martes 21 de mayo de 2019 | 12:50
Columnas

Planeación urbana, vivienda y desigualdad

@horacio_urbano mar 07 may 2019 06:59
resulta difícil cuantificar social y económicamente, el impacto negativo de la lejanía de las viviendas, de la falta de espacio público de calidad, de las deficiencias de los sistemas de transporte público o de la contaminación.
resulta difícil cuantificar social y económicamente, el impacto negativo de la lejanía de las viviendas, de la falta de espacio público de calidad, de las deficiencias de los sistemas de transporte público o de la contaminación.
Foto propiedad de: Internet

Así de simple: las ciudades mexicanas se han convertido en artículo de lujo de bastante malita calidad, en que conviven ciudadanos de primera, con ciudadanos de segunda... Y en que ambos sobreviven apenas, en entornos que limitan todo tipo de oportunidades.

Y si bien esta es una realidad que está golpeando a todas las regiones del mundo, el hecho es que aquí hemos hecho las cosas lo suficientemente mal, como para enfrentar crisis urbanas que en varias vertientes se han convertido en crisis sociales.

Porque resulta difícil cuantificar social y económicamente, el impacto negativo de la lejanía de las viviendas, de la falta de espacio público de calidad, de las deficiencias de los sistemas de transporte público o de la contaminación.

Y si bien es cierto que todos los que viven las ciudades enfrentan estos problemas, queda claro que lo padecen de una forma diferente quienes habitan barrios céntricos de clases medias, que quienes diariamente consumen horas en larguísimos traslados entre sus casas y sus lugares de trabajo o estudio.

Todos esos procesos, traslados incluidos, tienen repercusiones, lo mismo en aspectos relacionados con las actividades económicas, la productividad y la competitividad, que con otros tan relevantes como la inseguridad o la salud.

Porque no hay duda de que los riesgos de ser presa de la delincuencia se han multiplicado en esos recorridos eternos en transporte público de más que evidente mala calidad.

No hay duda tampoco de que esos recorridos elevan los niveles de estrés y minimizan los tiempos de convivencia familiar.

Y es que las ciudades son causa y consecuencia...

Las ciudades incuban conductas sociales y matan o alimentan oportunidades.

Y más nos vale que pongamos la mayor atención en los procesos urbanos...

Más nos vale, porque más de 70% de la población mundial vive ya en una zona urbana y todo permite suponer que esa concentración habrá de crecer en los próximos años.

Son ciudadanos de primera quienes viven EN la ciudad y tienen acceso a todo tipo de infraestructuras y servicios públicos.

Son ciudadanos de segunda quienes viven, pero no habitan la ciudad... quienes solo llegan de entrada por salida a trabajar o estudiar, para después, finalizada la jornada, hacer el Vía Crucis que les implica regresar a sus ciudades dormitorio.

El hecho es que hoy las ciudades agravan la desigualdad, en lugar de ser las máquinas de oportunidades que requieren quienes las habitan.

Y lo que hay que entender es que las ciudades tendrían que ser fruto de la planeación y no, como ha pasado en México, el casual resultado de la falta de ella.

Porque es evidente que la mala calidad de nuestras ciudades es resultado de décadas de abandono y negligencia en materia de planeación y regulación urbana.

Quizá habría que empezar por ponernos de acuerdo en para qué queremos las ciudades... Y eso, aunque puede tener algunas generalidades que puedan quedar plasmadas en una política de alcance nacional, acaba siendo tema que depende de la naturaleza de cada zona urbana.

Cada lugar tiene una serie de características de todo tipo, que al momento de plasmarse en un plan de desarrollo urbano, definen vocaciones de suelo... Vocaciones que se convierten en usos como resultado de la planeación y de la inversión en las infraestructuras y servicios necesarios.

El hecho es que esa planeación tendría que definir ubicaciones de zonas de trabajo, esparcimiento, salud, educación, espacio público y vivienda.

Esa planeación debe estudiar a la población y definir qué tanto se requiere en cada rubro.

Así, para el rezago habitacional tendría que haber una clara solución destinando suelo en zonas cercanas al resto de los equipamientos urbanos; esto es, ubicando las viviendas no donde se puede, sino donde la ciudad y sus habitantes lo requieren.

Hay que decir que la vivienda se ha encarecido en las zonas urbanas quedando fuera del alcance de más de 70% de sus habitantes y que esto se debe en gran, pero gran medida, a que la falta de planeación ha limitado la disponibilidad de suelo apto para uso habitacional y que esto se traduce en una criminal especulación con el suelo que se traduce en la ya mencionada escalada de precios de la vivienda.

¿Qué habría que hacer? Pues habría que acelerar la implementación de los principios de la nueva Política de Ordenamiento Territorial, Desarrollo Urbano y Vivienda, lo que implica actualizar instrumentos de planeación y regulación urbana municipales, y empezar con programas emergentes de vivienda encaminados a generar una hoy inexistente oferta de vivienda económica.

Claro, esto implica que el gobierno federal debe ayudar, incluso con recursos, a que los municipios hagan estas actualizaciones y detonen estos programas.

Ese debiera ser el objetivo... Y la buena noticia es que ese es el actual planteamiento del gobierno, recuperar la rectoría de los procesos urbanos, lo que debiera ser el punto de partida en la construcción de ciudades eficientes, mucho más competitivas, y, sobre todo, mucho más justas.