domingo 21 de julio de 2019 | 11:33
Columnas

Las sucesiones de los bienes

@catulo63 lun 14 ene 2019 06:45
El Libro del Buen Amor
El Libro del Buen Amor
Foto propiedad de: Internet

En las postrimerías del siglo décimo de la era cristiana, en un monasterio benedictino de Bolonia, un monje llamado Irnerio descubrió en la biblioteca del recinto un ejemplar del Digesto, la célebre recopilación de diversas conclusiones judiciales de la época clásica de Roma, recopiladas en Anatolia varios siglos después de haber sido emitidas por “sabinianos y proculeyanos” en la Ciudad eterna, por los juristas griegos Teodoro y Doroteo, siguiendo los lineamientos y las indicaciones que fueran emitidas al respecto por Justiniano, el célebre Emperador Cristiano de Oriente.

El estudio de la legislación romana a partir del hecho en cuestión, permitió, entre otras cosas, consolidar de manera paulatina el poder de las casas reinantes, al dotarles de preceptos claros y precisos que favorecieron la de sucesión más o menos pacífica de las prerrogativas, los cargos y los honores en disputa a lo largo de siglos

Los estudiosos de la ciencia romana, formada por una pléyade de glosadores de una primera etapa y subsiguientes posglosadores, desembocaría en la formulación de documentos tan estructurados como el propio Digesto tal como lo fueran las “Siete Partidas”, formuladas en la Corte Toledana de don Alfonso “el sabio”.

Un siglo después, Alfonso Once, el sórdido personaje de la trama de la Ópera “La Favorita” de Gaetano Donizetti, sancionaría a las “Siete Partidas” como legislación aplicable del reino, motivo por el cual, Juan Ruiz Arcipreste de Hita, dedicaría a plasmar los intríngulis de un litigio en forma de fábula protagonizada por zorros y tejones en El Libro del Buen Amor.

Las disposiciones concernientes a la “sucesión” contenidas en “el Digesto” de Justiniano” jugarían en consecuencia un papel clave en la conformación del estado moderno y en la configuración del poder público.

Nada tiene de raro dado los hechos expresados, que empiece a despertarse la inquietud en torno a “la masa yacente de bienes” de una gobernadora y un senador que fallecen intestados.

Al haber sobrevenido el fallecimiento en “conmorencia” como diríase en el Derecho Civil de sucesiones aplicable al caso, no resultarían invocables las disposiciones concernientes a los “beneficios del cónyuge supérsite” y por ende se trataría de dos sucesiones distintas sin mayor complejidad.

Hijos del marido, cuya presencia en escena dejó desconcertado a los diversos actores políticos que circundaban en vida al occiso, reclamarían los haberes del padre, en tanto que los hijos adoptivos de la esposa harían lo conducente con los bienes de ella sin que al respecto mediara mayor problema, dado que éstos desplazarían las eventuales pretensiones de ascendientes y colaterales.

 Salvo que, claro está, por una parte los “de cuyus” hubiesen contraído nupcias bajo el régimen de bienes mancomunados, caso en el cual, los vástagos de ambos habrían de enfrentarse en una compleja operación de “partición de bienes de la masa yacente de la sucesión”, o, en otro caso, de que ascendientes y colaterales emprendieran las acciones concernientes a desconocer el carácter de herederos legítimos que  pudiesen reclamar.

No pocos aspirantes a ocupar las vacantes en los cargos públicos, dado los cuantiosos bienes objeto de una o varias sucesiones intestadas que habrían de interrelacionarse, podrían muy bien  aspirar a su vez, a que nuevamente El Digesto del Emperador de Oriente, volviese a quedar sepultado en la biblioteca de algún antiguo monasterio de Bolonia, dada la potestad pública de nombrar interventores públicos en albaceazgos de tal índole , tal y como la que fuera decretada a favor del entonces secretario de hacienda Antonio Ortiz Mena por el presidente López Mateos en el caso de la sucesión del General Joaquín Colombres denunciada a casi un siglo de su defunción por el abogado Lozano Quintana.

 

Intervención que, dado el caso, podría alejar o al menos neutralizar las actuaciones impertinentes de zorros y tejones, como las que al efecto desempeñan estos simpáticos animalitos en una peculiar parte de la trama de El Libro del Buen Amor