jueves 25 de abril de 2019 | 10:13
Columnas

El discurso de odio como mercancía. ¿Cuánto cuesta la dignidad humana?

@sanchez_villa_ mar 19 mar 2019 10:59
El viernes pasado, dos mezquitas en Nueva Zelanda fueron atacadas por un sujeto armado, dejando un saldo de 50 personas fallecidas.
El viernes pasado, dos mezquitas en Nueva Zelanda fueron atacadas por un sujeto armado, dejando un saldo de 50 personas fallecidas.
Foto propiedad de: Internet

 

Se ha dicho hasta la náusea que la modernidad está enferma. Como otros conceptos romantizados, desde la soberanía nacional hasta la Revolución mexicana, depende a quién se le pregunte, ha sido deformada, inclumplida, prostituida, reinventada o traicionada. Lo cierto es que, com dice De Sousa Santos, nos vendieron una versión muy específica de la modernidad, que prometía soluciones demasiado radicales a problemas demasiado complicados. Y por eso ha resultado anticlimática.

Uno de los problemas que ha traído consigo esta manifestación específica, hegemónica, de lo moderno, es que se rehúsa a admitir que la defensa a ultranza y sin límites de sus principios nunca colisiona; es decir, que se puede llevar al extremo, por ejemplo, la libertad y la igualdad al mismo tiempo, o la seguridad y el aumento de la esfera de la privacidad. La libertad de expresión y de información, y el combate al discurso de odio.

 

El problema es que la teoría libra sus batallas en mesas redondas, pero sus consecuencias se sufren fuera de ellas. El viernes pasado, dos mezquitas en Nueva Zelanda fueron atacadas por un sujeto armado, dejando un saldo de 50 personas fallecidas. Los debates en torno al suceso han sido, casi todos, previsibles e insuficientes. Muchos se han ido por la fácil tangente de la condición psicológica  del tirador, sin duda una anomalía en esta cultura occidental tan nuestra, tan llena de conquistas irrefutables.

Pero los temas estructurales también son necesarios en una discusión sobre prevención de incidentes de esta magnitud. Llama la atención que este tipo de incidentes, de violencia selectiva con fuerte componente religioso o racial, se manifieste en países con una salud democrática envidiable según estándares internacionales, y en economías fuertes donde, al menos en teoría (otra vez, la teoría) el Estado ha garantizado a sus habitantes mayores oportunidades vitales que en el resto del globo, y que en toda la historia documentada: Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, son las tierras preferidas para los fanáticos que gustan de disparar indiscriminadamente contra miembros de una determinada raza, religión o cultura.

Es por ello que algunos políticos de Nueva Zelanda han puesto en el tintero la discusión de las redes sociales; específicamente sobre la necesidad de imponer multas y restricciones a  las empresas que las manejan, y constituyen quizás los imperios financieros más impunes de nuestra época, porque su producto estrella es la vida privada de las personas, sus proveedores son los individuos explotados por convicción propia, que les regalan su privacidad, y su patente de corso es la libertad de expresión a ultranza.

Creo que hay un aspecto que, sin atreverme a decir que nadie ha descubierto (seguramente sí), no veo de forma regular en la discusión: el discurso de odio es mucho más que una anomalía en el discurso democrático, más que una falla en el sistema. Es una mercancía, como cualquier otra, en un sistema en el que todos los derechos se interpretan con el tamiz del libre mercado y no de la dignidad humana.

Vivimos en una era donde nada nos asombra. Por eso, las nuevas celebridades dependen del escándalo para mantenerse relevantes. Y esto en todos los ámbitos, desde el político hasta el artístico. El aparato mercadológico para colocar una idea en la cabeza de las personas, como producto, como marca, es arrollador, porque compite contra otros productos de una variedad aparentemente ilimitada. Cuando una marca de cómics se implanta (anglicismo voluntario) de forma profunda, se crea un fan que verá todas las películas, comprará toda la mercancía y tapizará su recámara con todos los posters. ¿Qué pasa cuando otra idea, igualmente promocionada de forma deliberada, como la supremacía blanca, encuentra un terreno así de fértil?

Es tiempo de hacernos responsables de esa realidad de nuestra sociedad de mercado: la mejor mercadotecnia no crea consumidores, sino fanáticos o adictos. Y es tiempo de tomar cartas en el asunto, porque como la historia no cesa de enseñarnos, la falta de ética, al final, acaba hasta con los monopolios voraces, porque vuelve insostenible el estado de cosas. La masacre de musulmanes en  Nueva Zelanda es mucho más que una noticia sobre un fanático demente. Es, quizás, un síntoma de que no nos estamos haciendo las preguntas correctas.