jueves 17 de enero de 2019 | 08:19
Columnas

Una entrevista truncada a don Ricardo Garibay (en los años ochenta)

@eloygarza vie 11 ene 2019 06:48
¿Y sobre qué o qué me quiere entrevistar, tamadre?
¿Y sobre qué o qué me quiere entrevistar, tamadre?
Foto propiedad de: Internet

 

Don Ricardo, quiero entrevistarlo. Y él viejo bigotón, romito, encabronado, me ninguneaba. Tomaba su vaso de Old Parr, derecho, uno nada más, en El Imperial, de la Zona Rosa, al lado del Mexican Curious, en su banco de la barra, entre los baños y la cascada artificial del fondo. ¿Y sobre qué o qué me quiere entrevistar, tamadre? ¿Sobre mi obra novelística? ¿Sobre mis crónicas? No, don Ricardo, sobre el guión de la película, “Los hermanos del Hierro”. La historia de los dos hermanos pistoleros de aquí, de Reynosa. Veinteañeros los dos.

 

Usted me pone de mal humor, muchacho pendejo. Ese guión me lo echaron a perder. De plano. ¿Es de 1960? Nombre, no, lo filmaron en el 59. Yo la dirigí en parte. No fue mala cinta. La gente la recuerda. Pues sí, don Ricardo, es película de culto. Hombre, tampoco diga pendejadas, muchacho sonso. Aunque puede que sí. Nomás puede. Contrataron al charro Tony Aguilar, muy veterano para el casting. Era ya cincuentón. Y a Julio Alemán. El pobre de Julito ha sido uno de los peores actores de la historia del cine mexicano. Malísimo. No tenía ni idea de lo que era un hombre del norte y menos de lo que es un pistolero de Reynosa. Yo le ponía el tono, los ademanes de los reynosenses, de la frontera chica. Porque usted, muchacho, es de aquí de Reynosa, ¿verdad? Sí... bueno... no, don Ricardo... yo nací en Monterrey, fíjese. Tamadre, qué vulgares los regiomontanos: remedos de valientes.

 

Pero bueno, le decía a usted, muchacho, Julio Alemán nunca me entendió nada en la película. ¡Era una facha de maricón matando gente, que no se le creía nadie ! Y el otro, tamadre, Pedro Armendáriz haciendo de general norteño. Lo único que sabía hacer Armendáriz frente a las cámaras era ladrar, guau, guau, no hablaba, puro guau, guau,  no interpretaba, era un hombre muy limitado, de facultades mentales nulas. Pero apenas aparecía su rostro en la cámara y riájale: hombres y mujeres se alelaban. Tenía un rostro bellísimo. Ojos borrados. Encantador. Esa era su fuerza.

 

¿Y Columba Domínguez, don Ricardo? ¿Quién? Columba. Tamadre, le faltaba dureza. No tenía la reciedumbre de la mujer norteña. El hieratismo de por acá: nunca pudo con eso. Comoquiera, la película salió. Me pagaron cincuenta mil pesos que era mucho cobrar. ¿Y se los está gastando en tragos aquí en El Imperial, don Ricardo? No sea igualado, muchacho este, tamadre, esa lana ya me la gasté hace años con la familia. ¡Váyase de aquí! ¡Déjeme en paz! Y siguió don Ricardo tomando su vaso de Old Parr, derecho, uno nada más.