ilustrar que, llevadas al extremo, las tácticas de descalificar arbitrariamente a los interlocutores, nos puede conducir a un escenario donde la comunicación y el debate sean inexistentes, donde se exija pureza y sumisión absoluta a una persona, a una idea, a un proyecto o a un futuro. Nos solo el monero Hernández y otros seguidores notables de AMLO incurren en ocasiones en estos excesos (Epigmenio Ibarra descalificando a Carmen Aristegui porque osó cuestionar la dureza de AMLO hacia el periódico Reforma…). Desde la campaña electoral y en estos primeros meses de gobierno de López Obrador, hemos visto a los más fieles representantes de la derecha en los medios y en las redes, pintando todos los días el cuadro del Apocalipsis al que inevitablemente, dicen, nos conduce el gobierno del tabasqueño, como si, inconscientemente, quisieran que sus nefastas profecías se auto cumplieran, todo con tal de evitar la fatiga de pensar y dialogar.