miércoles 22 de mayo de 2019 | 12:48
Columnas

Andrés Manuel y Marcelo en Uruguay; Julio, Hernán y John en México; #Venezuela; #MecanismoMontevideo

@NietzscheAristo vie 15 feb 2019 07:00
La postura mexicana no sólo es constitucional
La postura mexicana no sólo es constitucional
Foto propiedad de: Internet

Excepto los ánimos más siniestros y los intereses más aviesos, nadie quisiera una intervención militar estadounidense en Venezuela. El asunto de la legitimidad o no de Nicolás Maduro, es un asunto aparte, no tiene por qué ser mezclado con el primero, que tiene que ser terminante.

A. Mecanismo de Montevideo. Los especialistas y comentaristas de la política exterior mexicana han establecido tres vertientes en relación a la postura de esta frente a la crisis en Venezuela. 1. La que sostuvo el gobierno pasado a través del Grupo de Lima, que interviene directamente en el conflicto en contra del gobierno de Maduro y ahora en favor del autoproclamado presidente. 2. La de la presidencia de la república encabezada por López Obrador, que consideran tibia, neutral y aun retrógrada porque se rezaga de la “vanguardia” de los “países democráticos”, aunque esté basada en los principios constitucionales de no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de las controversias. 3. La del canciller Marcelo Ebrard, que frente al desconocimiento y el bloqueo al gobierno de Nicolás Maduro y ante el autoproclamado presidente, Juan Guaidó, sostiene la postura oficial mexicana, mas con el matiz de promover el diálogo, la interlocución, la comunicación de las partes, tal como se vio en el Mecanismo de Montevideo, en Uruguay.

Yo diría que distinguir entre los puntos 2 y 3 es falso, absurdo, pues significaría que Ebrard no tiene comunicación con el presidente, que se va por su propia cuenta y hace propuestas distintas a la del gobierno y el Estado mexicano. López Obrador mismo ha dicho que Ebrard tiene toda su confianza para llevar ese asunto y todo lo concerniente a la política exterior. Los críticos del presidente consideran que su postura  es pasiva y que no entiende de política internacional porque no le gusta viajar, porque no le interesa el mundo, porque sostiene, en suma, “que la mejor política exterior es la interior”. Para mi esta frase es transparente. Porque en la medida en que un gobierno tenga legitimidad y autoridad hacia el interior, se fortalecerá hacia el exterior. Quien no quiera entenderlo acaso haya aplaudido a los tres expresidentes inmediatos al vigente, que fueron las más de las veces “candil de la calle y oscuridad de su casa”.

La postura mexicana no sólo es constitucional, toma como punto de partida la propia historia de agresiones del exterior, en particular, de Estados Unidos, el fatal vecino que robó más de la mitad del territorio mexicano y que ha sostenido una histórica política de intervención. Ante ello, nada mejor que esgrimir el derecho y los principios de autonomía y no intervención. Y esto que es válido para México, tiene que serlo para el mundo. Por su parte, la Doctrina Estrada es un agregado a los principios del artículo 89 constitucional, fracción X, pues establece la ausencia de valor jurídico y moral de un Estado que pretenda otorgar o negar su reconocimiento al gobierno de otro Estado.

Dicho lo anterior, no cabe duda que la política exterior mexicana no está siendo pasiva ni neutral sino proactiva hacia la comunicación y el diálogo. Que hay grupos y países que promueven la injerencia de México, sin duda, pero esto conduciría, además de a violentar la Constitución, al intervencionismo estadounidense en Venezuela (y México le seguiría a Venezuela, consideran algunos analistas). No se puede transigir, pues, en los principios históricos y constitucionales. Y acaso, al final del conflicto la posición mexicana sea exitosa y la que aporte mayores beneficios. Porque ni Maduro está caído ni el autoproclamado Guaidó ha ganado la legitimidad necesaria; más bien está sustentado por una especie de golpismo internacional.

