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Columnas

Los sueños de la serpiente

@catulo63 dom 24 mar 2019 21:37
Foto propiedad de: Internet

La Casa de Trotsky como personaje, puede no ser acaso una originalidad, después de todo ¿Qué es la “Mansión de Usher”? sino el personaje central de la trama de deseo incestuoso de Edgar Allan Poe, lo cual, demás está decir, carece por lo demás de toda importancia, eso sí, para todos los que gustan de solazarse en la vieja casona de Coyoacán rememorando lecturas, relatos, ilusiones y frustraciones de otros tiempos, no podrán dejar de reconocer en la pluma de Alberto Ruy Sánchez un momento clave y fundamental de su universo simbólico.

Una vez planteada la clave de una trama por demás escalofriante, en el que un personaje de edad centenaria emblemáticamente designado como “La Silueta”, reconstruye la memoria personal y la historia del siglo veinte.

El médico que le asiste en una clínica de Vermont logra, no sólo ponerlo en contacto con un descendiente en México del que el propio galeno sería amigo de juventud, sino, lo que es más sorprenderte ayudarle en el proceso de encontrarse con su propio acervo personal.

Acervo de memoria que reconoce como piedra de toque el deseo erótico que, muchos años atrás, este hombre perdido en la niebla del olvido habría sentido por Sylvia Angelov, la secretaria de Trotsky seducida por Ramón Mercader con el deliberado propósito de acercarse a su víctima sacrificial.

Capítulos enteros de la trama son dedicados a lo que, a todas luces, son la divulgación de sólidos conocimientos de neurología y psiquiatría, en un procedimiento médico que sería la contrapartida del famoso método de “control mental” que fuese materia de los experimentos propiciados por la CIA en la década de los cincuenta, bajo la clave secreta “MK-ultra”.

En consecuencia, ambientación del relato, se enmarca mediante la historia narrada a manera de expediente clínico tanto de una joven que critica el estado de guerra y se ostenta como enamorada del Kaiser durante la primera conflagración mundial, así como la de un migrante procedente de Jalisco, que busca en los Estados Unidos un nuevo horizonte huyendo de la violencia desatada a raíz del “conflicto religioso”.

A medio camino de la demencia, acaso inducida, a la recuperación, no sé si de la cordura, pero sí de la memoria; irrumpe una de los episodios más escalofriantes de México y del mundo durante los aciagos años de la Guerra, el asesinato de León Trotsky perpetrado en la casona de Coyoacán, ubicada entre las calles de Morelos y Viena a las espaldas del antiguo Rio de Churubusco.

El pasaje en que se refiera la defenestración de Hernán Laborde como dirigente del Partido Comunista por la participación de agentes provenientes de España que contactan con Siqueiros, aporta datos que no se leen en la obra de Leonardo Padura o de John Davidson, y me recordó la auténtica actitud de energúmeno a cargo del hermano de Armando Martínez Verdugo en una conmemoración del Plan de Ayala en Ayoxuxtla, Puebla, cuyo hermano había emparentado con Santiago Carrillo.

El sueño que se atribuye a Lenin en la trama es por demás estrujante:

Las serpientes apareadas que son ahuyentadas del camino, por un transeúnte que las azota con la rama que obtiene matando el árbol amado por Zeus provoca que los ofidios se expandan por los campos transmitiéndoles el ardor de su deseo y con ello incendien las praderas.

En tanto que el autor de semejante desaguisado recibe el castigo conducente, que proviene del padre de los dioses, al ser privado de la vista, para que, posteriormente, Atenea, apiadad de él, lo convierta en mujer y le dé el don de la adivinación.

Sueño en el que, a todas luces existe una formidable pasión, no menor a la pasión erótica y política que se reconoce en Silvia Angelov, y en “La Silueta”, su fiel amador, acaso por primera vez en la pluma de Alberto Ruy Sánchez desde que se ha narrado el trágico suceso del asesinato de Trotsky.

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