miércoles 19 de diciembre de 2018 | 10:52
Columnas

En Contexto. ¿Y si no se logra entusiasmar a los bonistas del aeropuerto?

@lusacevedop vie 07 dic 2018 06:48
Los bonistas tienen tiempo para especular, el país no cuenta con esa ventaja.
Los bonistas tienen tiempo para especular, el país no cuenta con esa ventaja.
Foto propiedad de: Internet

El escaso entusiasmo mostrado por los propietarios de los bonos con los que se financió buena parte de la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional en Texcoco resalta porque no quieren deshacerse de ellos en los términos y condiciones propuestas por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y es precisamente ese hecho que trae a la memoria un grave incidente para las finanzas mexicanas: el de los Bonos Brady.

Fue a finales de los años ochenta y principios de los noventa, con los que se pensó que se resolvería el pesado e interminable proceso de renegociaciones de la deuda pública del país que, con esa fórmula, el país ingresaría a una etapa de crecimiento económico sostenido y con igualdad social.

Hoy vemos, otra vez, que ese es un nuevo riesgo.

Veníamos de varias crisis. Desde el fin del Desarrollo Estabilizador, cuando el presidente Echeverría devalúa al peso de 12.50 por dólar a poco más del doble ante la incapacidad económica de generar recursos suficientes para el desarrollo nacional y, desde entonces, se ha sucedido una dinámica prácticamente imparable de malas decisiones económico-financieras que, momentos de cambio, se llega a una situación extraña, pero sorpresiva y al mismo tiempo conocida.

Es el tema de los Bonos Brady que, por coincidencia, están relacionados con el expresidente George Bush, quien acaba de fallecer y desde su etapa como candidato mostró preocupación por la expansión del endeudamiento latinoamericano, en especial el de México, que impedía promover los grandes objetivos de la globalización: libertad de mercados y sin democracia.

Aunque la naturaleza del plan para renegociar los bonos del aeropuerto, al que ya le dicen el Plan Urzúa, es muy diferente al de los bonos Brady porque éstos pretendían brindar a México liquidez para el pago de su deuda, los de Texcoco pretendían otorgar buenas ganancias con el tiempo. Pero la mecánica es parecida, en ambos casos lo que se busca es cautivar.

El esquema Brady, que tuvo como antecedente al Plan Baker, se concentró en alcanzar una reducción voluntaria (adoptada caso por caso) de la deuda, más que en conceder nuevos créditos a un México quebrado.

También, entonces la deuda contemplaba tanto a la pública como a la privada, porque al no haber divisas suficientes los particulares tampoco podían cumplir con sus compromisos.

Era el problema de todos los ciudadanos de un país con las instituciones financieras multilaterales como el FMI, el BM y el BID, varios cientos de bancos comerciales internacionales y gobiernos extranjeros que, a cambio de ayuda, comprometían al país a practicar fuertes ajustes estructurales, propios del neoliberalismo con un alto premio de rentabilidad económica y política para ellos.

Los bonos del aeropuerto suman un total de 6 mil millones de dólares tienen algunas características que marcan coincidencias con los Brady, pero son diferentes porque no es deuda con instituciones financieras propiamente.

Al estar respaldados por el gobierno, forman parte de la deuda soberana, de ahí el riesgo y, por si fuera poco, no son necesariamente propiedad de entidades, sino que fueron comprados por inversionistas a través de intermediarios financieros bancarios y no bancarios, incluidas algunas Afore mexicanas, con la expectativa de obtener altos rendimientos en el mediano y largo plazo con la operación del aeropuerto, ahora cancelado.

Como sucedió a finales de los ochenta, los acreedores no querían deshacerse de sus bonos porque sabían que, aunque tenían respaldo del gobierno mexicano, al momento de vender a la baja, las pérdidas serían elevadas porque el pago dependía de un financiamiento que impulsaría el desplome y las grandes pérdidas. Eso es un desincentivo actualmente.

Vendrían negociaciones de Estado y diálogos al más alto nivel, porque la crisis mexicana había vulnerado al sistema financiero mundial que exige transparencia. El presidente Bush instruyó a su secretario del Tesoro, Nicholas Brady idear un nuevo programa con apoyo de las autoridades mexicanas, entre ellos el durísimo Gustavo Petricioli, el innovador Jesús Silva Herzog, quien la hacía de bueno pero intransigente y, también, José Ángel Gurría.

Fueron años de duras negociaciones y convencimiento. El esquema Brady consistía, como ahora en la recompra de deuda, pero bajo tres modalidades rentables para los bancos y sus accionistas: 1. Emisión de bonos a la par, 2. Emisión de bonos bajo par (o descuento) y 3. Pago de contado con un factor de descuento. Algo parecido a la propuesta Urzúa.

En febrero de 1990, los presidentes de los 15 bancos más poderosos del mundo, en nombre de unas 500 entidades financieras internacionales, firmaron con el gobierno de México el primer acuerdo de la historia para bajar la deuda de un país en desarrollo. Pero después de un lustro se vería la ineficacia de ese arreglo y vendrían otras renegociaciones.

Con el Plan Brady los bancos aceptaron la recompra a cambio de que les quitaran barreras en las rondas comerciales internacionales, en los lineamientos del FMI y el Banco Mundial, el seno de la OCDE y que se les brindaran beneficios.

El esquema Urzúa no da mucho margen de maniobra para provocar entusiasmo entre los inversionistas o sus intermediarios, porque no ofrece incentivos innovadores para allanar el complejo panorama que podría desatar una demanda global sobre la esperanzadora Cuarta Transformación.

Los bonistas tienen tiempo para especular, el país no cuenta con esa ventaja.

@lusacevedop