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Columnas

El verdadero neoliberalismo a debate

@sanchez_villa_ mar 14 may 2019 08:09
Yo mismo he laborado tanto en el gobierno como en la iniciativa privada.
Yo mismo he laborado tanto en el gobierno como en la iniciativa privada.
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El crimen perfecto de cualquier ideología, es lograr presentarse como otra cosa, porque entonces quien la sigue no es un fanático, sino algo más. En el caso del neoliberalismo, su victoria la obtuvo cuando se consensó en occidente como una doctrina económica. No lo es. Si bien contiene algunas ideas del liberalismo clásico, ni las aplica de forma irrestricta para entender el mundo (sino a conveniencia) ni sus intenciones se limitan a explicar el comportamiento económico. Es, en su centro, una ideología con todas sus letras, con peticiones de principio, valores, un fuerte sustrato emocional para defender sus ideas y una cosmovisión muy particular, que no admite otras. Así como el totalitarismo aspira a diluir la esfera privada dentro de la pública, el neoliberalismo, como sistema de ideas, pretende lo contrario: desaparecer el ámbito público, volverlo una extensión de lo privado, al que debe quedar subordinado como una especie de gerente mal pagado.

En un magnífico libro en el que explica el despliegue de la corrupción institucional en Gran Bretaña (How Corrupt is Britain, U.K., 2010), David Beetham revisa la definición de corrupción de Transparencia Internacional, y la encuentra insuficiente. La organización señala que es corrupto "todo abuso de la función pública para beneficio personal". De quien detenta la función, obviamente. Esta concepción no deja de ser útil para reconocer los casos más flagrantes de corrupción, como el soborno a un policía de tránsito o a un oficial mayor para ganar un contrato; el uso de un helicóptero oficial para llevar a la familia de vacaciones; en fin, situaciones que para los ingleses quedaron atrás hace décadas y hoy serían (a decir del autor) impensables. En los países occidentales que algunos llaman desarrollados, donde los indicadores de respeto al estado de derecho están por los cielos, lo que existe es una corrupción más compleja, sistémica, diseñada para que no solo sea permitida, sino protegida por ciertos ordenamientos legales.

Partiendo del estudio de casos particulares a lo largo de la historia moderna de Gran Bretaña, el fenómeno que lo lleva a plantearse nuevas preguntas es lo que denomina "la puerta revolvente" entre la esfera pública y privada. Aparentemente, los altos funcionarios suelen tener garantizado un lugar en los consejos de administración de las grandes empresas que antes regularon o vigilaron, y son sustituidos en sus responsabildades gubernamentales por personas con vínculos y formación afines a los actores económicos a los que deberían servir de contrapeso. A esto se añade el inmenso poder que las últimas décadas (las del neoliberalismo) han acumulado los despachos de cabildeo, los think tanks fondeados por corporaciones y esos entes fantasmagóricos que pueden hundir la moneda de un país con un mensaje de whatsapp, como "los mercados".

No quiero caer en la intransigencia de babero. Yo mismo he laborado tanto en el gobierno como en la iniciativa privada. Ambas trincheras tienen sus virtudes y vicios, su complejidad propia. El capital profesional construido en ambas puede dar lugar a competencias interesantes. Pero nunca se me hubiera ocurrido que mi paso por el gobierno era una residencia temporal para hacerle favores a quienes me contratarían después, ni viceversa. Y no podemos negar que, visto así, como estrategia premeditada, no parece muy ética.

Pero la puerta revolvente sirve como punto de partida para entender el fenómeno más abstracto, más general, del diseño institucional de la versión de liberalismo económico que se impuso en el mundo desde la década de los 80 y que actualmente se encuentra en tela de juicio por diversos gobiernos e intelectuales. Parte del hecho de que ni el crecimiento económico, ni el abatimiento de la pobreza, ni la justicia mediante el mérito se hizo realidad. Lo que tenemos son países que tienen privatizados los servicios más básicos, la ampliación de la brecha entre ricos y pobres, y corporaciones que tienen cooptados o atados de manos a los legisladores y órganos reguladores, de manera que los actores económicos deciden los parámetros bajo los cuales ellos mismos son supervisados y sancionados. Este vicio en el diseño institucional no es menor. Básicamente, todos sus principios y todas sus normas se basan en dos supuestos: el mercado es el único medio inherentemente justo de distribución de bienes sociales, y ningún interés colectivo puede imponerse sobre un interés individual, porque es en el individuo, y no en la colectividad, donde reside todo valor moral. La consecuencia práctica ha sido la desaparición del interés público, y la resignación del Estado como un árbitro entre intereses particulares, los únicos legítimos. Ni uno ni otro supuesto son indiscutibles, y llevados a sus últimas consecuencias, justifican plenamente la descomposición de cualquier sentido de comunidad, porque quien no es un extraño es un enemigo, y quien no merece mi hostilidad merece mi indiferencia. Los demás no son mi problema.

No es mi intención defender el estatismo de los años sesenta, ni sumarme a la nostalgia de un pasado que mantuvo la eficacia a costa de la democracia. Pero no podemos dejar de recalcar que como cualquier ideología, el neoliberalismo se impuso, y se sigue mostrando, como la única opción viable de política, economía, ética y cualquier otra brújula de comportamiento humano. Y hay que desconfiar de los sistemas que pretenden explicarlo todo, porque solo pueden lograrlo destruyendo los demás.