B. Radio Centro. Mientras se daba el encuentro de Montevideo, en México debatía John Ackerman con Hernán Gómez, en el programa radial de Julio Hernández López, sobre el tema de Venezuela y México pero bajo la premisa de la autocrítica, el disenso y la tolerancia entre miembros o simpatizantes de una misma corriente política o ideológica; en este caso, entre un militante activo dentro de Morena, Ackerman, y un simpatizante, Gómez.

Y si bien ambos polemistas coinciden en alto porcentaje sobre el asunto Venezuela y sobre la postura del gobierno mexicano, y a pesar de que la única diferencia es la perspectiva que cada uno tiene frente a Nicolás Maduro –John lo apoya mientras que Hernán dice que “se tiene que ir”-, para mi sorpresa encontré, antes que un evento mayormente racional, un ataque personalizado de parte del académico de la UNAM contra el articulista de El Universal y comentarista en Televisa, dando así, justamente, sentido a la crítica premisa establecida por Julio Hernández.

El argumento del académico frente a Maduro está basado en la perspectiva del intervencionismo estadounidense. La del analista, en las evidencias de la violación de derechos humanos en Venezuela. Ambos, no obstante, desconocen a Guaidó y consideran que el único presidente es el vigente, con el cual el Estado mexicano guarda una relación desde el gobierno anterior.

La constante de Ackerman fue la descalificación, al grado de que tanto Gómez como Hernández terminaron por reír ante los inconcebibles exabruptos del primero. Que nunca lo vio saltando torniquetes ante el alza del precio del metro (“pos me salto”), visitando presos políticos, en la lucha social, en las marchas o en algún mitin de Morena. Que por ser “nuevo” para él no lo considera “compañero”; lo iguala a Jorge Castañeda, lo acusa de legitimar a Televisa por colaborar en esta televisora que ha “agredido” a la izquierda (no obstante que López Obrador una y otra vez estuvo allí por años y que los colaboradores de la “4T” de manera permanente visitan la televisora, que el propio Julio ha participado allí de manera crítica, etcétera), y finalmente, de golpista. En fin, no vale la pena extenderse en este absurdo que llegó al grado del sarcasmo cuando Julio preguntó, “Hernán, ¿eres un peligro para México?”, ante la “denuncia” de un “artículo peligroso” de éste, por parte de su adversario en el debate.

Lo cierto es que Gómez, que se asume de izquierda y tiene antecedentes como tal, ha mostrado abiertamente sus razones de apoyo a las políticas internas y externas de López Obrador seguidas por Ebrard en Montevideo; asimismo como expresó su apoyo crítico durante la campaña en todos los espacios en que participa. Por otro lado, la argumentación de Gómez durante el debate, le asista o no la verdad, fue impecable.

He estado bastante de acuerdo con las posturas políticas y aún ideológicas de Ackerman en el pasado y aún lo estoy; he simpatizado con él; he tenido una brevísima y amable comunicación vía mensajero del twitter. Pero no es deseable de parte de un profesor doctorado e investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, que tiene responsabilidades de formación en Morena y cuya esposa participa en la primera línea del gobierno de López Obrador, el nivel de intolerancia exhibido en el programa de Julio Hernández. En Morena tendrían que ser los primeros en actuar con razón y tolerancia. ¡Y sobre todo cuando la diferencia entre las posturas es nimia, algo que se puede discutir y debatir sin emocionalidad! Como esgrime Julio, no toda la izquierda tiene que ser militante de Morena. Y aunque se haya votado por ésta, se puede ser crítico y autocrítico y eso no significa minar la legitimidad del partido, del presidente y de sus políticas. De otra manera, ¿qué tipo de democracia se quiere construir y desarrollar en México?

Y ya que se está absolutamente de acuerdo en la no intervención en Venezuela y el punto de discordia es sobre el papel de Nicolás Maduro, es justo allí donde se tiene que debatir y contribuir a la propia causa de México en su objetivo de ser interlocutor entre las partes en conflicto. Y así con todos los temas.